Opinión
Políticos tuiteros

Por Anibal Malvar
Periodista
En los últimos tiempos, algunos de nuestros más conspicuos políticos han entrado por fin en la era digital, y se desbravan escribiendo burradas en las redes sociales cual tiernos e iletrados adolescentes. Hasta se les nota enganchados, enviciados por la pantalla, descerebrados bajo la tiranía del like. Dan ganas de llevarlos a un psicólogo especializado en adicciones pubescentes.
Si hubiera, por ejemplo, un ministro que se prodigara demasiado tuiteando o tiktokeando con sus haters y lovers, habría que facilitarle un tratamiento clínico semejante al de la quinceañera que ha abandonado la vida social por la asocial virtualidad de los youtubers. A mí este problema sanitario me tiene en un sinvivir.
Aunque hay de todo, observo que algunos de nuestros políticos han permitido que las redes saquen lo más poligonero que hay en ellos. Da amargo pudor ver a los más altos representantes de la dignidad del Estado enzarzarse a cabezazos tuiteros con cenutrios descerebrados. Abundan el falso ingenio, el chiste fácil, la descalificación y hasta el insulto. A veces se quedan a un pasito de la onomatopeya.
A mí me satisface que se asome a las redes y a las modernidades nuestra clase política, pero sin perder la compostura, sea su compostura cristiana o punki.
Yo daba por hecho que los feraces gabinetes de comunicación se preocuparían mucho de educar a los cargos y candidatos en las virtudes y peligros de los submundos tuiteros, pero los hechos proclaman que no ha sido así.
El algoritmo del fango ha infectado incluso a los más decentes e ilustrados pacifistas y comuneros. Personas de naturaleza dialogante y sensata se transforman en hidras flatulentas cuando se sumergen en la ciénaga de los 140 caracteres. Es una pandemia de difícil etiología. Yo no me conformo con echarle la culpa a un algoritmo de que las redes sociales, en general, nos vuelvan a casi todos más idiotas. Supongo que sabios doctores mal pagados, compartiendo piso, sin medios materiales y con un cristal roto en el laboratorio por el que entra nieve en invierno, ya lo estarán investigando en alguna universidad pública.
En estos tiempos de cibercatastrofismo, en el que sapientísimos informáticos y científicos nos alertan de que la Inteligencia Artificial puede extinguir al ser humano, nuestros líderes políticos, los que tienen que legislar sobre esto, no saben ni usar Twitter como adultos. Es una inquietante paradoja.
Cualquier político que surfee las redes debería de imponerse una prioridad: mejorar el nivel. Bajar al fango te permite un par de gracietas exitosas, pero degrada. Gabriel Rufián es un maestro es esto: mejora el nivel con sus gracietas, pero siempre su risa va pegada a una idea. Mi querido ministro Óscar Puente está en las antípodas. Qué pocas gracias le concedieron los ciberdioses a este hombre dotado de tan otros múltiples talentos. No digo yo que sus tuits escupan hidrofóbicos espumarajos, pero su rabia urgente, iliteraria y adolescente a veces parece algo impropia de un ministro, por muy progresista que sea. No hay que meterse en el fango, que es territorio en el que siempre vencen.
No sé por qué, sospecho que en esta campaña las redes sociales van a tener una importancia mucho mayor que en ocasiones anteriores. Los ejércitos de bots que lucharon estos días contra las democracias en diversos países de América no necesitan fragatas para atravesar el Atlántico ni cartas marinas para navegar por el Estrecho de Gibraltar. O sea, que podemos darnos por jodidos si toda nuestra resistencia tecnológica son nuestros políticos tuiteros. Que no saben tuitear.
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