Opinión
La selección no es de izquierdas, pero es civilizada (y eso es mucho)

Por Pablo Batalla
Periodista
Nada nos gusta más, a los izquierdistas, que tener algo que decir. Tener algo que hacer también nos gusta, pero algo menos: hay que sudar más y tener la capacidad —de la que no vamos servidos— de aceptar con serenidad los resultados mediocres, vivir sin melancolía en los cincuentas por ciento, saber ver medio llenos los vasos no vacíos, pero no llenos del todo. El decir, el hablar, el mundo de las ideas y las interpretaciones, no paga esos peajes. Es gratis y carece de restricciones. Así que, impotentes muchas veces para el hacer, decimos cosas, corremos a decirlas, hablamos por los codos. Encontramos allá disfrutes compensatorios: ya que no podemos crear, al menos analizar lo creado; si no logramos ser transformadores del mundo, sí seremos al menos sus mejores analistas, los más listos. En el fondo también pensamos —cristianos sin Cristo que somos tantas veces— que el Verbo crea, y a verbalizar nos lanzamos. Si en medio de la noche decimos el suficiente número de veces que se haga la luz, la luz se hará, pensamos; y ver volar la más tenue luciérnaga nos bastará para ilusionarnos con que la Gran Iluminación es posible, y hasta segura.
El triunfo de la selección española de fútbol en el Mundial de Canadá, México y Estados Unidos y su manera de lograrlo, con un excelso juego colectivo que fue tumbando a todas las grandes estrellas individuales, han sobreexcitado a algunos de nosotros, que han corrido a cantar las alabanzas de una selección que llega a parecer, en esos discursos, un puntal formidable de la revolución socialista en ciernes. En ellos, el adjetivo colectivo es clave, como si allá donde hubiera colectivo hubiera necesariamente socialismo, o siquiera semillas o rudimentos del socialismo. Como si la nación nacionalista no fuera también un colectivo que nos pide sacrificios anónimos por lo demás. O como si no fueran colectivos Desokupa o La Manada. Minucias: basta con que Rodri se la pase a Cucurella y Cucurella a Williams, en lugar de que Lamine Yamal drible a nueve cual Paco Gimeno en la escena más desternillante de Siete vidas (Paquitescu para Johann Paco; Paco Pelé para Johann Paco, Johann Paco para Paco Armando Maradona, el arquero que no la ve y…) para que se abran, como por ensalmo, las puertas del Palacio de Invierno.
La selección no nos hará de izquierdas. Afortunadamente, pensarán Luis de la Fuente o Marcos Llorente; seguramente también el discreto Rodri. Pero no hay por qué renunciar a politizarla; a encontrar en ella —en este deporte que nunca es solo deporte, y que se politiza solo si uno no se pone a politizarlo deliberadamente— algún ascua para la sardina correcta. Al vaso medio lleno y al cincuenta por ciento. La Roja sí puede hacernos más civilizados, lo que no es poco en tiempos de barbarie desbocada, y le dice algo más al gran eje político de nuestro tiempo. Que no es el que enfrenta a la derecha con la izquierda, ni tampoco el que opone a los de arriba y los de abajo, sino esa gran contienda entre barbarie y civilización; esas agónicas pugnas electorales en las que a un lado están los nazis, y, al otro, todo lo que va de la extrema izquierda a la derecha civilizada. Bolsonaro contra un Lula apoyado por gentes que aquí militarían en el PP. Esta selección española tiene algunos bárbaros individuales, como el magufo Marcos Llorente —que, por otro lado, no jugó mucho— o el Ferran Torres de la gorra trumpista; pero el conjunto sí desprende una imagen de civismo que vino a resaltar todavía más en la final, enfrentada a una Argentina mala en todos los sentidos posibles de la palabra: mal juego, malas artes, mal comportamiento, mal perder.
Gaza iba con España; Netanyahu y Ben Gvir, con Argentina. Y eso, y que ganara la selección con la que iban los gazatíes, ya es un tesoro. Ganaron los nuestros, liderados por un entrenador católico y taurino, seguramente muy de derechas, pero que habla de respeto, integración y celebración, no de la España que fue, ni la que será —tiempos verbales del fascismo, que siempre ama naciones metafísicas, nunca la real—, sino de la que es. Y la España que es es la España del sanchismo.

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