Opinión
Patas de banco
Por David Torres
Escritor
A unos simples garabatos les tocó la semana pasada defender uno de los derechos sagrados de la civilización occidental. Para dejar claras las cosas, el ataque comenzó en la redacción de una revista y concluyó en una imprenta, con un intermedio a tiros en un supermercado. El yihadismo ha logrado una síntesis eficaz de aquella vieja advertencia de Heine, quien advertía que se empieza quemando libros y se acaba matando personas. El objetivo era el invento de Gutenberg, la piedra de transmisión de nuestra cultura y, transfigurada en sangre, la tinta volvió a erigirse una vez más en el último refugio de la libertad.
Unas bestias idólatras de un único libro de ficción pretendían, como siempre, eliminar la competencia. En su martirio, los monigotes y caricaturas de Charlie Hebdo, la revista ácrata que se mofa de todos y de todo, de repente cobraron profundidad, huesos, carne y sangre: las tres dimensiones de la muerte. Ya no eran simples trazos de lápiz sobre un papel sino símbolos y enseñas de occidente: la boca gigantesca de Pantagruel, la barba triste de don Quijote. Humildes dibujantes, policías y transeúntes murieron asesinados por la censura medieval sólo para que comprendamos, una vez más, que la libertad tiene su precio y que, de cuando en cuando, hay que pagarlo. También para que algunos clamaran por una vuelta a las Cruzadas mientras otros colgaban una viñeta de Mahoma a muerto pasado al tiempo que condenaban a un cómico por burlarse del PP vestido de nazareno etarra.
En el río revuelto de la matanza, se han puesto a lanzar la caña toda clase de pescadores: un ministro de la Inquisición íntimo de la Virgen, savonarolas de las ondas y militares de opereta que planean la campaña contra el Estado Islámico desde facebook en los intermedios del fútbol. Entre tanto despropósito sobresalen, no obstante, dos profesionales del desbarre. Uno es Willy Toledo, que asegura que el video donde se ve cómo rematan a un policía herido en el suelo es un montaje, aunque el hombre no acaba de explicar si los otros once muertos, y los siete del día siguiente, también son de goma espuma. El problema de Willy es que ha visto demasiadas películas y ya confunde la realidad con la ficción e incluso con la política. En los últimos tiempos las chorradas le brotan con tal maestría (la del montaje es tan buena que casi borró aquella de que la policía australiana vino a interrumpir un tranquilo secuestro) que sospechamos si el verdadero Willy se ha quedado del otro lado de la pantalla y nos han dejado aquí al Niño Melón.
Aun así, en cuanto oyó a Willy Toledo, Esperanza Aguirre no quiso quedarse atrás y se lanzó en tromba a por la medalla de oro con la estruendosa afirmación de que la masacre de París demuestra que los atentados de Atocha no tenían nada que ver con la guerra de Irak. Es una frase carroñera y agropecuaria, que mezcla franceses y españoles, churras y merinas, con tanto desparpajo que hace pensar si el famoso choque de civilizaciones pregonado por Huntington no tendría lugar en la cabeza de Aguirre: parece que allí se han despachurrado todas. Estas dos salidas de patas de banco demuestran que la libertad de expresión lo incluye todo, hasta las erratas y los eructos, que los dibujantes de Charlie Hebdo y su involuntario cortejo fúnebre no han muerto únicamente para salvar a Dante, a Montaigne y a los otros grandes dinosaurios del pensamiento occidental, sino también a las garrapatas.
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