Opinión
Un pasito pa'lante, un pasito pa'trás

Por Marta Nebot
Periodista
-Actualizado a
Las personas transexuales acaban de perder derechos en el Reino Unido en los tribunales. El miércoles pasado el Tribunal Supremo británico sentenció que su ley de Igualdad (LI2010) solo es aplicable a los hombres y mujeres biológicos, es decir, no a los hombres y mujeres transexuales. Es la primera vez que ocurre. Es un hito histórico.
Como consecuencia, por ejemplo, dentro de poco, las transexuales inglesas dejarán de ser consideradas como mujeres para las plazas estipuladas para este sexo, no podrán entrar en vestuarios de gimnasios ni centros deportivos femeninos, ni participar en competiciones deportivas de mujeres, ni ir a cárceles ni albergues ni alas de hospitales de su género.
Detrás de este pleito, que ha llegado a las más altas instancias judiciales, está la asociación For Women of Scotland (Por las mujeres de Escocia, FWS) que empezó recurriendo la ley escocesa de Representación de Género en Organismos Públicos de 2018 y que, para llegar al Supremo, recaudó 270.000 euros, 80.000 donados por J.K. Rowling, la multimillonaria autora de Harry Potter.
Para entender mejor lo que está pasando llamé por teléfono a Ángeles Álvarez, feminista clásica socialista, y a Carla Antonelli, senadora por Sumar y la primera mujer transexual con escaño de España. Ángeles tiene 64 años y Carla 65. Ambas llevan décadas en esto. Lo han visto y vivido desde el principio. Cada una milita en una de las dos mitades en las que se ha roto el feminismo patrio por este tema. Desde que hablé con ellas sus argumentos debaten y se rebaten en mi sesera.
A la feminista clásica la sentencia le parece positiva y que aplica sus reflexiones y reivindicaciones desde hace años. Afirma que "prácticamente no va a tener consecuencias para el colectivo, solo para las situaciones abusivas". La otra la considera "lamentable, patética": "Salieron ahí esas mujeres celebrando, que parecía que se estaban casando, ¿celebrando qué? ¿que nos han despojado de derechos?".
Claro que va a tener consecuencias, concluyo en mi cabeza. Les dijimos que eran mujeres como el resto y aprobamos leyes que lo imponían a todos los efectos y ¿ahora nos desdecimos? Es como si les hubiéramos permitido ser mujeres mientras fueron un adorno, una mascota, la excepción que confirmaba la regla y, cuando vinieron más, ya no nos gustó haberlas admitido.
Y, sin embargo, entiendo la lógica que pide que su proporción en las cuotas para mujeres sea proporcional a sus números —en proporción, muy reducidos—. Y, aun así, también comprendo que ellas, a las que dimos el carné de mujeres, respondan que también las mujeres blancas de clase media están sobrerrepresentadas sobre otros muchos grupos que no obtienen la representación que merecen sus números: inmigrantes, pobres, de otras razas...
El asunto deportivo es peliagudo. No está resuelto en el Comité Olímpico Internacional, que lo ha dejado en manos de las diferentes federaciones y va a seguir habiendo lío. Es razonable que la ventaja genética que pueda tener una mujer transexual por serlo no pueda desnivelar las competiciones deportivas sistemáticamente a su favor. Sin embargo, la sobre-escenificación del problema también es un dato: ninguna mujer trans ha ganado nunca una medalla olímpica y en España solo hay tres trans deportistas de alto rendimiento. Cantabria y la ciudad de Toledo han prohibido su participación en competiciones deportivas, a iniciativa de Vox, cuando no hay ninguna deportista de élite trans en esos territorios.
Tal vez su proporción numérica no justificaba que su problemática tuviera prioridad sobre otras que afectan a más personas pero, si fue así, ahora tampoco se justifica este ataque furibundo a un colectivo tan pequeño como llamativo.
¿Está de moda atacarlas? ¿Son la cortina de humo perfecta? Trump les dedicó minuto y medio de su discurso de toma de posesión con el mundo mundial como audiencia y su partido ha presentado en los últimos dos años más de 525 proyectos de ley anti-LGBTI, 70 convertidos en leyes, y 220 dirigidos contra las personas trans en todos los Estados Unidos. Mientras tanto apoya la masacre en Gaza y pretende convertirla en un spa, está alineado con Putin, revienta el comercio internacional y deporta a quién le da la gana... Como me dijo Antonelli: "¿De verdad somos nosotras el peligro? Esto es el Cuento de la Criada".
¿No será que a lo que much@s se resisten es a un futuro sin géneros como el que muchos jóvenes esbozan negándose a ser catalogados entre los dos viejos parámetros femenino y masculino, negándose a ser solo una cosa o la otra? Y preguntarse esto no está reñido con reconocer que borrarlos traerá un montón de problemas y dificultades burocráticas y administrativas, aunque también pueda generar igualdad rotunda de una manera todavía confusa.
Las tan criticadas "autodeterminación de género" y "la percepción personal" tienen que ver con eso y están incluidas en la ley trans de 2023 que aprobó Irene Montero, pero también en la que se aprobó en 2016 en la Comunidad de Madrid con votos socialistas y dos años antes en Andalucía.
Es decir, a estas alturas, parece innegable que lo que enfrenta al movimiento feminista en España es una pugna de poder que hizo saltar por los aires el momento dulce y más amplio del feminismo español. Ni Irene Montero supo integrar a las feministas históricas que la precedían, ni éstas supieron aceptar que fueran otras las que dirigieran el ministerio. Tal vez Montero fue una adelantada en cosas para las que ni la sociedad española ni la judicatura estaban preparadas. Tal vez habría sido mejor escuchar a quienes se lo advirtieron y haber hecho menos más consensuado.
En lo que Antonelli y Álvarez coinciden es en que los medios somos manipulados por las otras y en que lo que ha ocurrido en Reino Unido aquí por ahora no va a pasar. La una dice que pasará "en su debido momento". La otra, que "de momento, con este Tribunal Constitucional no pasará".
Según la OMS entre el 0,3% y el 0,5% de la población mundial es transgénero o sea que en España serían entre 144.000 y 240.000, a falta de un censo real, entre casi 25 millones de mujeres y 24 millones de hombres.
Estos son los números más o menos incómodos para centrar el problema. Y puestos a incomodar, me quedan algunas preguntas incómodas más: ¿No había otras prioridades —con perdón— por más que siempre sea un buen momento para mejorar la vida de alguna minoría? ¿Estaba preparada la sociedad española y el movimiento feminista? ¿Será verdad que los cambios difíciles solo se pueden llevar a cabo así, a la primera oportunidad y de una vez por todas? ¿No fue una moda anterior a la que ahora las ataca la que les dio lo que ahora se les quita? ¿Han sido prepotentes las transexuales en los ambientes feministas? ¿Han pretendido patrimonializar algo que no es suyo sino de muchas más? Y ¿no será que todo esto no es sencillo y necesita tiempo y legislaciones que se vayan puliendo con las casuísticas, con la experiencia y con el tiempo? ¿Y, por último, no será que fuimos demasiado rápido hacia delante y ahora, en Reino Unido, demasiado rápido hacia atrás?
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