Opinión
'Novissima Rhetorica'

Por Joan Losa
Periodista
-Actualizado a
Ocurrió en 1884, en la localidad de Maguncia, en el marco de su reconocido certamen de elocuencia, en el que cada otoño se daba cita la flor y nata de lo que por entonces se conocía como el Palatinado bávaro. Uno de los participantes, en el fragor de una encendida disputa verbal, abandonó su atril y propinó un cabezazo a su contrincante, truncando de raíz cualquier posibilidad de réplica y provocándole una copiosa hemorragia nasal. A consecuencia del altercado, los organizadores del certamen, en reunión extraordinaria, convinieron en la expulsión inmediata del agresor por "contravenir los principios rectores del certamen y atentar contra la integridad física de uno de los participantes".
El incidente pudo haber pasado desapercibido, quedando relegado al consumo interno de las gentes de Maguncia, si no fuera porque entre los asistentes (muy pocos, por cierto, al tratarse de una ronda preliminar) se encontraba Jan Luzâk, gacetillero de origen polaco cuya naturaleza voluntariosa compensaba, solo en parte, una acusada propensión a la bebida. Luzâk no estaba solo; le acompañaba un notario jubilado originario de la Baja Sajonia, un desempleado de larga duración proveniente Oldemburgo y el ordenanza, que dormitaba plácidamente sentado junto a una de las columnas calefactadas del gran salón del Palacio de Congresos de Maguncia.
Fue el tal Luzâk quien, en su crónica para el Maguncia Journal, consignó por primera vez la agresión; al día siguiente, la noticia fue recogida por el Allgemeine Zeitung, despertando el interés de buena parte de sus lectores, que vieron en el gesto airado del joven la expresión de un tiempo nuevo. Fue así como la dialéctica novoargumental del joven Friedrich —que así se llamaba el agresor— ganó adeptos, prendiendo en Maguncia y más allá de sus fronteras. El creciente entusiasmo motivó su reincorporación al certamen, que la organización justificó subrayando el potencial performático del joven, que no podían ignorar si querían alcanzar nuevos públicos y airear, de una vez por todas, la apolillada retórica germana.
Tras su readmisión, Friedrich fue superando rondas sirviéndose de recursos argumentales tan asertivos como el mandoble clásico, la galleta con mano vuelta, el meco suburbial o la patada voladora. No faltaron a su cita los filósofos, sociólogos e historiadores de la época, voces todas ellas influyentes que tomaron partido por el joven tipificando como Novissima Rhetorica la propuesta post-oratoria de Friedrich. Incluso un matemático artrítico de pelo ceniciento tuvo a bien alzarse entre el público para manifestar, a voz en grito, que si el desorden era la geometría de una vida, la violencia era su trigonometría. Por supuesto nadie entendió lo que el viejo quería decir pero todos le aplaudieron llevados por la fascinación que la nueva era discursiva parecía augurar.
Pasó el tiempo y la práctica argumental en base a ideas cayó en desuso; prosperó, en cambio, el asunto de los mandobles, que terminó por copar el debate público, con el consiguiente incremento de contusiones y gastos para la seguridad social. Investigadores de la Universidad de Hamburgo abordaron el fenómeno con miras a desentrañar en qué momento se torció lo de la elocuencia y en qué medida Friedrich¹ era un visionario o un simple matón. Llegaron a la conclusión de que la violencia era una forma embrionaria de gramática, que siempre estuvo ahí, a la espera de que alguien la hiciera despertar, como las melodías o las enfermedades. Tal vez por eso hablamos sin parar: no tanto para entendernos como para calibrar la distancia exacta que nos separa del golpe. Y a veces ni eso basta para llevarnos la correspondiente galleta.
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[1] Friedrich emigraría a Seattle en 1886, donde hizo fortuna en el sector de los burdeles. Allí, en la promisoria Norteamérica, reemplazó su menesteroso apellido bávaro, Drumpf (/drʌmpf/), por otro mucho más expeditivo y rotundo: Trump (/trʌmp/). Ya con el nuevo apelativo, la estirpe no hizo sino perfeccionar las enseñanza del fundador: su hijo Fred (1905-1999) depuró las técnicas de la usura y la extorsión, mientras que su nieto Donald (n. 1946) amplió el repertorio con sospechas de pedofilia y rasgos compatibles con la chifladura mental (cfr. Trump al revés).
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