Opinión
La rendición de las élites europeas

Por Antonio Antón
Sociólogo y politólogo
-Actualizado a
El acuerdo económico y comercial impuesto por la Administración trumpista de EEUU y firmado por la Comisión Europea certifica la dependencia y rendición económica de la Unión Europea. Su contenido y su forma expresan un nuevo equilibrio de poder en las relaciones atlánticas, con plena sumisión europea. Este y el reciente acuerdo en la cumbre de la OTAN, al imponer Trump un gasto militar del 5% del PIB y redefinir sus adversarios (China), expresan la subordinación geoestratégica y militar de Europa respecto de los intereses geopolíticos de EE. UU. El foco es la recuperación del dominio imperial estadounidense: América, primero… y otra vez grande. La Europa liberal ha claudicado: avanza hacia una democracia iliberal, hacia un sistema postdemocrático y neocolonial, en el que espera posicionarse en un papel subordinado al de EEUU.
Veamos algunos datos de la capitulación económica de la UE. Los aranceles estadounidenses del 15% suponen una transferencia de impuestos a productos europeos exportados a EEUU, cerca de ochocientos mil millones de euros, en el último año, cuyos aranceles para las arcas estadounidenses alcanzan a más de cien mil millones de euros anuales.
No hay ninguna reciprocidad europea, cuyo superávit comercial alcanzó cerca de doscientos mil millones de euros en el año 2024, ya que no impone ningún impuesto a los productos estadounidenses, que pueden gozar ahora de una mayor competitividad en los países europeos. Tampoco la UE reequilibra su déficit en el sector servicios (financiero, tecnológico…), que alcanza unos cuarenta y ocho mil millones de euros en este año pasado, y del que ha pasado de largo.
Aparte de estar pendiente la concreción de la imposición en algunos sectores (farmacia, semiconductores, acero…) y las amenazas correspondientes ante posibles incumplimientos, Trump ha impuesto a la UE dos condiciones globales más.
Una, la inversión europea de setecientos cincuenta mil millones de euros en la compra de energía fósil estadounidense (petróleo, gas licuado, carbón, uranio…), mucho más cara; supone triplicar la compra actual, depender al 70% de su energía y lastrar la competitividad económica europea.
Dos, la inversión europea en bienes estadounidenses, principalmente en la compra de material militar, en los tres próximos años, dentro de su actual presidencia —para garantizar su cumplimiento inmediato— de seiscientos mil millones de euros; Trump amarra el compromiso de la cumbre de la OTAN, de llegar al 5% del PIB en gasto de defensa y seguridad… para 2035.
Expresa una derrota estratégica de impacto duradero, una capitulación en toda regla, que apenas queda enmascarada con el argumento de Von der Leyen del mejor acuerdo posible. La Comisión Europea y el Consejo Europeo, que representan a todos los Estados europeos, han renunciado a la resistencia política o la negociación desde una posición de fuerza, sin contar con su similar poderío económico y comercial, en términos de PIB, y la voluntad de sus poblaciones. Las élites europeas se han doblegado, buscando acomodo en la nueva relación de subordinación jerárquica que impone Trump, a costa del bienestar de sus sociedades, su autonomía estratégica y sus valores sociales y políticos.
Mientras tanto, China, que en las últimas décadas se ha acercado a una posición similar a ambos a nivel mundial, en su capacidad económica, no militar, reforzada por sus alianzas con los BRICS y en el Sur Global, se ha permitido plantar cara y doblegar la prepotencia trumpista. Son reglas básicas de la actitud política ante posiciones de fuerza, como las actuales; solo que, en este caso, las élites europeas buscan resguardar sus propios intereses oligárquicos, transferir los daños a sus respectivas poblaciones y confiar en el designio imperial estadounidense de participar en el beneficio del reparto de poder del mundo. O sea, con un nuevo encaje neocolonial, empezando por su complicidad en el designio israelí-estadounidense para dominar todo el Oriente Próximo y liquidar al pueblo palestino.
Pero este cálculo fáctico, imperial autoritario, aparte de su inmoralidad, que les preocupa poco, es difícil de ejecutar por el mundo empresarial europeo, además de la propia fragilidad de la economía estadounidense. La oligarquía europea queda unida y subalterna a ese plan, al mismo tiempo que en Europa (y también en EEUU) persisten los altos riesgos de desafección política interna, desvertebración social y descrédito en el Sur Global, irresolubles con mayor autoritarismo regresivo.
La prepotencia imperial trumpista
La prepotencia trumpista pretende modificar el orden internacional a su favor. Se ha iniciado una transición de las posiciones de poder, las normas y los discursos vigentes. En estas décadas, desde los años noventa, de globalización neoliberal, bajo hegemonía económica y estratégico-militar estadounidense, ha habido cierta regulación consensual y multilateral a través de organismos internacionales —desde la ONU y su Consejo de Seguridad hasta el G-7 o la OMC—. EEUU aparecía, formalmente, como primero entre iguales.
Ahora, con el despliegue del peso de su poder duro político-militar, en toda su crudeza geoestratégica, se imponen varios escalafones de dominio: el emperador y los súbditos europeos/occidentales y, al fondo, los pretendidos vasallos mundiales, sin el permiso de China y los BRICS.
Su objetivo está claro: la primacía de EEUU, la subalternidad de Europa y el control y sometimiento del Sur Global, que se le escapa. Es una dinámica imperial, autoritaria e iliberal, que pretende reforzar a las derechas extremas en Europa, cuartear su Estado de bienestar y de derecho y vaciar la democracia representativa. Es el cierre a la Europa liberal progresista, a su modelo social y democrático. Sin que se plantee, de momento, la ruptura de la UE o la salida de la Unión, se acomete una profunda reorientación geopolítica, estratégica y de articulación institucional.
Junto con mayor dependencia de la OTAN y el militarismo, se refuerzan los soberanismos estatales y los nacionalismos excluyentes y antiinmigración, las dinámicas institucionales autoritarias y tecnocráticas y la recomposición de las élites dirigentes, con la colaboración entre las derechas tradicionales, liberal-conservadoras, y las ultraderechas postdemocráticas.
El mecanismo principal de presión estadounidense es su poderío geoestratégico-militar y su privilegio financiero-monetario, ambos derivados de su hegemonía tras la Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, reforzada tras el hundimiento del bloque soviético. Es la respuesta autoritaria a su declive, en términos económicos, políticos y de legitimidad social o, dicho de otro modo, la reacción regresiva ante los avances democráticos y de derechos civiles y sociales en el Norte, en el propio EEUU y Europa, y las afirmaciones autónomas en países del Sur global.
Por el camino sombrío aparecen mayores conflictos políticos e importantes crisis sociales y medioambientales. Habrá que apuntarlas al debe de esta apuesta estratégica de involución democrática, social e imperial, impuesta por las élites occidentales, que deberán renovarse y democratizarse. Otro mundo es posible, quizá con retrocesos relativos y nuevos sufrimientos humanos. Pero el neofascismo, según la experiencia histórica, fracasará. La democracia real, más igualitaria y solidaria, es la respuesta.

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