Opinión
Si el rey muere, ¡viva el rey!

Profesor de Filosofia de la UCM
Yo también viví el 23F. Me saca de quicio que la actual desclasificación de los documentos esté sirviendo para apuntalar la misma hipócrita mentira que lleva desde entonces considerándose versión oficial, porque durante todo este tiempo hemos sabido que era falsa y ahora nada ha cambiado con lo poco nuevo que sabemos. El rey no salvó la democracia. En todo caso, podemos hoy afirmar más contundentemente que quien paró el golpe fue Tejero, al negarse a entregar el Congreso al general Armada. Si Tejero hubiera dejado entrar a Armada habríamos tenido un gobierno de coalición, presidido por un militar (“por supuesto”), que habría conservado la monarquía, y que habría contado con la vicepresidencia de Felipe González, con ministros del PSOE e incluso con Ramón Tamames por aquel entonces del PCE. El PSOE no tiene mucho interés en airear que esa solución había sido pactada por algunas personalidades del partido. Y no cabe duda de que Felipe González habría aceptado con mucho gusto su papel. Fue la cabezonería de Tejero la que brindó al PSOE y al rey una jugada mucho más ventajosa. No es extraño que, en seguida, los socialistas renegaran de su republicanismo y abrazaran lo que llamaron el “juancarlismo”.
Tejero había iniciado -y le habían dejado hacer- un golpe de Estado franquista, no la “solución De Gaulle” con la que se presentó Armada en el Congreso. Y se negó a colaborar. Se cruzaron dos golpes de Estado de muy distinta naturaleza, como sabíamos ya desde hace décadas (y como el propio rey ha corroborado). Lo contó y lo publicó el Jefe de la Sección Operativa del CESID, Juan Alberto Perote en 2001, aunque ya se sabía desde mucho antes. Armada se llevó un buen chasco al comprobar que no había manera de rencauzar el golpe hacia una salida menos radical como la que tenía prevista. Si hubiera llegado a hacerse con el Congreso, habría hablado en nombre del rey, habría propuesto a Felipe González y compañía y todos habrían quedado tan contentos. Era lo que los agentes implicados del CESID tenían previsto. Fue él quien “salvó la democracia” probablemente amenazando a Armada con pegarle un tiro si daba un paso más.
El rey estuvo esperando a ver qué pasaba. Y viendo que Armada fracasaba, se decidió por su jugada maestra, traicionando a sus amigos Milans del Bosch y Armada y aprovechando para presentarse como el salvador de la patria. El PSOE también encontró aquí su oportunidad de oro, con la que ganó las elecciones con aplastante mayoría. Un oportunismo envilecido y una carambola genial. Para el rey, una traición personal y un premio en la lotería de la Historia.
El rey no estaba de acuerdo con el plan franquista de Tejero pero estaba o al menos habría estado de acuerdo con la solución Armada (parece que, en cambio, según Perote, la reina se inclinaba más bien hacia opción franquista). Los coroneles se arrepintieron de no haber ido a por él. Y esta desavenencia es la que ahora se quiere presentar como prueba de su heroico comportamiento a favor de la democracia.
Todo el relato es repugnante. Se han desclasificado los papeles -y no todos y no los que habrán sido destruidos- para facilitar la posibilidad de un entierro digno para el emérito anciano. Algo que compense y encumbra el hecho de que es un delincuente prófugo de una justicia que no puede o no quiere perseguirle.
La gran pregunta que queda abierta no es respecto al 23F. La pregunta es por qué hay tantos periodistas dispuestos a hacer el juego a esta superchería. Y lo más descorazonador es que, cuando fallezca el emérito, tendremos que digerir el empalagoso homenaje que se está preparando para lavar la imagen de la monarquía. Y que los libros de historia y los libros de texto transmitirán semejante dislate a las generaciones futuras.
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