Opinión
Oda al votante conservador abandonado

Por Marta Nebot
Periodista
Feijóo no ha parado de mutar desde que llegó a la dirección del partido. Su estrategia gira, gira y gira hasta ¿perder el sentido? ¿Será que de tanta vuelta se ha mareado? ¿Será que por eso su táctica ha pasado de errática a suicida?
Mientras Vox no para de crecer en las encuestas, su PP apenas sube en ellas. Después de haberse comido con patatas a los de Abascal –engordados tras sus cuatro convocatorias autonómicas adelantadas (Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía)–, pasando por todos los aros que le han impuesto para poder volver a formar gobiernos, está aplicando un viejo refrán sin rima: "Si no puedes con tu enemigo, únete a él" y, si para eso tienes que pasar por encima de tu hemeroteca, de tus hechos y de tus votantes, hágase –ha añadido de cosecha propia–.
¿Será que cree que si el PP y Vox se vuelven indistinguibles tal vez algunos más le voten sin querer? ¿Será que se ha rendido y ya no intenta ganar ningún voto sino hacérselos ganar a ellos para ver si así les llegan los números? ¿Será que quiere tanto gobernar que está dispuesto a hacerle la campaña a la ultraderecha aunque eso les ponga muy difícil el voto a los suyos de pura cepa? ¿Será que esta vez va a arriesgarlo todo, incluido su partido?
Porque ¿qué estarán pensando los conservadores que pongan su humanidad y su sentido común por encima de su antisanchismo, los que crean que simplemente las leyes hay que cumplirlas, que las sentencias lo mismo, que los tribunales no deberían retorcerse y que se les parte el alma al ver a l@s niñ@s que han entrado solas en Ceuta, al conocer sus historias, al entender su desesperación y su vulnerabilidad, por ejemplo? España siempre ha sido solidaria, la de tradición católica desde la caridad cristiana, y de repente la presunta más patriota se está enfrentando hasta con Cáritas.
Si creen que hay que evitar a toda costa el efecto llamada en Ceuta, aunque sea haciendo un paréntesis en la legalidad, estarán de acuerdo con haber pospuesto el registro y acomodo de los que se quedaron después del gran éxodo pacífico de entrada y de salida del 30 y el 31 de julio pasados. Evidentemente todos levantaron los brazos, todos estaban asustados por la amenaza de otra entrada masiva: las autoridades de Ceuta, gobernada por el PP, y los dos ministerios más implicados, el de Exteriores y el de Interior, del Gobierno de coalición progresista, del ala socialista. Los tres al frente –Vivas, Albares y Marlaska– declararon que "todos" los que entraron tendrían que irse por dónde habían llegado. Los del Gobierno después rectificaron. Al PP le está costando más dejar de pedir imposibles, dejar de patalear de cara a la galería. El gran susto pasó junto con el goteo de regresos y la amenaza de repetición. Por fin llegó la hora de la gestión, pasado el de las declaraciones. Todos tienen que elegir entre humanidad o barbarie, entre legalidad o el coño de la Bernarda, entre hacer o no hacer porque la situación mejore, entre pedagogía o seguir dando la razón a los ultras.
Hasta ahora el PP ha jugado en este tema a nadar y guardar la ropa. El año pasado se redistribuyeron más de 2.000 menores no acompañados por la península procedentes de Canarias, Ceuta y Melilla. La solidaridad impuesta por la reforma de la ley de extranjería, de marzo de 2025, se está cumpliendo aunque sea después de recurrirla y recurrirla, sobre todo en las comunidades donde el PP gobierna con la ultraderecha, como la fiscal jefa de menores, Teresa Gisbert, relató en la Ser esta semana.
Con la violencia de género el PP directamente ha dejado de nadar y ha entregado las víctimas a los negacionistas incluso en las comunidades autónomas en las que no dependen –¿aún?– de los ultras.
En Madrid, donde Ayuso pilota su mayoría absoluta, solo se han concedido en lo que va de año el 16% de las ayudas para mujeres maltratadas que financia el Gobierno central. Además ha recortado a la mitad el presupuesto en concienciación contra la violencia de género desbocada por el antifeminismo. Del millón y pico anual en el que ha dejado ese presupuesto, en el primer trimestre del año, solo había ejecutado 369 euros.
Cuando se firmó por unanimidad el Pacto de Estado –antes de que Vox llegara al Congreso de los Diputados–, cuando España se paró por la huelga feminista, incluso el año pasado cuando el PP ratificó con su voto este pacto, nos unimos todos con las víctimas, porque ni las mujeres maltratadas ni sus verdugos son solo de izquierdas, porque ir en contra de la concienciación sobre esta lacra no es ir contra una corriente política, es ir contra la realidad de cientos de miles de personas.
Estoy hablando de asuntos que no van de ideología, si no de humanidad, de solidaridad y de convivencia; del dilema entre mejorar o empeorar como sociedad.
Y si esto, que se venda a las mujeres y a los niños, que se empeore lo que mejoraba, lo vemos y lamentamos desde la izquierda, ¿cómo será sufrirlo desde la derecha? ¿Cómo será ser conservador y mantener la defensa de los derechos humanos y el respeto a lo dicho, reconocido y votado? No les envidio. El PP les da por seguros y tal vez no lo estén tanto. Tal vez tengan más cabeza y corazón que antisanchismo.
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