Opinión
A una partida de la derrota

Por Carla Berrocal
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Entre febrero de 1996 y mayo de 1997, el entonces campeón del mundo de ajedrez, Garry Kasparov, jugó doce partidas contra Deep Blue, la Inteligencia Artificial creada por IBM. Durante el primer encuentro, el ruso consiguió ganar tres veces, empatar dos y perder una, pero al año siguiente, la compañía americana regresó con una versión mejorada de su máquina Deeper Blue y Kasparov perdió. La derrota se convirtió en un hito para la Inteligencia Artificial: era la primera vez que un ordenador vencía la inteligencia humana.
La media mundial de screen time, es decir, el tiempo que pasamos consumiendo contenido en redes sociales e internet a través de distintos dispositivos, es de seis horas y cuarenta minutos. A la cabeza del ranking está Sudáfrica con nueve horas. En España, la media es un poco menor: pasamos cinco horas cuarenta y dos minutos mirando el móvil. Los datos son claros: scrolleamos lo que dura casi una jornada laboral. Por nuestro feed pasan desfilando a la vez videos de protestas, declaraciones de famosos, monólogos de humor, crímenes de guerra o gatitos. A lo que hay que sumar que muchos están hechos con Inteligencia Artificial, haciendo difícil distinguirlos de la realidad. Un collage audiovisual que evidencia una sociedad consumida por la adicción al móvil; sometida, con la cabeza gacha, y ajena a la vida. Se lo estamos sirviendo en bandeja a la máquina, nos tiene al borde del jaque.
Un poco antes de Navidad, Anna’s Archive, un grupo de ciberactivistas por la cultura abierta, hackeó Spotify y dejó al descubierto el monstruoso panorama de la música en streaming: apenas escuchamos el 37% de las canciones que alberga la plataforma, el 63% restante tiene pocas o ninguna reproducción. La conclusión es que, a pesar de estar pegados a la pantalla cientos de horas consumiendo contenido, todos vemos, escuchamos y leemos lo mismo. Si en el inicio de la era de las redes sociales éstas representaban diversidad, pluralidad y lucha social, a día de hoy los algoritmos acabaron con el Internet que conocíamos. Algo parecido a lo que cantaba The Buggles: Video Kill the Radio Star. La X de Musk exterminó al pájaro azul que provocó movimientos como la Primavera Árabe o el 15M. Las grandes fortunas de Silicon Valley, como Mefisto en Fausto, corrompieron el sueño de un Internet para los usuarios y lo condenaron al mercado. Vivimos una de las mayores crisis culturales de la sociedad actual: la homogeneidad del pensamiento y el gusto, la antesala del fascismo.
Una nota se desliza entre las páginas de un guion para Netflix. Es una recomendación de los ejecutivos de la plataforma para sus creadores. En ella se lee: "Haz que este personaje diga lo que hace para que los espectadores que se ponen la película de fondo puedan seguirla". No me lo invento, lo cuenta este artículo de The Guardian a propósito de una de las películas más caras que ha hecho la plataforma, "The Electric State", que costó 320 millones de dólares y que desapareció, a los pocos días, sin pena ni gloria de las profundidades del catálogo. Es lo que se conoce como una "película algoritmo", es decir, una obra diseñada en base a las recomendaciones y gustos de los espectadores. Los personajes, las tramas, los colores e incluso el ritmo, están determinados previamente. Por eso, cuando Netflix anunció que iba a comprar Warner Bros media industria americana se llevó las manos a la cabeza. Parecía que Paramount iba a salvar el cine haciendo una contraoferta, pero hace unos días se confirmó que la han rechazado para abrazar al gigante del streaming.
La realidad es que los algoritmos y la IA están cambiando la cultura tal y como la conocíamos. Y aunque habrá resistencias: autores originales, obras innovadoras y otras manifestaciones de disidencia creativa, éstas serán menos y más difíciles de encontrar. En ese panorama solo cabe preguntarse: ¿qué futuro nos espera si la calidad de las imágenes, textos o vídeos que consumimos son cada vez más planos, homogéneos y complacientes? Y sobre todo, ¿cómo luchar contra ello? En un mundo en el que todas las ciudades se convierten en el mismo escenario: los mismos bares con café de especialidad en cada esquina y la misma tostada de aguacate, restaurantes instagrameables y multinacionales textiles, las urbes se han convertido en el primer reflejo de una sociedad más uniforme. En un principio, abrazábamos lo que considerábamos que iba a ser "el progreso", quisimos ser Nueva York, pero en el camino perdimos nuestra identidad. La arquitectura y el espacio público fueron las primeras víctimas de un colonialismo cultural que ha convertido el centro de las ciudades en un mismo espacio: es como entrar en un aeropuerto y estar en el Duty Free. Como dice Jimena Marcos en El País ¿Por qué todo parece lo mismo en todas partes? Porque, sin duda, lo es.
Los algoritmos y la Inteligencia Artificial son las dos caras de la moneda del márketing, el brazo armado del capitalismo, una bestia feroz e imparable. Su capacidad perversa es ser invisible, todos y nadie a la vez. Un monstruo al que es fácil criticar, pero del no nos gusta reconocer que formamos parte. Como decía Pier Paolo Pasolini, se nos cuela en el espíritu; en sus propias palabras, "esa homogeneización que el fascismo no logró imponer, se logra fácilmente con el poder gobernante de hoy. Es decir, la sociedad de consumo está destruyendo la variedad de formas de ser y quitándole realidad a los diferentes estilos de vida del hombre".
Decía Kasparov en una entrevista que la máquina está programada para ejecutar los movimientos que considera mejor para una jugada, pero no es capaz de preguntarse por qué lo hace. Quizás la respuesta esté ahí, como dijo el ajedrecista, en la capacidad humana de mirar en profundidad y comprender (...). Como Kasparov contra Deeper Blue, toda derrota tiene detrás una poderosa enseñanza. En esta partida contra los algoritmos, tenemos la posibilidad de ganar, y está, literalmente, en nuestras manos. Hay que cultivar el pensamiento sosegado, crítico. La resistencia reside en la reflexión, la limitación de la exposición online, el encuentro en espacios físicos y la búsqueda de alternativas a través de nuestra propia creatividad. Como el profeta Jonás, estamos viviendo dentro de las tripas del monstruo, y aunque todo está oscuro, nuestra esperanza reside en aprender a navegar dentro de él.
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