Opinión
Nada que opinar

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
Relleno esta columna a las doce del mediodía del lunes, diecinueve de enero. Lo último que han publicado los periódicos es que un descarrilamiento sin aclarar a la altura de Adamuz, en Córdoba, ha provocado el brutal impacto de dos trenes de alta velocidad, un Iryo y un Alvia de Renfe, que ha segado la vida de treinta y nueve personas y ha herido a más de cien. Al otro lado del transistor, una locutora afirma que las autoridades temen que lo peor venga cuando levanten uno de los trenes colisionados, el Alvia, y aparezcan fallecidas las personas sin localizar. Entre la una y las dos, se espera que Pedro Sánchez comparezca. Las autoridades se han coordinado con sorprendente eficacia y la Junta andaluza, el Estado y los servicios de seguridad y emergencia llevan movilizados desde el minuto uno de la tragedia; el propio Juanma Moreno ha confirmado que el contacto con Transportes y Presidencia es fluido y permanente; la UME ha tomado el mando con destreza.
Aquí acaba la información y debería acabar también la opinión. No hay nada que decir, que añadir; las hipótesis del siniestro son prematuras y obvias, van desde la rotura de la vía hasta un fallo mecánico; son perogrulladas mediáticas, anticipaciones de una jodidísima investigación técnica que llevará tiempo, sudor y destreza profesional que nosotros, periodistas u opinadores o chabacanos con Twitter, no podemos predecir. Y ya está.
Algunos, los sospechosos habituales, han decidido sin embargo escribir con la sangre de los muertos todavía sin aflorar diversas y golosas teorías conspirativas, o simples cerbatanas políticas de postín y vergüenza ajena, para rentabilizar o esparcir miseria, odio y miedo ante las súplicas de clemencia de los familiares que aún no han pedido velar a los suyos – ya han salido, su voz está ahí para quien la quiera escuchar, aunque sea más cómodo asimilar el odio que las lágrimas –. Es vomitivo, es triste, es espantoso; pero también es lo normal. Es la inmundicia hecha rutina.
¿Sabéis qué pasa? Que ya nada sorprende y nos hemos habituado a que cuatro sabandijas mediáticas salgan al olor de la sangre, como ya hicieron tras nuestros doscientos fallecidos en Valencia, para ganar un poco más de presencia; porque la presencia es poder y el poder es dinero. Es lo único que les importa. No piensan en nada ni nadie más cuando comparten con alguna teoría imaginativa esa fotito de la Guardia Civil donde se ve una vía de acero partida – los mayores expertos ferroviarios de España no son capaces de explicar todavía esa rotura, pero qué más les dará a ellos –. Qué importan las víctimas, el reguero de dolor, todos esos futuros borrados en un instante; aquí lo primordial es su puto relato de sociópatas anormales con acceso a TikTok, de edgys mamelucos en Twitter. Más clics, más odio, más puchero en la picadora moral.
Pero que tampoco se equivoquen los tibios o partidistas: rodarán cabezas, haremos que rueden; se asaltarán sedes parlamentarias o empresariales o ministeriales si la ocasión lo amerita; esto no va de ser equidistantes, qué va, si no de esperar. Solo un poco. Hasta que saquemos a todos nuestros muertos de esos trenes. Luego, opinaremos. Y haremos.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.