Opinión
El patriarcado y el maldito gotelé

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Mi muro de Instagram se ha llenado, últimamente, de mujeres con taladros. Cada vez son más las que apañan solas sus cocinas, arreglan sus paredes, quitan el maldito gotelé y parecen disfrutar de ese mundillo de "las chapuzas". Aunque, dicho sea de paso, en su caso rara vez nos encontramos con chapuzas, sino con trabajos bien hechos.
Ahí están: mujeres que restauran muebles heredados, que colocan estanterías, que aprenden a usar una lijadora. Mujeres que transforman habitaciones enteras con una pistola de pintura y una paciencia infinita. Lo miro con fascinación y con alegría, la verdad. Nos han hecho creer que también las herramientas tienen género y que nosotras habíamos nacido para sujetar la lámpara mientras ellos la arreglaban.
Confesaré que yo soy de las que llama a su padre para colgar un cuadro y que jamás he encontrado el más mínimo interés en estas tareas, pero me gusta ver reels y reels con historias de este estilo. Después siempre me asalta la misma pregunta: ¿por qué parece que lo más habitual es que lo hagan por afición, por disfrute o por tener una casa más bonita, pero sigue siendo tan difícil encontrarlas dedicándose profesionalmente a estos menesteres?
Hace unas semanas leí una noticia sobre un grupo de mujeres que se estaba formando en fontanería en Valencia. La mayoría venían de sectores muy concretos: limpieza, cuidados, atención a personas mayores. "Estoy cansada de trabajar limpiando", decía una de ellas. Aquella mujer no decía que quisiera cumplir un sueño. No decía que quisiera convertirse en un símbolo feminista. No decía que pretendiera romper barreras. Decía, simplemente, que estaba cansada. Cansada de un trabajo físicamente exigente, mal pagado y poco reconocido. Quería aprender fontanería convencida de que podría vivir mejor.
Esto me parece importantísimo. A menudo hablamos de la incorporación de las mujeres a los sectores masculinizados como si fuera únicamente una cuestión de representación, cuando también tiene mucho que ver con el dinero, las condiciones laborales y la posibilidad de imaginar una vida un poco menos precaria. Durante décadas hemos debatido sobre la necesidad de que haya más mujeres en los espacios de poder, en las universidades o en determinadas profesiones prestigiosas, pero hablamos bastante menos de los oficios que sostienen materialmente el mundo. Sin embargo, hay algo profundamente político en que una mujer que lleva años limpiando casas o cuidando personas dependientes mire una tubería y piense que ese podría ser también su futuro.
Entre nosotras llevamos siglos comportándonos como si los hombres guardaran un secreto ancestral sobre las instalaciones eléctricas, las calderas o los desagües. Como si existiera algún conocimiento misterioso transmitido de generación en generación que solo ellos pudieran comprender. Y resulta que no. Resulta que se aprende. No digo que levantar una pared o cambiar una instalación eléctrica sea sencillo. Digo que quizá hemos exagerado bastante las habilidades de algunos señores. Lo suficiente como para convencernos de que determinadas tareas estaban fuera de nuestro alcance cuando, en realidad, lo que estaba fuera de nuestro alcance era la posibilidad de aprenderlas.
El sector de la construcción lleva años alertando de la falta de relevo generacional. Las empresas buscan personal, las vacantes quedan sin cubrir y los salarios suelen ser mejores que los de muchos empleos profundamente feminizados. Magalí, otra de las mujeres que participa en el programa impulsado por la asociación de empresarias y directivas de Valencia, EVAP, lo tiene clarísimo cuando afirma: "Siento que esto no se me va a quedar muy grande". Pues claro que no. Lo extraño no es que una mujer piense que puede aprender fontanería. Lo extraño es que durante tanto tiempo hayamos asumido que no podía hacerlo.
Las mujeres de Instagram me llaman la atención precisamente por eso. Las veo desmontar armarios, instalar estanterías, colocar puertas correderas o recuperar muebles antiguos y pienso que ahí hay una contradicción interesante. Las redes sociales nos muestran una versión amable de estos conocimientos: mujeres utilizando herramientas para hacer más bonita su casa, para desarrollar una afición o para sentirse orgullosas de algo que han construido con sus propias manos. Me parece estupendo, pero sospecho que también hay algo revelador en el hecho de que estemos entrando antes en estos saberes como hobby que como profesión, como si el sistema nos dijera que podemos usar una radial para redecorar el salón, pero no necesariamente para pagar el alquiler.
No sé cuántas mujeres habrían elegido otro camino si alguien les hubiera enseñado desde pequeñas que podían ser albañiles, fontaneras o electricistas. No sé cuántas habrían preferido arreglar tuberías antes que limpiar oficinas. No sé cuántas seguirían trabajando en sectores feminizados si las oportunidades y los salarios fueran los mismos. Lo que sí sé es que hay algo profundamente político en escuchar a una mujer decir que está cansada de limpiar y que quiere aprender fontanería.
Llevamos demasiado tiempo preguntándonos cómo conseguir que las mujeres entren en determinados trabajos sin preguntarnos por qué seguimos empujándolas siempre hacia los mismos. Quizá la cuestión no sea únicamente quién ocupa los despachos, sino también quién arregla los grifos, instala las calderas o levanta las paredes. Quizá la igualdad tenga algo que ver con que una mujer pueda mirar una caja de herramientas y ver en ella una salida laboral en lugar de un pasatiempo. Llevamos décadas actuando como si las mujeres tuviéramos una habilidad innata para cuidar y los hombres una capacidad sobrenatural para entender las tuberías. Resulta que ninguna de las dos cosas era verdad.

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