Opinión
Nuestra casa

Por Marta Nebot
Periodista
Desde luego los libros pueden servir para muchas cosas. Entre juntar polvo y cambiarte la vida hay un abanico infinito de posibilidades.
Yo acabo de leer uno que me ha devuelto la esperanza en LA POLÍTICA, en la que se hace entre tod@s, en la que involucra a la sociedad entera en una misión compartida.
Sí. Acabo de leer un libro que me ha devuelto a casa, a ese viejo hogar donde nació mi militancia personal, mi fe en un mundo mejor, mi altar a los seres humanos.
Se trata, nada más y nada menos, de uno que contiene un diagnóstico completo y un recetario exhaustivo para solucionar el problema de la vivienda en España, reconociendo los errores y los aciertos del presente y del pasado, mirando a lo nuestro y a lo de otros. Leerlo garantiza la esperanza en que se puede solucionar a corto-medio plazo.
Ojo, que la esperanza es distinta al optimismo, como dicen sus páginas. La primera tiene un plan, el segundo solo ganas.
Este libro está lleno de las dos cosas y de los datos disponibles y de la historia de nuestras casas y de experiencias exitosas ya aplicadas en muchas partes del mundo ajustadas a nuestra realidad. Es un vademécum político para esta enfermedad global; para cada problema propone medicinas precisas y testadas.
Desmonta el relato neoliberal porque simplemente es un cuento basado en algunos hechos reales, como todos. Un cuento interesadísimo que empuja hacia donde algunos quieren que vayamos. Hay otros hechos que cuentan otro relato y que pueden llevarnos a otros sitios mejores. Uno ilusionante que convence de que las cosas sobre las casas deben y pueden ser de otro modo, de que las personas somos algo más que miedo y codicia y de que la sociedad también se mueve por esos otros condicionantes que no estamos enfocando. Y en base a ellos propone herramientas concretas para que dejemos de hablar de cuentos y empecemos a hablar de otras realidades. Y para comprobar lo que digo hay que leer el libro entero.
Aquí solo voy a poner un ejemplo sobre el desbocado mercado del alquiler en España, con sus subidas de precio insostenibles, con su incontenible tendencia a la especulación desmesurada: cuatro de cada diez caseros alquila por debajo del precio del mercado. No es solo el mercado, amigo; hay que contestar a Rodrigo Rato. Es el amor, querido. Y si te empalaga, podemos llamarlo de mil otros modos. Los que pasan del mercado –decíamos: son cuatro de cada diez– alquilan a un familiar, a un amigo, a un vecino, a alguien de confianza... Y seguramente en parte lo hacen -lo hacemos- porque el beneficio razonable nos reconcilia con la idea de ser y vivir en comunidad, con nosotros mismos y nuestra idea de la sociedad y de la vida.
Alquilamos pisos pero sabemos que ahí se instalan casas, hogares, familias. A casi la mitad de los que alquilamos nos vale con ser buenos caseros, con tener buenos inquilinos, con que nos cuiden nuestros ahorros mientras construyen nidos hermosos entre nuestros ladrillos. Lo hacemos sin más incentivos que eso y no es poco.
Si el Estado anima al resto a lo mismo con estímulos positivos y negativos, si ayuda a abrir los pisos cerrados, a reconstruir los rotos, a fomentar la rehabilitación y la eficiencia energética, a construir mejor y más rápido con las nuevas técnicas, a que los precios sean razonados, a que la burocracia no lo complique todo, a que los vulnerables tengan techos dignos y a que todo eso sea premiado, todo será distinto.
Construcción y adquisición de viviendas de protección oficial permanente, recrecimientos de edificios, sistema de valor-precio con beneficios razonables, agencia pública del alquiler, fondo de inversión público, ayudas e impuestos transparentes y razonables también, modelo fiscal adaptado a la misión que puede dar propósito a lo que queda de legislatura y a la sociedad entera para los próximos años.
Todos a una. Los políticos haciendo política en serio y nosotros lo mismo.
Este Gobierno necesita desesperadamente un propósito, como esta sociedad soluciones certeras para este enorme problema que la desestabiliza, que le hace perder todo lo que gana la economía que más crece de Europa. Sin casas solo hay ruina.
Y sé que puede sonar increíble. Lo mejor, como pasa con cada libro, es leerlo para creerlo. Si no lo haces al menos quédate con esto: no faltan tantas casas; tenemos demasiadas vacías y deterioradas y no es una leyenda urbana; se pueden aprobar políticas que incentiven y ayuden a llenarlas, a arreglarlas, a acrecentarlas y a ponerlas bonitas mientras construimos más de otras maneras, entre nuestros dineros y los de todos.
Y llamadme loca si queréis, pero leed el libro. Se titula Casas, lo ha editado Akal y José Manuel López Rodrigo lo ha escrito. Enhorabuena y gracias.
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