Opinión
Señores (muy) enfadados

Por Magda Simó
Periodista y escritora
La editorial valenciana Barlin Libros, centrada en no ficción (y con excelentes títulos en su catálogo, ¡leedles!), publicó en 2019 la traducción al castellano de ‘Angry white men’, un ensayo de 2013 del sociólogo estadounidense Michael Kimmel, que ahora ha vuelto a salir del horno, actualizado, porque no solo su contenido sigue plenamente vigente, sino que se vuelve más necesario que nunca para entender ciertas dinámicas del mundo actual que a menudo se suceden con demasiada rapidez como para verlas en perspectiva. En este sentido, y salvando las distancias culturales y sociales, comprender las tendencias que hace más de diez años apuntaban en los Estados Unidos permite también entender la deriva actual de la sociedad americana y darnos cuenta de cómo estas mismas tendencias, en este mundo hiperconectado, han generado una atmósfera social muy concreta y palpable también en nuestra sociedad y nuestro panorama político.
Traducido como ‘Hombres blancos cabreados. La masculinidad al final de una era’, el ensayo de Kimmel sitúa y analiza el fenómeno del resentimiento de una amplia capa social de hombres norteamericanos por la pérdida de un mundo que consideran merecer y que ya no existe, modificado por numerosos procesos simultáneos y globales. En base a esto, explora cómo esos sentimientos, más o menos legítimos, acaban siendo el motor de una corriente de odio aprovechada y atizada políticamente. La resistencia al cambio se convierte de este modo en la gasolina de posiciones políticas reaccionarias, cuando no abiertamente fascistas.
Kimmel estructura su libro en una extensa introducción y siete capítulos, que recorren desde las bases culturales e históricas de ese resentimiento, a los tiroteos en institutos, la victimización del hombre blanco, las contradicciones de su acercamiento a la paternidad, la mujer como objetivo de la ira y finalmente, cómo esa rabia se articula en arrebatos violentos y por ende en movimientos políticos racistas, supremacistas, homófobos y machistas que legitiman la violencia o incluso la alientan.
Aunque el ensayo merece la pena de la primera a la última página, hay una idea que lo sobrevuela y resume todo y que para mí resulta clave para entender estas dinámicas que a menudo nos sorprenden y asustan: aunque indudablemente los hombres blancos siguen gozando de buena parte del poder y la autoridad mundiales, desde los parlamentos a los consejos de dirección de las grandes multinacionales, hay toda una generación de ellos que se sienten víctimas, porque ciertos privilegios o ventajas sobre las que creían tener derecho se les han arrebatado. Su sensación de agravio depende de lo legitimados que se sientan para reivindicar esos ‘derechos’ perdidos en favor de mujeres, inmigrantes y otros colectivos.
Las reglas del juego han cambiado y jerarquías que se consideraban inamovibles pasan a ser cuestionadas, de manera que la sociedad se transforma progresivamente para alcanzar derechos más amplios y progresos sociales: ante esto, inevitablemente, hay quien interpreta la mayor igualdad y las discriminaciones positivas como una pérdida y una derrota. Pérdida de poder, de relevancia, de oportunidades, de parcelas de poder, da igual que antes las tuvieran por una situación desigual y un privilegio injusto. La cuestión es que a menudo esa frustración se canaliza como ira, algo que en lugar de desactivarse con razonamiento, diálogo y educación, nos encontramos que interesa más potenciar y azuzar porque es un arma política de primer orden. La gente enfadada y visceral es una masa maleable y receptiva, sobre todo si entra en juego el miedo. Miedo al futuro distinto a lo imaginado, miedo a lo desconocido y extranjero, miedo al cambio de roles y miedo a la precariedad, sobre todo. Otro de los aspectos que se destacan en el ensayo, y que resultan reveladores, es hasta qué punto nuestra capacidad colectiva para generar y expresar la rabia puede ser utilizada para los intereses de los poderosos, convenientemente orientada hacia unos colectivos y no hacia otros.
En este sentido, Kimmel dedica un espacio destacado en su libro al ‘periodismo del odio’, esos espacios en los medios que recurren a información tendenciosa, verdades a medias o directamente falsedades, sensacionalismo y prejuicios para generar una respuesta airada en sus audiencias. Y que lo consiguen, exaltando a su público, porque si tiene algo el odio es justamente su viralidad y su necesidad constante de combustible para seguir vivo. Crece y se retroalimenta, cegándonos, muchas veces, porque se construye con material afectivo, miedos, emociones y amenazas. Esos espacios incendiarios, que en los Estados Unidos que retrata Kimmel son fundamentalmente radiofónicos o digitales de la ‘machosfera’, se aprovechan de la vulnerabilidad para manipular las opiniones y hacer lo impensable: reconducir la rabia contra los más desfavorecidos y no contra los más poderosos. De tanto repetirlas, las mentiras se refuerzan, se consolidan, suman apoyos y acaban pareciendo verdades. Algo sabemos de esto por aquí.
Aunque el ensayo y sus fuentes se basan en estudios estadounidenses de diferentes ámbitos realizados hasta 2013, resulta sorprendente su actualidad y su capacidad de ejercer como oráculo de lo que vendría a posteriori, como la maquinaria del despropósito de Trump y lo que se ha dado en llamar la ‘internacional del odio’. A la vez, esta obra resulta de utilidad para tomar distancia y observar cómo esas mismas dinámicas se reproducen aquí mismo, frente a nuestras narices e incluso protagonizadas por adolescentes, alimentando los discursos ultras. Cuando todo cambia muy rápido, el miedo al cambio de los ciudadanos que se autoperciben como agraviados se convierte en una herramienta. Al servicio de quién.
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