Opinión
Pucherazo

Periodista
Yo también me he visto en ese trance, Alberto. Estoy de pie frente a la máquina registradora del supermercado, contando las monedas en la palma de mi mano porque me faltan cuarenta céntimos para cubrir la compra, siento un sudor frío que me trepa por las sienes y agacho la cabeza para no tropezar con las miradas asesinas de los clientes, que sueñan con decapitarme por haber organizado semejante atasco, me vacío los bolsillos en busca del milagro pero las monedas no aparecen, más vale que asuma mi derrota y renuncie entre balbuceos al pack de cuatro yogures de fresa. Así te imagino yo, Alberto, contando los diputados que te faltan para ser presidente.
En tu caso, sin embargo, no he percibido el menor rastro de apuro. Te aseguro que la vergüenza revelaría un profundo sentido de urbanidad. Uno entiende que no solo está entorpeciendo el flujo de la economía sino que además está perjudicando a sus semejantes con su torpeza. Es un acto mínimo de empatía. Ponerse en los zapatos del otro. Hay también una vergüenza más íntima, el miedo a que lo vean a uno como un pordiosero, un pobretón, alguien incapaz de permitirse un pequeño lujo lácteo. Ya decía Adam Smith que la pobreza es tanto una cuestión de dinero como de pudor. Tú, Alberto, eres pobre en diputados pero millonario en desvergüenza.
Te hemos visto últimamente en La 7 TV de Murcia denunciando no sé qué secreta trama de ingeniería electoral. Dices que la llamada ley de nietos desequilibrará el censo a favor de Pedro Sánchez. Que el presidente se ha sacado de la chistera una prolífica fábrica de votantes, como si los nietos de los exiliados hubieran ya emprendido el camino de retorno con el carné del PSOE entre los dientes. En tu opinión, Sánchez tiene que trampear las urnas porque no le alcanzan los votos cuando en realidad eres tú quien anda flojo de diputados. No sé en qué momento te pareció buena idea culpar a otros clientes de la cuenta que tú mismo no puedes pagar.
En los micrófonos de la Cope, Narciso Michavila ha echado por tierra tus hipótesis más delirantes. En todo caso, dice el presidente de GAD3, es un "razonamiento falso" creer que el voto extranjero decantará la balanza. Pero no hace falta irse tan lejos para desmentirte. Es suficiente un vistazo perezoso a las hemerotecas, Alberto, para escucharte opinar todo lo contrario de lo que ahora opinas. Hace ya cuatro años, durante una visita a Buenos Aires, te comprometiste a garantizar la nacionalidad a los nietos de la guerra. Tu partido había defendido ya este derecho en el Senado. El problema, Alberto, es que tú mismo eres tu peor enemigo.
Ahora vistes tu discurso de prudencias y tecnicismos por no pronunciar la palabra "pucherazo". Pero basta mirar a tu derecha para entender de qué va la movida. Al fin y al cabo, Vox es como el PP pero con tres carajillos encima. El otro día, José María Figaredo denunció un "golpe de Estado a cámara lenta" y pidió suspender el voto por correo de los españoles residentes en el extranjero. Hay que alentar la teoría del fraude. Antes de llegar a ese extremo, el chaval ya había hablado de "pucherazo" y "robo" mientras dedicaba sus mejores epítetos a Pedro Sánchez: "psicópata", "capo", "líder de una mafia".
Esta es la gente, Alberto, que te presta sus diputados cuando no te salen las cuentas. El caso es que hasta ahora sigues rascándote los bolsillos en busca de las monedas que te faltan para alquilarte una suite en la Moncloa. Y como no pareces dispuesto al pronto pago, andas en busca de algún pretexto que te ahorre el aprieto. Aquí la ley de nietos no es más que una oportuna coartada para seguir abundando en la monserga de la legitimidad: es verdad que el presidente Sánchez pudo cubrir su cuenta en la cola del supermercado, pero pagó con dinero sucio, sospechoso, obtenido en oscuras almonedas a cambio de no se sabe qué contraprestaciones. Que devuelva los yogures.
Cuando la derecha pierde sus apoyos, no tiene más remedio que refugiarse en el recurso de la legitimidad. Los votos son habas contadas y de difícil impugnación. La legitimidad, en cambio, es una forma de autoridad que desprende connotaciones morales. El Partido Popular y Vox tratan de convencernos de que sus valores partidistas son los valores innatos de la sacrosanta nación española. Lo que ocurre, Alberto, es que alguien te ha hecho creer que eres el dueño del supermercado y ahora es fácil imaginarte marchándote sin pagar y encarándote con los reponedores al grito de "usted no sabe quién soy yo".
Te han explicado, eso sí, que en público debes guardar las formas y escapar por la tangente cuando te pregunten por la mandanga voxera de la "prioridad nacional". En esos casos de emergencia, es importante que cambies de tercio y adornes tus argumentos con anécdotas pueblerinas, salidas de pata de banco y algún que otro "mire usted". Ahí tienes a María Guardiola haciéndose la remolona antes de correr a aliviar la sofoquina a la sombra de Vox. Ahí tienes a Moreno Bonilla fingiendo disgusto con la boca pequeña como el galán de una comedia chusca que ya tiene escrito el final.
Hay votantes por millones que se alegran de que al PP y a Vox no les salgan las cuentas, pero que querrían un presidente más audaz y mejor pagador de sus promesas. Pedro Sánchez podría, qué sé yo, derogar de una puñetera vez la ley mordaza y anular por completo la última reforma laboral del PP. Podría, además, hacer políticas de vivienda que respondan a la crisis habitacional y no a los privilegios de los grandes propietarios. Soñar es gratis. De momento, Alberto, tenemos que verte frente a la máquina registradora del supermercado, contando los diputados que no tienes mientras todos los clientes menos tú pasamos vergüenza.


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