Opinión
Orbán y el laboratorio húngaro

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
De nuevo, la UE mira hacia Hungría y al enésimo pulso de Viktor Orbán a Bruselas en relación con el bloqueo a decisiones estratégicas. Sin embargo, es mucho más relevante observar los acontecimientos de las últimas semanas desde un análisis más profundo y estructural, la manera en que la política doméstica condiciona y en ocasiones distorsiona la acción exterior de la Unión Europea. Es decir, observar el caso húngaro como un síntoma más que como una causa de la propia dinámica comunitaria.
Las últimas decisiones del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, no pueden entenderse al margen del calendario electoral. Por primera vez desde 2010 las encuestas le sitúan ante un escenario competitivo real, incluso con un diseño electoral muy favorable a su causa, de cara a las elecciones legislativas del 12 de abril. El desgaste de quince años de poder casi ininterrumpido, la consolidación de una élite política y económica estrechamente vinculada al Fidesz y el cansancio de una parte de la sociedad húngara han abierto una brecha que hasta hace poco parecía impensable. Ante esa coyuntura, Orbán necesita recentrar la campaña en el terreno donde se siente más cómodo, la confrontación con el exterior y la reivindicación de una soberanía nacional amenazada
En ese marco deben leerse el bloqueo de la emisión de fondos europeos destinados a apoyar a Ucrania, el ultimátum a Kiev para que reabra plenamente el oleoducto Druzhba o la insinuación de un eventual despliegue militar ante una hipotética amenaza ucraniana contra infraestructuras húngaras. No estamos ante movimientos improvisados sino ante decisiones cuidadosamente calibradas para reforzar un relato. Orbán se presenta como el líder que no se pliega ante Bruselas, que antepone los intereses energéticos y de seguridad de Hungría a la disciplina comunitaria y que no acepta que la guerra marque la agenda económica del país. La política exterior se convierte así en una herramienta de movilización interna
El uso del chantaje energético tiene además una dimensión simbólica poderosa. En plena guerra desencadenada por Rusia en 2022 la cuestión del suministro se ha transformado en un eje central del debate europeo. Al tensar la cuerda en torno al oleoducto de Druzhba, Orbán apela directamente al miedo a la inflación, a la inseguridad económica y a la pérdida de competitividad. Frente a una narrativa europea basada en la solidaridad con Ucrania y en la defensa del orden internacional, el líder húngaro contrapone una narrativa de supervivencia nacional. Mientras otros hablan de valores él habla de facturas y de estabilidad. Ese contraste le permite simplificar el debate y presentarse como el único garante pragmático frente a una élite comunitaria que describe como desconectada de la realidad cotidiana.
El problema es que esta estrategia tiene un coste que trasciende a Hungría. La Unión Europea aspira a proyectar una imagen de unidad firme en su apoyo a Ucrania sin embargo cada veto húngaro (ahora también en compañía de Eslovaquia y la República Checa) reabre la fractura de la unanimidad en política exterior. La arquitectura institucional europea permite que un solo Estado miembro bloquee decisiones estratégicas y eso otorga a los gobiernos nacionales un poder de negociación que puede ser utilizado con fines internos. Cuando la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, acudió al cuarto aniversario del inicio de la invasión rusa sin nuevos compromisos financieros cerrados la fotografía fue la de una UE que quiere actuar pero que no siempre puede hacerlo con la rapidez y contundencia que la coyuntura exige. No es una cuestión de falta de voluntad mayoritaria sino de diseño institucional y de cálculos electorales.
Hay además un elemento político europeo que añade complejidad a la situación. El principal rival de Orbán cuenta con el respaldo del Partido Popular Europeo (PPE), grupo del que Fidesz fue expulsado en 2021 tras años de tensiones por el deterioro del Estado de derecho en Hungría. Aquella expulsión marcó un punto de inflexión en la relación entre Budapest y el centro derecha europeo. Orbán perdió la cobertura política que durante años le permitió influir desde dentro y desde entonces ha buscado nuevas alianzas en el espectro soberanista y ultraconservador. Que ahora su oponente reciba el apoyo del PPE convierte las elecciones húngaras en algo más que una contienda nacional también son una disputa simbólica sobre el rumbo del conservadurismo europeo.
En Bruselas algunos observan la situación con una mezcla de inquietud y cálculo estratégico. Existe la tentación de esperar al 12 de abril con la esperanza de que un eventual cambio en Budapest desbloquee expedientes clave y restaure la imagen de cohesión europea. Sin embargo, esa lectura puede resultar excesivamente optimista y simple. La política europea atraviesa un ciclo de volatilidad creciente y Hungría no es una excepción aislada sino un síntoma. La guerra, la crisis energética, la inflación y la fatiga social han alimentado discursos que cuestionan la integración y priorizan agendas nacionales. Incluso si Orbán resultara derrotado el debate sobre la soberanía y la autonomía estratégica no desaparecería.
Además, el calendario electoral europeo no se detiene en Budapest. Las presidenciales francesas están a la vuelta de la esquina. Cualquier alteración significativa en el equilibrio político del Elíseo tendría un impacto mucho más profundo en la orientación de la UE que el veto puntual de un Estado miembro. La experiencia reciente demuestra que los consensos europeos dependen en gran medida de la estabilidad política en las principales capitales y de la capacidad de sus líderes para sostener compromisos a medio plazo frente a presiones internas.
Lo que estamos viendo en Hungría es, por tanto, un caso paradigmático de cómo la política doméstica influye de manera determinante en las decisiones que adopta la Unión Europea. No se trata solo de la estrategia de un dirigente que intenta revitalizar su campaña electoral, o de un “submarino del Kremlin” como muchos gustan definir a Orban, sino de una dinámica estructural en la que los gobiernos nacionales utilizan el nivel europeo como escenario de legitimación interna. La UE puede aspirar a hablar con una sola voz, pero esa voz está compuesta por veintisiete sistemas políticos sometidos a ciclos electorales, a encuestas cambiantes y a tensiones sociales propias.
La cuestión de fondo es si la UE será capaz de reforzar sus mecanismos de decisión para evitar que su política exterior quede rehén de coyunturas nacionales o si seguirá avanzando a golpe de crisis y vetos tácticos. Conviene no mirar a Hungría como al díscolo de siempre, conviene, más bien, observar lo que ahí sucede como lo que puede pasar en otros países y buscar los marcos propositivos que permitan su desactivación. La demonización no sólo no es suficiente, sino que, en los tiempos que corren, se puede hacer cada vez más atractiva para los electores.
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