ANÁLISIS
Seis meses de los ataques a Irán: ¿qué ha cambiado?

Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
-Actualizado a
Seis meses después del inicio de los ataques estadounidenses e israelíes, la inestabilidad en torno al estrecho de Ormuz se ha vuelto la tónica habitual. Lo que empezó como una operación para derribar a un régimen se ha ido extendiendo más allá de Irán, sin resolver ningún problema y creando otros nuevos.
El régimen iraní no ha caído
La caída del régimen era uno de los principales objetivos declarados por Donald Trump al inicio de los ataques. Pese al asesinato de Alí Jamenei y de otras figuras de peso, el régimen se mantiene, aunque transformado y radicalizado, con el nuevo ayatolá como figura simbólica y la Guardia Revolucionaria ganando peso.
No ha habido cambios sustanciales en cuanto a la amenaza nuclear. El programa es, de hecho, más opaco hoy que en febrero de 2026. Tampoco se ha acabado con la capacidad militar del país, que continúa lanzando misiles y drones contra objetivos estadounidenses e israelíes y amenazando el tráfico marítimo en el Golfo.
El estrecho de Ormuz sigue siendo el principal foco de conflicto. Pese a que Estados Unidos insiste en que ha recuperado el control de la navegación, Irán conserva la capacidad de condicionar el tránsito. Esta crisis ha puesto de manifiesto, de hecho, la enorme fragilidad de las cadenas globales de suministro, y hasta qué punto dependemos del mar para abastecernos.
“Esta crisis nos ha recordado algo que solemos olvidar: el 90% de todo lo que consumimos llega por mar. Todo pasa por estrechos de pocas millas de ancho”, señala Emilio Rodríguez-Díaz, experto en protección y seguridad marítima y profesor en la Universidad de Cádiz, en conversación con Público.
“Prácticamente todos esos puntos, que podemos llamar de estrangulamiento, están hoy bajo algún tipo de presión geopolítica. Esto ya afecta a cualquiera que llene un depósito o vaya a un supermercado, tenga o no interés en Oriente Medio”, señala.
Los países del Golfo, los grandes damnificados
En este contexto de estrangulamiento, los países del Golfo (pérsico para Irán, arábigo para los países árabes) están experimentando de primera mano los peligros de depender de un aliado geopolítico que no ha tenido en cuenta su seguridad ni sus necesidades.
Desde la base de Al-Udeid en Qatar hasta la sede de la Quinta Flota en Bahréin, pasando por instalaciones militares en Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, toda esta red de infraestructuras ha convertido a estos países en objetivos de una guerra que no controlan y que no tienen capacidad para frenar. Las bases estadounidenses que durante décadas se presentaron como garantía de seguridad se han convertido en la principal amenaza a su supervivencia.
Al comienzo de los ataques, la reacción de estos estados fue prácticamente unánime. Arabia Saudí calificó los ataques iraníes de "injustificados y cobardes". Qatar condenó los misiles iraníes como una violación de su soberanía y una escalada peligrosa. Bahréin, Emiratos y Kuwait incidieron en la violación de su soberanía, del derecho internacional y en la amenaza a la estabilidad regional. Todos evitaron condenar de forma explícita a quienes habían iniciado los ataques
Seis meses después, los países del Golfo han tenido que transigir con lo que era impensable hace tan solo unos meses. Muy a su pesar, han aceptado que Irán puede condicionar el tránsito por Ormuz y Estados Unidos no puede garantizarles que no serán alcanzados. Los ataques iraníes contra instalaciones estadounidenses en Kuwait, Qatar, Bahréin y otros países de la región han vuelto a demostrarlo en estos días.
Israel y el caos
Si alguien puede salir beneficiado de esta situación de caos, ese es el Israel de Netanyahu. Inmerso en un genocidio que no cesa y en su campaña de expansión por el levante árabe, Israel ha aprovechado los bombardeos sobre Irán para avanzar en uno de sus grandes objetivos históricos: Líbano.
"Líbano no es un Estado soberano e Israel tiene derecho a reconfigurarlo", decía en 2024 el ministro israelí Amichai Chikli. Más recientemente, el ministro de Seguridad Nacional, Ben Gvir, reclamaba que se bombardearan diez edificios de Beirut por cada dron que cayese en Israel.
La obsesión con Líbano no es nueva. La relación entre ambos países está atravesada por una historia de invasiones, ocupación y ataques que va mucho más allá de episodios puntuales. Pero ha sido en estos meses, al calor de una administración estadounidense fácilmente manipulable, cuando Israel ha podido consolidar sobre el terreno una situación que pretende convertir en permanente. Pese a los acuerdos alcanzados, las tropas israelíes mantienen posiciones en el sur de Líbano y los ataques no cesan, con cientos de asesinados, heridos e infraestructuras devastadas.
También ha aumentado la presión sobre Siria. La caída de Bashar al Asad en diciembre de 2024 abrió una etapa nueva para el país, que Israel ha aprovechado para consolidar su presencia militar en el sur y unas injerencias que condicionan la transición siria. La agresión va más allá de los Altos del Golán ocupados y ha continuado durante estos seis meses, con bombardeos de bases aéreas sirias en el noroeste, ataques con drones y detenciones arbitrarias de ciudadanos sirios.
Todo esto ocurre mientras continúa la destrucción de Gaza. Pese al supuesto alto el fuego anunciado en octubre de 2025, más de 1.300 palestinos han sido asesinados desde entonces, muchos de ellos niños y niñas, y los ataques israelíes no han cesado. En Cisjordania, aumentan la violencia de los colonos y la apropiación de tierras.
Los tres países - Palestina, Líbano y Siria - forman parte de un mismo plan de expansión regional, un proyecto que crece al calor de la impunidad y las políticas de hechos consumados promovidas por Estados Unidos e Israel. Quedan atrapados en ese proyecto las poblaciones de estos países.
La población iraní, “entre las dos cuchillas de una tijera”
En Irán, algunos presos han descrito su situación como vivir "entre las dos cuchillas de una tijera", aludiendo al autoritarismo del régimen por un lado y los bombardeos estadounidenses e israelíes por otro.
A comienzos de junio, las autoridades iraníes hablaban de 3.468 muertos y más de 26.500 heridos por los ataques de Estados Unidos e Israel. La cifra ha seguido aumentando y es difícil establecer un balance completo en una guerra que continúa. Hospitales, infraestructuras y viviendas han sido dañados. La economía iraní está en una situación crítica tras meses de ataques, sanciones y restricciones al comercio.
Lejos de apoyar a su pueblo, o de darle un respiro, el régimen ha aprovechado para reforzar el control interno, aumentando la represión de la población, y en particular de los presos hacinados en cárceles como la de Evin. Amnistía Internacional documentó miles de detenciones arbitrarias tras las protestas de enero, incluidas personas menores de edad, además de torturas, desapariciones forzadas y confesiones obtenidas bajo coacción. Entre los procesados había menores de edad.
El Centro Abdorrahman Boroumand ha documentado 901 ejecuciones entre enero y julio de 2026. Iran Human Rights contabiliza 444 en el mismo periodo. La diferencia de cifras apunta a la dificultad de dar seguimiento a los abusos en un contexto de aumento de la represión, pero los distintos organismos concuerdan en que la pena de muerte se ha disparado en estos meses.
La guerra, por tanto, no ha conseguido derribar al régimen iraní, eliminar su capacidad militar y nuclear, ni tampoco ofrecer un mínimo de estabilidad a la región. Ha hecho más frágiles los equilibrios en torno a Irán, ha dejado más expuestos a los países del Golfo y ha ampliado el margen de actuación de Israel en sus países vecinos. La población iraní ha quedado atrapada entre distintas formas de violencia, mientras las agresiones y ocupaciones se suceden y se normalizan en el resto de la región y del mundo.
Son precisamente quienes sufren “esas dos cuchillas de la tijera” quienes nos dan la medida de lo ocurrido en estos meses y de la necesidad de combatir la normalización que avanza en todo el mundo: la de los hechos consumados de las grandes potencias, que ni siquiera necesitan consensuar sus agresiones, y la de la impunidad de gobernantes autoritarios que comprueban que pueden cruzar cualquier línea roja sin sufrir las consecuencias.

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