Opinión
Pedro Sánchez encuentra un apoyo en el Indo-Pacífico en su plante ante la OTAN

Por Pedro Barragán
Economista y editor de China Información y Economía
-Actualizado a
Pedro Sánchez ha logrado transformar su postura frente a la OTAN en una jugada política y estratégica con respaldo implícito de varios aliados y también con elocuentes ausencias desde el Indopacífico. Durante la cumbre de la OTAN en La Haya, celebrada los días 24 y 25 de junio de 2025, el presidente del Gobierno español ha defendido que España no necesita llegar al 5 % del PIB en gasto militar, como empuja el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, a las órdenes de Estados Unidos, sino que bastaría con alcanzar el 2,1 % para cumplir con las capacidades exigidas por la organización. Este planteamiento ha sido finalmente aceptado por la OTAN como una "excepción" negociada, lo que representa una victoria política para Sánchez, tanto a nivel nacional como internacional.
En respuesta, Donald Trump no ha tardado en reaccionar con amenazas abiertas. Desde su entorno político se han deslizado advertencias claras: si España no elevaba drásticamente su gasto militar, "tendrá que pagar el doble en aranceles" y "no contará con la protección de Estados Unidos". El propio Trump ha llegado a calificar a los países que no alcanzan el 5 % como "aprovechados" y ha sugerido represalias económicas. Estas declaraciones, lejos de intimidar, han reforzado el contraste entre una política exterior basada en la coacción y la visión europea que Sánchez defiende: una defensa comprometida, pero no sumisa, centrada en las capacidades reales y no en cifras impuestas por presiones externas. Uno de los apoyos más llamativos ha llegado desde Bélgica, donde el primer ministro Bart De Wever ha declarado que, si España logra cubrir sus capacidades con ese porcentaje, sería una genialidad. Más allá de la ironía, ese respaldo simboliza el reconocimiento a una estrategia que apuesta por la eficiencia y la soberanía frente a la imposición de metas económicas rígidas.
La cumbre también ha estado marcada por una señal diplomática clara: la ausencia de tres de los cuatro socios del Indo-Pacífico (IP4), invitados por la OTAN como parte del intento de extender su influencia hacia esa región. Ni el primer ministro japonés, ni el presidente de Corea del Sur, ni el primer ministro de Australia han acudido. Solo Nueva Zelanda ha estado presente. La lectura política es evidente: los países asiáticos aliados están cada vez más incómodos con la forma en que la OTAN, bajo impulso estadounidense, insiste en presentar a China como una amenaza, al tiempo que presiona por una escalada del gasto militar. Esta ausencia masiva pone en cuestión la narrativa expansiva de la OTAN y su intento de proyectarse como un bloque global bajo hegemonía occidental.
Esa incomodidad está directamente relacionada con las, aberrantes y alejadas de la realidad, alusiones contenidas en el documento oficial de la OTAN publicado tras la cumbre, donde se acusa a China de "mantener ambiciones opacas y coercitivas que socavan el orden internacional basado en reglas" y de "expandir rápidamente sus capacidades nucleares y militares sin transparencia ni control externo". Además, el texto denuncia la supuesta colaboración entre Pekín y Moscú, afirmando que "la profundización de la asociación estratégica entre la República Popular China y Rusia va contra nuestros valores e intereses". Estas declaraciones no solo consolidan un marco confrontativo, sino que reflejan el deseo de Estados Unidos de arrastrar a los aliados europeos hacia una política de guerra justificada con argumentos vacíos de seguridad que escapa al ámbito de defensa colectiva para el que la OTAN fue concebida. Que tres potencias clave del Indopacífico optaran por ausentarse tras leer ese posicionamiento dice mucho más que cualquier gesto diplomático. Esto nos recuerda la realidad ya asumida por todos de que si la OTAN no se hubiera expandido hacia el este europeo, no habría conflicto ruso-ucraniano.
A todo esto se suma otro factor clave en el Indopacífico: la resistencia de esos mismos países a entrar en una dinámica de aumento del gasto militar dictada desde Bruselas y Washington. Japón, Corea del Sur y Australia han dejado claro en sus discursos internos que su prioridad es la estabilidad regional, no una militarización acelerada que podría alimentar tensiones con China o desviar recursos de áreas sociales y tecnológicas estratégicas. Su ausencia en la cumbre de La Haya es también una forma de marcar distancia frente al dogma OTAN de que la seguridad solo se garantiza con más presupuesto en armas. En ese sentido, su postura coincide, aunque por caminos distintos, con la lógica defendida por Sánchez: que la seguridad no se mide en porcentajes de PIB, sino en inteligencia política, autonomía estratégica y responsabilidad internacional.
Este vacío diplomático refuerza, de forma indirecta, el planteamiento de Sánchez. Mientras Washington empuja por una carrera armamentística creando nuevos enemigos en el horizonte, el presidente español plantea una defensa centrada en capacidades reales y en intereses europeos. Apostar por un modelo menos sumiso, que no traduzca automáticamente las prioridades de Estados Unidos en políticas propias, es un gesto político con carga simbólica.
Además, lo que subyace en todo este escenario es una verdad que muchos en Europa siguen evitando formular claramente: la OTAN ya no tiene una razón de ser. Nació en un contexto de Guerra Fría que dejó de existir hace más de tres décadas. Hoy funciona más como una correa de transmisión de los intereses estratégicos de Estados Unidos sobre Europa, que como una alianza equilibrada entre iguales. La presión para elevar el gasto militar, la demonización automática de China, y el intento de arrastrar a Europa a conflictos que no le son propios, son expresiones de ese dominio encubierto.
Frente a todo esto, la postura de Pedro Sánchez es, si no abiertamente rupturista, al menos claramente matizada. Su defensa de un gasto racional, su resistencia a una política exterior dictada desde Washington y su apelación a una defensa europea más autónoma, abren un debate necesario. Porque la pregunta no es si Europa debe defenderse, sino si debe seguir haciéndolo a costa de su soberanía, su economía y su voz propia en el mundo.
En definitiva, Sánchez no solo ha sorteado una negociación difícil. Ha logrado visibilizar una fisura creciente en el bloque occidental. Y al hacerlo, ha dejado en el aire una serie de preguntas clave: ¿hasta cuándo aceptará Europa que la OTAN, más que protegerla, funcione como un instrumento de su subordinación estratégica?, ¿hasta cuándo Europa va a seguir apoyando las agresiones de Estados Unidos contra China que ya hasta a los socios estadounidenses del Indopacífico asustan?, ¿que se nos ha perdido a España en el mar de China?, ¿por qué seguimos en la OTAN?

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