Opinión
Salir llorando del ginecólogo

Periodista
Salir del ginecólogo llorando. Eso es lo que narró una joven en un vídeo de Instagram hace unos días. Explicaba su última consulta médica en un hospital. Contaba que el ginecólogo apenas la miró a la cara. Que era distante. Que le preguntó por embarazos y abortos como quien rellena una plantilla automática. Que la exploración le dolió. Que le hizo daño al introducir sin avisar el ecógrafo vaginal. Que no le explicó nada sobre el dolor menstrual que sufría, que incluso le hacía faltar a su trabajo. Al final, la solución de siempre: pastillas anticonceptivas.
El vídeo se llenó rápidamente de comentarios respondiendo exactamente lo mismo: "A mí tampoco me escuchó", "Me pasó igual, salí llorando". "Llevo años con dolor y ya no sé dónde ir", "Me trata como si me inventara el dolor, cuando no puedo ni trabajar". O también alguno que otro diciendo: "se sale llorada de casa" o "menuda exageración".
Que muchas relaten lo mismo no es por sensibilidad. O porque él fuera antipático. Lloran porque no hay respuestas al dolor. Porque no hay escucha. Ni empatía. Es puro agotamiento. Agotamiento de años sintiendo dolor sin diagnóstico. Agotamiento de repetir síntomas que se minimizan. Agotamiento de notar cómo el sufrimiento se convierte en algo "normal", "emocional" o "propio de ser mujer".
Distintos estudios, muy recientes, demuestran que las mujeres tardan más en recibir diagnósticos adecuados. En enfermedades como la endometriosis, el retraso diagnóstico puede superar incluso los siete u ocho años. Ocho años conviviendo con dolor crónico mientras demasiadas veces se escucha que "la regla no duele". En algunos círculos lo llaman "medical misogyny" (misoginia médica), para describir cómo el dolor ginecológico se normaliza y se infradiagnostica.
Y ahí está una de las raíces del problema: hemos normalizado tanto el sufrimiento que muchas mujeres llegan a pensar que vivir con dolor es lo que nos toca. Resignarnos. Y no lo es. Suerte de que hay ginecólogas que hacen bien su trabajo, con empatía, interés y conocimiento de la realidad; pero tampoco son accesibles para todas las mujeres. Escuchar, investigar y tratar con humanidad no debería ser un privilegio ni depender de la suerte de quien esté ese día en consulta. Debería ser una praxis común y mínima.
No es normal no poder levantarse de la cama con la menstruación. No es normal desmayarse. No es normal la angustia de cómo ir a trabajar con dolor. No es normal sentir miedo antes de una exploración médica porque otras veces dolió. No es normal salir de una consulta sintiéndote ridícula por preguntar. Pero durante décadas la salud de las mujeres se ha estudiado menos, se ha escuchado menos y se ha explicado peor. Y eso tiene consecuencias físicas, psicológicas y laborales. Si no tenemos salud, nos jugamos nuestro trabajo y nuestra autonomía económica.
La píldora podrá ayudar en algunos casos, pero el fondo del asunto es cuando deja de ser una opción médica para convertirse en un atajo. Cuando antes de investigar el origen del dolor, se receta directamente. Como si no tuviera efectos secundarios físicos ni emocionales. No se sale llorando de consulta por sensibilidad. Se llora por frustración. Lo preocupante es que miles de mujeres respondieran: "esa soy yo". Cuando una experiencia se repite tantas veces, deja de ser una anécdota individual. Y pasa a ser una estructura y un fracaso colectivo.

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