Opinión
Regalar palabras

Escritora y doctora en estudios culturales
Un plano fijo, demorado, del páramo soriano y la conversación entre dos hombres viejos como huellas de dinosaurio; no sabemos muy bien qué dicen, pero tenemos la sensación de que esa lengua ancestral que hablan es un regalo inmerecido. Se trata de una escena de El cielo gira (2004), la bellísima película de Mercedes Álvarez que proyectamos hace unos días en el festival Liternatura de Córdoba, seguida de un coloquio con la cineasta, la escritora Marta Sanz y yo misma. A los pies de una tumba, los ancianos bromean sobre las compañías fallecidas en los confines de un mundo –rural, castellano– en pleno proceso de desaparición, y a cada espectador se le va lazando, tal vez, algo en el estómago, pues la pérdida es tan inmensa que asusta. Pensar los pueblos como el tesoro recóndito que nos pertenece –digo–; por donde el tiempo transcurre pero a paso adormecido, como patrimonio, y entonces una señora del público interrumpe para exponer una analogía: la extinción de la biodiversidad (plantas, insectos, aves) se parece mucho a la de nuestro vocabulario. Mercedes, Marta y yo asentimos, sobrecogidas.
Un fenómeno característico de nuestra época es la homogeneización impuesta por el sistema económico. Los lugares, cada vez más despojados de tradiciones propias, se someten a una lógica comercial que unifica los olores y menús de restaurantes, las tiendas y las luces; hasta los peregrinos visitantes se asemejan entre ellos cuando, poseídos por la dinámica de un turismo que busca que la experiencia sea la misma en todas partes, retratan un geranio. El campo, desde la mal llamada "revolución verde", se tiñe de pesticidas y fertilizantes que ya no cruzan el estrecho de Ormuz, pero siguen rugiendo dentro de la maquinaria agrícola mientras distintas especies agonizan. La manoseada España vacía lo es cada vez más porque faltan zorzales y lombrices, conejos y lobos; en la llena, sobran fotos y motores de coches. Por increíble que parezca, el agua de lluvia transporta microplásticos. Antiguamente, un olivo albergaba colonias de pájaros; hoy, convertido en seto, podría dibujar la ornamentación de cualquier jardín urbano. Y junto a esa pátina de similitudes perniciosas, simultáneo al juego de espejos donde se refleja la misma cosa repetida –ropas, enseres, canciones: ¿os acordáis de cuando había contracultura?–, la cabeza va menguando hasta convertirse en un aparejo automatizado, jibarizándose, y sólo habla con lo mínimo que le es útil para desempeñar un puñado de tareas: el trabajo, las vacaciones, un pelín de cuidados. Claro que tenía razón la señora del público, y por eso es tan urgente diversificar cuanto antes la vida: resilvestrarla, mirarla desde otro ángulo, enunciarla con la herramienta de la disidencia lingüística.
De mi amigo Javier aprendí la palabra "acícula", la aguja fina que se cae de los pinos; en mi novela Pueblo blanco azul narré a mi abuela recogiéndose el cabello con ellas, horquillas improvisadas de la represión franquista. El escritor Alejandro López Andrada, eterno recolector de secretos asociados a la naturaleza, me dio, entre otras, la palabra "aulaga", planta de flores amarillas que luego identifiqué en una canción de Carlos Cano. A mí también me gusta donar esos tesoros con frecuencia, porque estimo que actúan como pequeñas dosis de medicina mental frente a estas sociedades apelmazadas, reproductoras de la vulgaridad y la pereza; así, digo "serón", "lúnula" o, muchas, muchas veces, "conticinio": "hora de la noche en que todo está en silencio", justamente cuando escribo y, en general, más me apetece vivir, aunque rompa con mi presencia la calma de la definición. Parece un juego de niños, pero si cada persona se azacanase en adquirir al menos un vocablo nuevo al día y sacase de este lúdico ejercicio su urgente lección, que necesitamos biblio-diversidad, bio-diversidad, preservar y orear la cultura como el cultivo, entonces quizá no nos hallaríamos en este atolladero histórico; incluso, quién sabe, la IA no habría sido inventada, pues exhibiría su locura infame aquél que desease una tecnología del plagio que, además, pone en peligro la seguridad y está acabando con la educación de manera acelerada.
Aún no todo está perdido. Propongo regalar plantas y palabras para frenar la inercia del automatismo y regar nuestros cerebros tan sufridos de sequía. Cualquier día, un cumpleaños: ¿qué me traes? ¡Cuévanos de letras! ¿Has visto las aceñas del río? ¡Eso sí que era energía renovable! ¿Podrías identificar un abejaruco? Sí, ya sé que el avispón oriental está arrasando con las autóctonas abejas melíferas, pero todavía nos queda el arte de hablar distinto, de entrenar con las mancuernas del lenguaje el pedacito de cabeza que no nos han robado, porque, eso sí, hemos sido víctimas de un robo y los ladrones deambulan llenos de impunidad.
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