Opinión
Protestar sirve para algo

Por Pablo Batalla
Periodista
Entrevisté una vez a Jesús Morales, concejal de Urbanismo de Gijón durante dos décadas, y responsable de buena parte de la ciudad que hoy conocemos Gijón, en aquellos años, se dio la vuelta como un calcetín. Había dinero y ganas; eran aquellos años de alcaldes populistas y constructores, que a veces dejaron un legado positivo y a veces el de Marbella. Mi ciudad salió de ellos con una lista de obras que iban de una nueva playa artificial —la de Poniente— a barrios enteros levantados sobre los solares de las fábricas cerradas por la reconversión. Morales, como tantos otros en aquella España, pudo ser un pequeño Haussmann, y en aquella conversación sacó pecho, por supuesto, por su hoja de servicios. Pero también me hizo un elogio inesperado de la protesta social: "A mí —me dijo— que haya protestas me parece que está bien y que forma parte de la base de cualquier sistema democrático. Mal vamos cuando la gente no protesta". Me contó que, en las reuniones anuales con las asociaciones vecinales, más de una vez les echó la bronca, porque le pedían "cuatro bancos y cuatro farolas" y se quedaban "tan panchos"; "¡Os veo poco reivindicativos!", les reprochaba. Y me decía: "A mí me hubiera encantado que los vecinos con los que yo traté hubieran sido más peleones y hubieran aportado más ideas".
El poder sin presión decide peor, hasta cuando quiere decidir bien, y no digamos en las marbellas en las que los miles de jesuses gil que alientan en el país quieren, ya de por sí, decidir mal. Porque el gobernante, presión recibe siempre: la de los propietarios, la de los constructores, la de quienes tienen el teléfono del alcalde, y lo marcan, y el alcalde siempre se lo va a coger. Cuando los ciudadanos callan, no reina la áurea neutralidad del despotismo ilustrado, sino que hablan unos pocos, y siempre se les escucha. Y hay ejemplos sobrados de que la protesta funciona, y no solo los épicos de la gran historia revolucionaria. Otro asturiano es el del parque Ferrera de Avilés, seguramente uno de los más bonitos de España, porque lo diseñaron unos marqueses. Sus 81.000 metros cuadrados de verde en pleno centro, su jardín francés, su parque inglés y sus tejos, cedros y castaños centenarios, fue durante siglos finca privada de los de Ferrera. El Ayuntamiento lo adquirió para uso público en los setenta y se inauguró en mayo de 1976. Pero estuvo a punto de durar muy poco.
Avilés era entonces una ciudad crecida a trompicones al ritmo de la industria y de la inmigración obrera, contaminada y con un tráfico caótico que pedía a gritos una ronda interior. El proyecto que se planteó hacía pasar esa ronda por unos 8.000 metros cuadrados del parque, y precisamente por su única arboleda. Pero los vecinos se movilizaron con eficacia: se formó una Coordinadora Pro-Parque que recogió seis mil firmas en la calle y las entregó al alcalde en octubre de 1977, en medio de un auténtico frenesí asambleario: hubo un conceyu-debate al que acudieron unas dos mil personas y ningún representante de la corporación. En los periódicos se publicaban hasta poemas en defensa del parque, y el 22 de noviembre, una manifestación de miles de personas recorrió la ciudad.
Aquellos vecinos no se oponían a la ronda: sus comunicados insistían en que era "imprescindible para el desahogo de la caótica situación de la circulación rodada" y que tenía que haber "una solución que [hiciera] compatibles estas dos cuestiones". No pedían que no se hiciera nada, sino que se hiciera bien. La revista Secha lo resumió entonces en una línea: "El problema nun ye ténicu sinón político". La cuestión era decidir a quién servía la ciudad: al pueblo de Avilés o a "un garrapiellu caciques". La protesta no sustituye a los técnicos ni a los planos, sino que obliga a que la pregunta política se haga en voz alta y no se resuelva en silencio en un despacho. La solución alternativa existía, y lo que faltaba era la voluntad de buscarla hasta que miles de personas salieron a exigirla. La hubo, y ganaron. La ronda se hizo, pero por otro sitio, y el parque sigue entero.
Quienes se manifiestan estos días por la vivienda dicen lo mismo que Secha en 1977: que el problema de la vivienda no es técnico, sino político, y que se trata de decidir para quién se construyen y para quién se alquilan las ciudades. Hoy los avilesinos pasean bajo los tejos de Ferrera sin pensar que todo eso pudo ser asfalto. Tal vez nosotros, un día, vivamos en casas de precios razonables sin acordarnos de que el ayusismo planetario pudo hacernos vivir debajo de un puente, o en el parque Ferrera.

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