Opinión
Trump del revés

Por Joan Losa
Periodista
-Actualizado a
Yacía colgandero, al albur de una brisa húmeda, como un extraño fruto oblongo y enorme, de la familia de los cítricos. A su alrededor todo era júbilo y desconcierto. Se improvisaban danzas árticas al son de una guajira. El despelote era mayúsculo. Había latinos, afroamericanos, minorías étnicas, una delegación procedente de Groenlandia y hasta un señor disfrazado de Bolívar bañado en leche de coco. Fue entonces cuando despertó de un sueño oscuro y atávico. Sintió el golpe brusco de un coco y, acto seguido, el retorno lento de su fuerza. Contempló por última vez sus posesiones; las aguas cristalinas de Palm Beach, el manto verde que cubre su querida Mar-a-lago, vestigio de una tropicalia antaño exuberante, mutilada para la práctica del golf. Y ahora siente que se mueve a lomos de una multitud que le lleva en volandas a contratiempo. Qué extraño, se dice. ¿Qué lógica encierra este insólito viaje? ¿Por qué cantan los pájaros de ese modo tan raro? ¿Hacia dónde me dirijo? Y lo cierto es que va directo al interior de su residencia, concretamente al lecho conyugal, donde una Melania desconsolada le recibe entre sollozos. Irrumpe escoltado por un inuit y el ya referido falso Libertador, que le depositan, entre forcejeos, junto a ella. Y entonces cae dormido tras una leve palmadita bolivariana, que parece delicada pero que no augura nada bueno. Y sueña. Pero lo hace a regañadientes, porque el sueño le domina en la noche y él no tiene dueños. Y se queda roque pensando en esta movida. Y al poco de acostarse se dirige de espaldas al cuarto de baño, donde le ha sido insertada la correspondiente carga metabólica, que en esta ocasión llegó muy severa, a causa de la notoria McRoyal Deluxe con extra de cheddar que, en cuestión de unas pocas horas, piensa engullir mientras despacha con J. D. Vance asuntos estrechamente vinculados con la práctica del fascismo. Y ahora sí comprende que se dirige hacia su propio origen. Va, en efecto, camino del útero materno. Y siente que rejuvenece. Lo hace un poco cada día. También se va aclarando; del caqui actual transiciona a un rosa tenue tirando a porcino. Su tupé se torna fecundo. Lo que a día de hoy carece de consistencia –de una capilaridad espumosa–, se nutre paulatinamente de nuevos folículos que aportan frondosidad a un cabello que, ahora sí, luce algo más digno, a la altura de un hombre de influencia menguante y ambición estomagante. Todo ello mientras hace nuevas amistades, como la de Jeffrey Epstein, que le presentará a mujeres muy jóvenes, tan jóvenes que son niñas. E irá desmontando un buen número de rascacielos y casinos de diseño ostentoso, que le harán perder cada año que pasa más dinero. Son tiempos ilusionantes. Por fin pone en práctica ideas que aprenderá en un futuro próximo. Sometimiento, codicia, arancel y éxito son sus preferidas. Empatía, derrota, compasión o respeto le cuestan un poco más. Sentirá que lleva un bicho dentro, un bicho que algunos llaman ambición, otros egolatría, y que un voluntarioso orientador infantil, condenado al ostracismo, identificó en su día como un Trastorno Narcisista de la Personalidad de manual. Y ahora le vemos señalar a la comadrona con un dedico, o quizá sea al médico, o quizá ya señale al mundo, como un prócer señala lo que cree que es suyo. Y, en efecto, parece que levanta la mano. El llanto es fuerte y vigoroso. Ha nacido el niño Trump. Parece que viene de nalgas.
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