Opinión
Queridxs señoritxs

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
Como ha debido suceder con miles de personas, el primer acercamiento que tuve a una historia sobre la intersexualidad se produjo cuando me dispuse a ver esa película en la que José Luis López Vázquez "hacía de mujer". La cinta, nominada en su día al Oscar a Mejor Película Extranjera y reverenciada por George Cukor –decía que tenía uno de los mejores finales de la historia del cine, a la altura de Con faldas y a lo loco–, no se parecía en nada a lo que uno esperaba al descubrir aquellas imágenes del actor madrileño maquillado y con peluca. Porque ni Mi querida señorita era una comedia ni el cambio de género funcionaba como chiste.
En el clásico de Jaime de Armiñán, la identidad intersexual no se explica demasiado, lo cual quizás la convierte en mejor película por su aura de misterio, pero impide que funcione como documento pedagógico. No es que el arte deba explicar pormenorizadamente aquello que usa como elemento narrativo, pero hubiera sido útil que una cinta con tanto recorrido explicara mejor la realidad que estaba retratando. Creo que ese vacío es el se ha propuesto completar la nueva versión de la historia, estrenada en salas hace unos días y que se puede ver en Netflix a partir del viernes.
Escrita por Alana S. Portero (autora del superventas más imprevisto de la literatura reciente, La mala costumbre), dirigida por Fernando González Molina y producida por los Javis, esta nueva producción no es tanto un remake –aunque conserve el mismo título– como una reimaginación de la trama en un contexto actualizado y para un público distinto. Aunque ya no seguimos a una señora de provincias en los setenta sino a una joven catequista en el año 2000, algo sin embargo no ha cambiado: el enorme desconocimiento sobre el hecho intersexual, una característica relativamente común (se estima entre una de cada 2.000 y una de cada 4.000 personas) pero con poquísima presencia en la conversación social.
Lo grave es que, como ocurre con la mayoría de factores de la diversidad humana, esa ignorancia ha resultado criminal para las personas que nacen con esta característica. La ambigüedad de los genitales intersexuales, como se explica en la película, ha conducido a la mutilación de gran cantidad de bebés, sentenciados a encajar en un género que podía no corresponder con la realidad. El resultado ha sido en muchas ocasiones la otra cara de la moneda de la realidad trans: personas obligadas a mantener el género que disponen los demás mientras su cuerpo se rebela en sentido contrario.
Por eso, aunque mucho del prestigio del material original radicaba en su ambigüedad, resulta tan valioso que la nueva Mi querida señorita se detenga a explicar con mucho más detalle la vivencia intersexual. Con el añadido, además, de haber dado con una intérprete que sí pertenece a esa I del colectivo LGTBI –y cuya presencia física nos reta con una fascinante androginia muy poco vista hasta ahora– para poner cuerpo y voz a una historia con el potencial de alcanzar a la mayor audiencia del globo a través de Netflix.
Lo cual no ha impedido que sus autoras y autores se hayan permitido crear todo un festín para el público más inmediato de esta cinta, en la que las referencias a esa España del 2000 (porque sí, una película del 2000 ya es de época) se centran en celebrar la cultura generada o adoptada por los disidentes del sistema sexo-género, de la más underground a la más mainstream, de las fiestas En Plan Travesti a Entender el amor de Mónica Naranjo.
El resultado es un emocionante viaje hacia el conocimiento sobre la realidad propia y hacia la aceptación de la diferencia, en el que algo fundamental sí se ha transformado en el medio siglo que separa una versión y otra. Mientras la Adela de López Vázquez atravesaba sus tribulaciones en completa soledad, la de Elísabeth Martínez genera una red de alianzas con personas más experimentadas que la guían y con iguales con los que comparte sus alegrías y sus sufrimientos. Y ese es el gran triunfo de esta cinta y de la sociedad que la ha generado: el de poner el foco en que nuestrxs queridxs señoritxs ya no se sientan solxs.
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