Opinión
Las orejotas de Obama
Por David Torres
Escritor
Recuerdo que en mi barrio, durante mi niñez, teníamos un espía. No había dinero para casi nada más, pero El Espía (lo decíamos así, todo con mayúscula) era prácticamente una cuestión de orgullo. El Espía no traía noticias de otros barrios, ni tampoco se dedicaba a mirar por las ventanas; simplemente se le quedó el mote de una vez en que, supuestamente, avisó a la policía. Resulta que un día se montó una manifestación, una reyerta, un jolgorio, en fin, una cosa de ésas con más de seis personas que en la España de entonces no estaba muy bien vista. Se decía que El Espía había corrido a una cabina de teléfonos y había marcado el 091 a toda hostia antes de farfullar: “Policía, policía, vengan, vengan, que aquí hay lío, mucho lío”.
Hay que convenir que, como localización específica del tumulto, el espionaje aquel no valía gran cosa. En cualquier caso, fuese verdad o leyenda, el hombre se quedó con el sambenito y eso en mi barrio no lo paraba nadie. Cualquiera que compartiera infancia conmigo allá en San Blas o en Simancas recordará la escena: un señor alto, muy alto, cabeza pequeña, orejas de soplillo y piernas desmesuradas, al que los niños le gritábamos desde una esquina “¡Espía!” y él echaba a correr para perseguirnos. Hoy me he acordado de golpe porque la verdad es que, bien mirado, El Espía, con sus orejotas y sus ágiles zancadas, tenía un aire a Obama más que sospechoso.
Obama, que empezó su mandato con un premio Nobel flamante bajo el brazo, va a salir de él tocado con el cartelito de “El Espía” en la espalda y con muchos más motivos que aquel pobre hombre de mi barrio. Entre internet, los satélites y los teléfonos móviles, el globo terráqueo es hoy día un poco más pequeño que San Blas o Simancas. Obama asoma su cabecita por una esquina de Europa y los niños –Merkel, Hollande, todos excepto Mariano, que está lloroso en un rincón porque ha perdido jugando al Estrasburgo– dejan lo que están haciendo y gritan: “¡Espía! ¡Espía!” Que, bien mirado a su vez, no se sabe si es un insulto o un imperativo. Al fin y al cabo, que alguien quiera enterarse de tus miserias es un delito, sí, pero casi puede considerarse una medalla.
En España estamos más que orgullosos. No sabemos si el secretario de Estado Méndez de Vigo le ha pedido explicaciones al embajador o le ha dado las gracias. En cualquier caso, sesenta millones de llamadas telefónicas interceptadas sólo en un mes son un verdadero dispendio. Sólo con que hubieran intervenido treinta y dos teléfonos (los de las treinta familias que mueven el cotarro en el país, el móvil de Kiko el de Sálvame y el de un cuñado mío que lo sabe todo) se habrían ahorrado una pasta en espionaje. Al final, con tanta información redudante les va a ocurrir lo mismo que cuando les tiraron las Torres Gemelas abajo, que la CIA tenía una conversación grabada de unos tíos muy raros hablando en pastún, pero se les empapeló entre toneladas de otras conversaciones en multitud de idiomas y, para cuando quisieron llamar al traductor, ya estaban tomando medidas para otro rascacielos. Absolutamente todo el mundo, desde la portera del bajo hasta el conserje del ministerio de Exteriores, sabe que estamos bajo vigilancia pero si se ven las tramoyas del tenderete, la historia pierde su gracia. “¡Espía! ¡Espía!” y allá va Obama con sus orejotas y su ágil zancada americana.
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