Opinión
Ni PP ni papa

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
El artículo 16.3 de la Constitución Española dice que ninguna confesión tendrá carácter estatal. Ninguna. Se define a España como un Estado aconfesional aunque se le recuerda, a los poderes públicos, que deben proteger la libertad de creencia religiosa de su ciudadanía. Asistiendo al macro espectáculo de la fe cristiana de la semana pasada, uno se pregunta ¿para qué sirve la Constitución Española si nos la pasamos por el forro cuando nos conviene? Empezando por el artículo 47. ¿Las democracias contemporáneas son frágiles precisamente porque su Carta Magna vale lo mismo que una ilustración de mercadillo?
Tal vez la clave esté en una palabra tan ambigua como “aconfesional”. Un que sí pero que no. A lo mejor hubiese estado justificado, en su momento, atreverse a reivindicar la laicidad después de cuarenta años de nacionalcatolicismo, pero otra muesca en la historia. La balanza desnivelada entre el debe y el haber.
Lo aconfesional no se nos nota. Ni siquiera cuando los últimos datos del CIS revelan que del 55,4% de la población que se declara católica solo un 18,8% es practicante. O sea, cree en Dios a su manera, que canta La Oreja de Van Gogh. Aunque el 27% de la población total no tenga afiliación religiosa y crezcan aquellos que se consideran agnósticos o ateos.
Yo, que convivo con la religiosidad desde la cuna, hijo de creyentes y de una generación escolar que tenía religión como asignatura obligatoria y computable en la media, he asistido a la nueva performance de la fe católica con la misma inquietud y curiosidad con la que vi Midsommar en el cine. De todo lo que vi, me dio vergüencita ajena lo de Madrid, los goles y esa gala casposa de televisión de los 90; me quité el sombrero asistiendo al espectáculo en torno a la Sagrada Familia (qué putada que Barcelona no pueda ni quiera ser la capital de España) y, en Canarias, sentí la emoción que había en el acto del papa con las personas migrantes. Para que vean que mi ateísmo no es excluyente. Lo único de toda la visita que me ofendió fue ver al papa en el Congreso de los Diputados soltando un sermón que, para sorpresa de nadie, los partidos políticos han interpretado a su antojo, como esos resultados electorales en los que todos ganan.
¿Debía el papa soltar su discurso en el Congreso? ¿En calidad de qué lo hizo? ¿De jefe de Estado o como líder espiritual? La segunda sería inconcebible en un Estado aconfesional así que pensemos en la primera. ¿Celebraríamos que Trump o Milei soltasen un discurso en el Parlamento criticando las políticas progresistas, votadas por una mayoría del Congreso, que abogan por intentar rehabilitar a un moribundo Estado del bienestar? No. Pues eso.
Tiene un puntito patético ver a las fuerzas progresistas aplaudiendo las palabras de León XIV que dejan en evidencia a la derecha. No porque no se las merezca esa derecha que ha hecho política, durante un mes, criminalizando la inmigración y votando una prioridad nacional discriminatoria sino porque les obliga a comulgar con ruedas de molino. El papa no es progresista. Ni aunque Trump opine lo contrario. Y los partidos de izquierdas se han tenido que tragar el sapo del cuestionamiento de leyes progresistas como el matrimonio igualitario, el aborto y la eutanasia o el simple uso de métodos anticonceptivos.
Otra cosa es lo del PP y Vox, que ya roza lo demencial. Su nivel de inmundicia es sangriento. La derecha que se le llena la boca y los domingos con la palabra de Dios pero luego apoya políticas racistas, homófobas, clasistas y defienden la privatización de los recursos públicos, que no es otra cosa que ejercer de mercaderes, los mismos que Jesucristo expulsó a latigazos del templo. Y yo, que acepto la contradicción como parte de la esencia humana, creo que en estos casos deja de ser contradicción para convertirse en hipocresía.
Pensamos que ver señalado el odio argumental del PP por el discurso de León XIV nos compensa. Y no debería ser así. El fariseísmo de la derecha, que jamás ha movido un dedo por los más necesitados y vulnerables, cuyo verdadero Dios es el capital, le provee de una capa de desfachatez que le permite reivindicar la palabra de Dios, que ellos incumplen sistemáticamente, con el mismo descaro con el que acusan a los demás de corrupción, cuando ellos solos acumulan el 40% de la corrupción judicializada en España. A la izquierda no le compensa someter al templo de la soberanía popular al dogma religioso. Porque la izquierda no tiene esa capa de desfachatez que les permita sobrevivir entre tanta suciedad. La izquierda lo acaba pagando.
No olvidemos que la historia reciente de España aún sufre las consecuencias de la unión de la derecha y la Iglesia católica en el sometimiento de una nación. Aún no se cumple un siglo de nuestra Guerra Civil y de los años crueles del franquismo y, en ese Congreso de los Diputados, hay personas que coquetean con la dictadura, que defienden postulados fascistas y que manipulan la Historia para que los malos parezcan buenos. En esa etapa asesina de nuestra memoria, la derecha y la Iglesia católica se dieron la mano. Los fascismos suelen ser ateos pero en España se produjo esa combinación homicida llamada nacionalcatolicismo. Obispos, militares y fascistas. Y eso un país con demasiados muertos aún en las cunetas no debería olvidarlo jamás.
Es verdad que hubo una Iglesia, en los años 70, en la que había sacerdotes que se implicaban en los derechos laborales de su vecindario, apoyando las huelgas, e incluso, como se ve en la película Te estoy amando locamente, en los derechos de las personas LGTB. ¿Eran una minoría? No lo sé. Pero de lo que estoy seguro es de que esa alta jerarquía eclesiástica que hoy se celebra se encargó de aniquilarlos. La presencia de Rozalén, hija de un sacerdote secularizado tras enamorarse de su madre, fue, para mí, el minúsculo guiño a esos curas de los años 70, más cercanos al manifiesto comunista de Marx que a la doctrina vaticana. Y eso me emociona en la medida en la que manejo la empatía mucho mejor que aquellos diputados que aplaudieron las palabras del papa y luego votan y hacen políticas que se contradicen. Así que, por todo eso, ni PP ni papa.
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