Opinión
Sembrar paz para desarmar la violencia

Por Jordi Calvo Rufanges
Coordinador del Centre Delàs d’Estudis per la Pau
La forma en que una sociedad entiende y gestiona la violencia no es fruto del azar, sino el resultado de procesos históricos, decisiones políticas y construcciones culturales sostenidas en el tiempo. Tanto la cultura de paz como la cultura belicista responden a proyectos colectivos que se alimentan de valores, discursos y prácticas que moldean la conciencia social. Por ello, reflexionar sobre estos modelos implica reconocer que ninguna sociedad está predestinada a la violencia o a la convivencia pacífica, sino que ambas son el resultado de elecciones conscientes.
La guerra, igual que todas las violencias, puede normalizarse, aceptarse como un mal inevitable o ser consideradas una cuestión central de la acción política que persiga su erradicación. Veamos algunos argumentos sobre el hecho de que la normalización de la guerra y la promoción de la cultura belicista en una sociedad es un indicador de la legitimación de otras violencias. Quisiera así poner en valor la iniciativa del Fòrum Català de Pau que tras dos años de trabajo discreto, celebró su encuentro este 28 de febrero en Barcelona. Una iniciativa que probablemente se convertirá en un ejemplo a seguir para aquellos países que pretendan construir sociedades más pacíficas.
No normalicemos la guerra
La guerra de Ucrania, que tenía que durar unos días, y de la que se cumplen ya 4 años, es un buen ejemplo de lo importante que es aprender del pasado para evitar que ocurra lo que no deseamos en el futuro. Es decir, tener memoria y aplicar con ella las medidas necesarias para evitar la guerra.
Porque las guerras no ocurren por accidente, no surgen de la nada, sin más, por casualidad, sino que requieren preparación. Un país debe preparar a su población, a su economía y tener las herramientas políticas necesarias para embarcarse en misiones militares, para enviar a sus soldados a la guerra. España ha hecho los deberes para poder ir a la guerra, tiene un ejército preparado y en parte dispuesto a ello, tiene las capacidades militares para participar por tierra mar y aire en cualquier lugar del mundo y pertenece a un club militar, la OTAN, que legitima y justifica las vías militares. España, con el tiempo, ha inoculado la cultura de defensa en una sociedad que ha pasado del rechazo al ejército y a la guerra, a respetar y valorar las fuerzas armadas por encima de otras instituciones, a aceptar que la guerra sea una posibilidad e incluso a comenzar a considerar que hubiera un servicio militar obligatorio.
La guerra en Ucrania ha tenido y está teniendo un impacto terrible e inhumano en la población ucraniana y rusa que sufre la violencia de los ataques militares, pero también tiene impacto en las sociedades que las viven de forma indirecta, como la española. La guerra forma parte de las noticias del día a día, de los discursos, de las conversaciones. Se normaliza. Y no podemos normalizar la guerra.
Cultivemos la paz
Es urgente cultivar la paz. Para ello miremos cómo la conciencia pacifista en el Estado español, así como en cualquier otro lugar, se ha construido a base de momentos clave de movilización social que produjeron una implicación emocional e intelectual con la cultura de paz, y contraria a la cultura bélica, en una mayoría de la sociedad.
En 1986 yo no tenía edad para protestar, pero recuerdo bien los debates alrededor del referéndum de la OTAN en mi casa. Un argumento que tenía mucha fuerza era el de que votarían que no a la OTAN para que no enviaran a sus hijos (yo mismo) a cualquier guerra en el extranjero a la que nos enviara EEUU. A mí me pareció un argumento bastante convincente para posicionarme en contra. El resultado del referéndum no fue el que hubiera deseado, pero el porcentaje que votó en contra y las multitudinarias movilizaciones dejaron un poso pacifista que todavía perdura en aquella generación.
Coincidió en aquel tiempo una movilización de largo recorrido e intensidad permanente: la lucha contra la obligación de hacer el servicio militar. La insumisión y la objeción de conciencia formaban parte del debate de los jóvenes, que durante varios años decidíamos qué hacer, nos informábamos y compartíamos el rechazo no solo a perder un año de tu vida, sino al maltrato y las vejaciones propias de la disciplina militar, y a que pudiéramos, de algún modo, ser enviados a la guerra. La decisión consciente, individual pero también colectiva, de definirte por escrito y formalmente, contrario al uso de las armas no era poca cosa. Ello, junto a la lucha ejemplar de los insumisos, construyó un antimilitarismo que todavía perdura hoy en día en buena parte de la juventud de los 80 y 90.
La caída del muro de Berlín y el final de la Guerra Fría redujeron los gastos militares e hicieron pensar que los dividendos de la paz que se generarían, serían para construir los cimientos de una paz duradera, en Europa y en el mundo. Creció la esperanza de que se aprendería de las guerras, de los genocidios y del imperialismo y colonialismo del pasado. El entendimiento entre EEUU y Rusia lograba avances en desarme y seguridad.
La mili fue abolida en España y los últimos soldados de remplazo fueron llamados a filas en el año 2000. Tres años después, con la invasión de Irak se produjo una movilización sin precedentes contraria a la guerra que con millones de personas en todo el mundo, relanzó la cultura pacifista de nuevo y, por la parte que le toca a España, contribuyó a llevarse por delante al gobierno que nos llevó a la guerra. El movimiento antiguerra caló profundamente en otra generación.
Y yo me pregunto, si las movilizaciones sociales han construido buena parte del pacifismo que hoy define a nuestra sociedad, a pesar de la construcción paralela de una cultura y economía de la defensa, ¿qué ocurriría si la gente y gobierno cooperan para promover una sociedad verdaderamente más pacífica?
Políticas conscientes de paz
Las organizaciones de paz, junto con las de derechos humanos y cooperación de Cataluña, han impulsado con otros actores articulados por el Consell Català de Foment de la Pau, un proyecto llamado Fòrum Català per la Pau, que tendrá como resultado un plan director País de Pa para comprender, identificar, promocionar y poner en valor la paz en todos los ámbitos posibles de la administración pública en particular y de la sociedad en general, a través de evitar que se normalice la violencia. Porque la paz no es solo la ausencia de guerra sino la construcción de las condiciones necesarias para evitar que surjan las violencias, siendo conscientes de que existen y que aparecen con frecuencia, pero con la convicción de querer erradicarla.
La violencia cotidiana, en las aulas, en casa, contra los colectivos más vulnerables, la violencia física o psicológica, la violencia simbólica, cultural visible o invisible, la violencia política, patriarcal o fruto del capitalismo salvaje, del racismo y el supremacismo, la violencia de quienes tienen el uso legítimo de la fuerza como los cuerpos de seguridad, la violencia de la burocracia, del edadismo, de la aporofobia, del clasismo… todas estas y más violencias son las que crean la cultura belicista que nos lleva a un estado de guerra permanente en el que la imperfecta democracia de la que hemos disfrutado tan solo unas décadas, se convierta en un falsa democracia orweliana.
La cultura de paz, los posicionamientos pacifistas o la construcción de una sociedad que rechaza la violencia, no es algo que venga dado, no es algo que no se consiga sin esfuerzo. Lo mismo ocurre con la cultura belicista, el militarismo o la normalización de la violencia, no son tampoco conceptos que formen parte del ADN de ninguna sociedad, sino que hay que construirlos e invertir en ellos.
La construcción de una conciencia pacífica en una sociedad en un momento determinado, requiere de mirada larga. La planificación de una sociedad menos violenta es una decisión política que implica voluntad, liderazgo, recursos y complicidad de la sociedad civil. Es necesario y urgente cultivar la paz desde hoy mismo, para evitar las violencias, incluida la guerra, del futuro.


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