Opinión
El papel de los y las profesionales en los proyectos mineros en Andalucía

Por Félix Talego
Profesor de Antropología de las Religiones.
-Actualizado a
La Fundación Nueva Cultura del Agua ha publicado un informe que advierte de que el avance de la minería en Andalucía puede comprometer la disponibilidad de agua potable para consumo humano y agrario, en especial, en toda la extensión entre el Guadalquivir y el Guadiana. Es decir, que está en riesgo la soberanía hídrica de todo este territorio.
En esta área, que los mineros/as gustan llamar Faja Pirítica Ibérica, la prensa comercial ofrece continuamente noticias (o publirreportajes camuflados) que celebran las supuestas bonanzas que traerán las minas: Aguablanca (Monesterio), Los Frailes (Aznalcóllar), Cobre las Cruces (Gerena), Romanera (Puebla de Guzmán), La Romana (Aznalcázar), Masa Valverde (Valverde del Camino), Sanlucar I (Sanlúcar de Guadiana), Valdegrama (Cortegana)… Toda esa lluvia de informaciones da por hecho que la minería ya no contamina, que contaminaba antes, de manera que no mencionan el desastre ambiental del drenaje ácido y metálico causado por las minas que se han abierto desde mitad del siglo XIX y que mantienen afectados, comatosos o incluso muertos los ríos Rivera de Cala, Guadiamar, Tinto, Odiel, Chanza desde Trimpancho, el curso bajo del Guadiana e, incluso, según recientes informes científicos, el estuario interior del Guadalquivir, por efecto del vertido de Cobre las Cruces. Si acaso mencionan esta contaminación, es para asegurar que eso es cosa del pasado, cuando no había la tecnología ultimísima que, supuestamente, existe hoy.
Y el mismo relato oímos de boca de los/as jefes de los partidos electorales, con la excepción del grupo de Podemos en el Ayuntamiento de Sevilla, de Adelante Andalucía en el Parlamento andaluz y de diez alcaldías de las riberas del estuario del Guadalquivir. Estos Ayuntamientos, junto a distintas entidades económicas y cívicas, entregaron el pasado 9 de abril una carta al presidente de la Junta pidiendo una moratoria de los vertidos de residuos mineros que pretende realizar First Quantum (Cobre las Cruces) y Grupo México (Aznalcóllar) al Guadalquivir, así como el nombramiento de un comité científico independiente que evalúe los riesgos que corre el estuario y su desembocadura.
Mientras, la ciudadanía (¿ciudadanía?), permanece mayormente ajena a la desaforada fiebre minera que se aboca sobre nuestra tierra. Y si se pronuncia, suele ser para aprobar la minería, que es, dicen, inevitable para el disfrute de móviles y otras proezas técnicas vacuas que los mantienen embobados. Por si esta beatería cacharrera fuera poco para que normalicen el destrozo minero, además, según repiten los publirreportajes, la minería “crea puestos de trabajo”, motivo este que actúa hoy como patente de corso. Todo ello, así, en generalización sumatoria, sin más distinciones de tipo, lugares, propiedades y fines de lo extraído. Que para distinciones,
dice la gente, ya están los/as académicas y profesionales.
¿Y qué hacen los/as académicos/as y los/as profesionales? Hay que concluir que están desempeñándose con óptima eficacia, eficiencia y aplicación; con proba profesionalidad. Porque, como la gente en general reconoce y ellos/as no tolerarían que se pusiera en duda, son parte muy importante en la buena marcha de los negocios mineros en Andalucía. Y son en su mayoría andaluces, aunque las empresas mineras no lo sean.
No cuestionaré yo que el avance minero en Andalucía debe mucho a la solvencia de los/as profesionales que directa o indirectamente ofrecen su cualificación al saqueo del subsuelo andaluz y el consecuente aumento de los desechos tóxicos que van a quedar en nuestro entorno y a incrementar, antes o después, el deterioro metálico de nuestros ríos y nuestro mar. Tan estentóreo avance de la extracción no podría hacerse si las multinacionales no contasen aquí con un “capital humano” de tanto talento, excelencia y sentido del deber como el que vienen demostrando los/as profesionales y académicos/as en la causa minera. Son sabedores del deterioro metálico que la minería ha causado, y causará, pero no cabe acusarles de irresponsables, porque suelen tener una fe inconmovible en que esas “externalidades” tienen o tendrán solución profesional (fe tecnocientífica), y si no la tienen, la aparentan con cinismo igualmente inconmovible.
Hay algo enternecedor en el/la profesional de excelencia, porque está henchido de un singular entusiasmo, arraigado en el/ella desde niño/a. Y es que este/a profesional minero sigue siendo en el fondo el mismo niño/a necesitado de aprobación, que aprendió ya en los primeros años de instrucción escolar, antes de que pudiera formarse en él cualquier inclinación genuina por saber del mundo, prendarse de él y entregarse a su contemplación y estudio con interés desinteresado, que la mejor manera de lograr el premio de sus papás e instructores/as era ofrendándoles altas calificaciones. Decía Sánchez Ferlosio que la pregunta capital del verdadero corruptor de menores era: “Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?” Después, ya para siempre, en el/la profesional “de raza”, el fin será la alta calificación, actualizada e su adultez (¿madurez?) como ansia agónica de logro por el logro, con indiferencia del medio del que se sirve.
Su agonismo de entusiasmo envenenado no está en cualquier fe en la bondad o maldad de cualquier misión minera, en la que ni cree ni deja de creer, sino en aquel resorte de la infancia, incubado probablemente en el sentimiento íntimo de no ser querido, o de tener que ganarse siempre, desde el desamparo, la aprobación, cual Sísifo. Aquí radica seguramente la fuerza inflexible del profesional laureado y, desde luego, del minero puro: horadará la faz de la tierra, y no será suficiente.
Ahí están los/as ingenieros de minas, a los que se ha inoculado en sus escuelas un espíritu de cuerpo de élite afanado en llevar a todos los paisajes la metástasis de la mina. Y ahí están también los/as académicas que ostentan cátedras mineras, o que sueñan alcanzar ese honor, para lo que se dedican sin resuello al meritoriaje de proyectos de investigación, soñando con el día en que el Ministerio los unja y acredite. O los hombres y mujeres de brillante talento publicitario, capaces en un anuncio de medio minuto o un publirreportaje de convencer a las audiencias de que hay belleza en las minas (lo feo es bello propugnó Keynes), y que traerán felicidad (medida en “puestos de trabajo” y en cacharros que nos mantengan “conectados a la Red”). Mención especial merece esa lumbrera que concibió el eslogan con que Grupo México presenta la reapertura de Aznalcóllar: “Un proyecto ambiental sustentado por la minería”. Sobran los comentarios. Y ahí están también los/as responsables de la gestión del patrimonio histórico minero, demostrando profesionalidad eminente para presentar la devastación de los entornos de Río Tinto o del valle anegado de lodos del Guadiamar como ejemplos de “restauración”, riqueza ecológica, belleza mineral o adelanto de “Marte en la Tierra”?
En fin, aciertan los/as rectores andaluces cuando afirman que Andalucía tiene “profesionales sobradamente preparados”. Aunque no dicen que ese ejército que es perfectamente capaz de abrir minas, ensalzarlas y esconder sus secuela de devastación, sería igual de eficiente cerrándolas y denigrándolas. Porque no creen en nada: son solo adictos/as al éxito, al mérito, que nunca les deja satisfechos. Si no se empeñan con igual ahínco en cerrar minas es porque las altas jerarquías (profesionales también) no han habilitado premios para ello, siendo así que la antiminería no reporta prestigio. Prestigio, ese aura inconsútil, tan fascinante a los/as profesionales de fuste, una mesnada de íntimos/as impotentes adiestrados para perseguir el éxito.
Max Weber consideró el “deber profesional” como una “ética” distintiva del capitalismo, de índole servil y proclive al escalonamiento jerárquico: “la idea más característica de la civilización capitalista, para la que posee, en cierto sentido, una significación constitutiva”, (La ética protestante). Como nuevo clero los calificó después Iván Illich (El desempleo útil), y Zygmunt Bauman ha encontrado una relación entre nuestras sociedades de “profesionales sobradamente preparados/as” y la normalización de los holocaustos (Modernidad y holocausto), como el que está ocurriendo en Palestina, sin que la maquinaria de la burocracia profesional privada y pública se resienta. Tal vez, al contrario.
Por eso, quiero terminar este artículo con un elogio a los/as malas profesionales, que son todas aquellas personas atentas a otras cosas antes que a “su carrera”, lo que les salva de descender por la cadena de la servidumbre a la par que obtienen los honores del primer ministro, que es, como enseña el cuento atribuido al Conde Lucanor, el primer menor, el más siervo del reino profesional.

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