Opinión
Nuda propiedad (de nuestras vidas)

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
Hace unos días, mi novio y yo estuvimos charlando un rato con un vecino del barrio al que conocimos por casualidad. En el centro de Madrid cada vez resulta más complicado generar conexiones con otros habitantes reales de la ciudad –el último negocio que ha abierto en nuestra calle es un local de monólogos en inglés, sobran las explicaciones–, así que fue bonito dar con alguien de otra generación con el que tenemos cosas en común. Y más mi novio, que congenió especialmente con este señor porque ambos comparten profesión, diseño de interiores.
Entre anécdotas y recomendaciones de fruterías, nos contó que se había establecido en el barrio hace justo treinta años, cuando frente a la incomprensión de su entornó compró un espacio amplio en un patio de vecinos (que en ese momento se usaba de garaje) para transformarlo en una diáfana vivienda. Como cualquier persona menor de 45 años que recibe la información de cómo funcionaba el mercado inmobiliario en el pasado, mi novio y yo apretamos los músculos del vientre a la espera del golpe. Porque, tal como nos siguió explicando, el banco le había dado una hipoteca del cien por cien del valor que lleva años saldada.
Ya en nuestro piso de alquiler, y antes de deshojar un día más de la cuenta del tiempo que nos queda de contrato, nos fuimos a la cama con una sensación similar. Este señor, dedicándose a lo mismo que mi novio, a su edad tenía una vivienda en propiedad en el barrio que amamos, que seguimos amando a pesar de todo, donde nos saludan por nuestro nombre en el mercado y sabemos en qué ferretería te dan mejores consejos. Algo que nosotros, que somos dos, lo más probable es que nunca nos podamos permitir.
Y no es que esto sea un lamento por no poder quedarnos en el centro a perpetuidad –todo sabemos cuáles son los dramas habitacionales más fieros, con desahucios cada día y zulos ofertados a precio de oro–, pero es que ni siquiera a quienes nos van moderadamente bien las cosas se nos asegura la certeza de quedarnos en la ciudad donde tenemos el trabajo, los amigos y la vida, si los precios siguen subiendo y la posibilidad de comprar continúa alejándose. Del mismo modo que en la línea uno del metro ya no hay ninguna hora que no sea punta, en Madrid ya nos hay barrios baratos.
Por eso, a todos los que no nos ha quedado otra que aprender a convivir con la ansiedad inmobiliaria, la polémica sobre el anuncio de la nuda propiedad en Idealista, que ofertaba las enfermedades crónicas de los propietarios como una inmejorable oportunidad de inversión, solo nos provoca una sonrisa cansada. Porque mientras los buitres hacen trueques con la esperanza de vida de unos y las propiedades de otros, quienes solo poseemos nuestra vida sentimos que, por más que tengamos su titularidad, todavía no nos toca disfrutarla.
Trabajamos, quedamos con los amigos, vamos al cine o al teatro y aprovechamos cada metro cuadrado que la ciudad nos permite habitar, pero se van estrechando mientras crecen las terrazas de los negocios privados y nos encontramos nuestra parada de metro customizada con el monstruo de la serie del momento. Esquivamos tuk-tuks y tartas de queso hasta dar con el último banco de la plaza, pero no podemos estar mucho rato porque el árbol que antes le daba sombra ha desaparecido. Hacemos el amago de refugiarnos en el pisito que pagamos con más la mitad de nuestro sueldo, pero cuesta conciliar el sueño porque en cualquier momento podemos recibir la llamada de nuestro casero.
Y es así, con calles y casas siempre a punto de expulsarnos, cómo la marca a fuego de la precariedad no abandona incluso a quienes no la viven materialmente. Porque precario sigue siendo el equilibro de las generaciones que no tienen ninguna estabilidad proyectada en su futuro, ya que no cuentan con asegurarse cuatro paredes. Con la vivienda despojada de su esencia de derecho y explotada no ya como negocio, sino como negocio salvaje, al menos social y económicamente cambiemos de rumbo con prisa y con contundencia, pocas charlas de vecinos nos van quedando.
Cuando el señor que conocimos abandone su casa –sea antes o al tiempo de despedirse de la existencia–, quizás ya no queden ferreterías ni mercados ni un nombre nuevo que aprenderse. Porque los buitres nunca devuelven el saludo.
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