Opinión
Propósitos de Año Nuevo

Periodista
-Actualizado a
No hay Nochevieja sin propósitos de año nuevo. Suenan las campanadas y en medio del atracón de uvas nos decimos que esta vez todo será distinto. A veces hasta tomamos lápiz y papel para dejar nuestras buenas intenciones por escrito: apuntarnos al gimnasio, hacer la dieta del espárrago, aprender suajili, leer Guerra y paz, correr la maratón de Boston. Al principio nos invade el entusiasmo. En un arranque de euforia, pagamos la primera mensualidad del centro deportivo y nos compramos unas mallas ridículas. En febrero la cosa empieza a enfriarse. Para marzo, las mallas ya crían polvo en el armario. Llega diciembre y lo único que sabemos decir en suajili es hakuna matata.
En 1986, dos investigadores de la Universidad de Scranton evaluaron a un grupo de doscientas personas que habían formulado resoluciones de año nuevo. La mayoría soñaba con dejar el tabaco o bajar de peso. En la primera semana del año, el 23% de los investigados se había apeado de sus buenas intenciones y había vuelto a fumar o a estragarse con panceta y chocolate. Al cabo de dos años, apenas el 19% se mantenía fiel a su palabra. En fin, mucho lirili y poco lerele. Las personas que no cumplen sus propias promesas, dice el estudio, tienden a creer que los problemas se resuelven mágicamente por sí solos.
¿Con qué cara pedimos a nuestros políticos que cumplan sus promesas si ni siquiera somos capaces de apechugar con nuestros propios planes? Al fin y al cabo, una lista de propósitos de año nuevo se parece mucho a un programa electoral. Y viceversa. Puedo prometer y prometo que de ahora en adelante tomaré el café con sacarina. Juro, por mi conciencia y honor, cumplir fielmente con mis clases de zumba y guardar lealtad a la ensalada de espinacas y las semillas de chía. La palabrería política es motivo de chanza recurrente. “Prometer hasta meter”, dice el viejo refranero a medio camino entre el reproche y el elogio de la picaresca.
El lenguaje político, escribe George Orwell, está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces. Bastaría entonces encontrar el modo de certificar nuestras promesas. En 2011, el candidato del PP en El Ejido firmó sus compromisos ante notario. Un año más tarde, IU hizo el mismo gesto de cara a las elecciones autonómicas andaluzas. Le siguieron UPyD en Rota, Podemos en Castilla-La Mancha y el PP en Molina de Segura. Vox incluso llegó a pedir que los programas electorales se certifiquen por ley en notaría. El problema es que un notario da fe sin que medie exigencia jurídica. En última instancia, la firma notarial tiene mucho de higiene reputacional y mercadotecnia.
¿Existen iniciativas que supervisan el cumplimiento de los programas de gobierno? Sí, pero actúan de forma más o menos caótica y parcial. Las agencias de verificación pecan del mismo desorden y el fact-checking se empequeñece ante el flujo torrencial de bulos. El trumpismo teorizó el ejercicio indiscriminado de la mentira: un bulo esporádico es fácilmente refutable pero no hay forma de frenar un chorro ininterrumpido de trolas. Se trata de “inundar la zona de mierda”, decía Steve Bannon. Con suerte, los mercaderes de la mentira crearán sus propias agencias de fact-checking ofreciendo así un lucrativo ejemplo de economía circular.
En realidad, no hacen falta grandes derroches para detectar una promesa quebrada. Pongamos por ejemplo a Pedro Sánchez. El pasado mes de septiembre, en plena ola de protesta global por Palestina, el Gobierno español aprobó un Real Decreto-ley que prohibía exportar e importar material de defensa al régimen israelí. Ahora resulta que el Consejo de Ministros acaba de dar vía libre a cuatro programas aeronáuticos de Airbus. ¿Mintió el Gobierno en septiembre? Para nada. Lo que hizo fue incluir una cláusula que daba pie a las excepciones. Y resulta que los proyectos aprobados son la pera limonera, una bicoca sin parangón que solo podemos cancelar a riesgo de mandar la economía al carajo.
Aquí se aprecia en todo su esplendor que el truco reside en formular bien las promesas. En vez de decir “en 2026 voy a dejar de fumar”, uno debe escribir “en 2026 no fumaré salvo con causa justificada, por ejemplo para acompañar el cubata de los sábados, por no hablar del descanso del curro, cuando todo el mundo se enciende un pitillo, no voy a ser yo menos, una chupadita de nada cuando me vengan los nervios o el hambre o el estrés, no más de dos cajetillas al día, lo juro por lo más sagrado”. Hoy sabemos sin riesgo a equivocarnos que el arte de incumplir es hijo bastardo del arte de prometer.
Pensemos en el PP. El pasado mes de julio, en el congreso del partido, Alberto Núñez Feijóo dijo que deseaba gobernar en solitario. Que las coaliciones no funcionan. Como sus palabras resultaban un tanto ambiguas, Tellado elevó el deseo a compromiso: “No habrá un Gobierno con dos partidos”. Entonces llegó Extremadura y rompió el espejismo de las mayorías absolutas. María Guardiola, que en 2023 rechazaba a Vox como socio de gobierno, vuelve a pedir sopitas a Santiago Abascal. El otro día, Feijóo reconoció que se apoyará en la extrema derecha cuando lo necesite. “Nuestro cordón sanitario es Bildu, no será Vox”.
Nos encanta criticar a trileros y vendehumos de toda condición, pero las estadísticas dicen que no podemos hablar muy alto. Que levante la mano quien no haya traicionado alguna vez sus propias promesas de año nuevo. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. La carne es débil y el pastel de nata nos guiña un ojo desde el fondo de la nevera. El cigarro nos tienta desde la cajetilla y nos seduce con artimañas adictivas. Y caemos. Y recaemos. Donde dije digo, digo Diego. Dicen que los perros se asemejan a sus dueños. Será que nosotros también somos el espejo fiel de los políticos que votamos.
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