Opinión
Sobre humos y búnkeres para las joyas de los ricos

Escritora y doctora en estudios culturales
En los Alpes suizos, una empresa está construyendo cámaras acorazadas de enormes dimensiones para que los superricos entierren lo que consideren de sus obscenas fortunas. Utilizo el verbo enterrar porque estas gigantescas cajas fuertes, en las cuales está previsto que quepan vehículos de alta gama, se ubicarán a cien metros bajo tierra, en las entrañas rocosas de una cordillera que supone un patrimonio natural esplendoroso, cuna de glaciares y biodiversidad. Quizá nos hayamos ido acostumbrando a las excentricidades de una élite que arrasa ecosistemas enteros con tal de mantener su estatus; directa o indirectamente, pues no es nada desdeñable la influencia política que ejercen ni su huella evidente en la formación de la opinión pública. Pero este nuevo asalto me ha afectado más si cabe, porque lo he descubierto a 42 grados y tras una semana respirando el insoportable humo del incendio de Niebla (Huelva), uno de los más destructivos de este verano (supera las 30.000 hectáreas afectadas, cifra muy parecida al de la sierra de Madrid, aunque con bastante menos cobertura mediática). Una se sienta a la mesa, con ese picor de garganta que me ha hecho recuperar las mascarillas del covid, y ve la noticia, como si recibiera la mayor bofetada. Desconozco si existen controles ambientales, pero, si los hubiese, no encontrarían justificación ética dentro de un planeta en llamas dentro del cual deberíamos estar preservando cada metro de suelo y agua. Definitivamente hemos perdido el juicio como sociedad y, quienes aún conservamos algunas neuronas funcionales, no salimos de la estupefacción.
Huele a sustancias químicas, a polvo del infierno; cuando hay un incendio forestal, pensamos que arden sólo árboles y matorral, pero el olor delata la contaminación extrema en la que vivimos, marcada especialmente por los plásticos y derivados. El aire, que viaja cientos de kilómetros, arrastra entonces toda esa toxicidad, sin que se genere ninguna alerta social, se vacíen las terracitas, ni las autoridades tomen medidas serias como, por ejemplo, reducir el tráfico y equilibrar así la cantidad de basura que inhalamos. De un tiempo a esta parte, se ha vuelto normal convivir con la catástrofe, ahorrar en prevención y luego despilfarrar cuando la sangre ha llegado al río. La falta de estrategia en general –y en particular: con PP y Vox negándose a firmar un Pacto de Estado climático– acaba por situarnos frente a circunstancias que deberían considerarse apocalípticas, ante las cuales se llena internet de memes. Si alguien se alarma, se le tacha inmediatamente de “catastrofista”. Poco importa que los parques de Londres cada vez se parezcan más al desierto de Almería, los miles de decesos por calor, los problemas energéticos de aquellos países incapaces de refrigerar sus centrales nucleares, o que el Mediterráneo haya llegado a marcar 33 grados –récord histórico, que se traducirá en tormentas insufribles–. Normalizar hasta que te toque a ti –podría ser la consigna–, hasta que nos vaya tocando a todos.
Europa es el continente que se calienta más rápidamente; la previsión más reciente del Consejo Científico Asesor de la UE ya habla de unos posibles 3,3 grados por encima de la era preindustrial a finales de este siglo. Esto quiere decir que, mientras tal vez los búnkeres alpinos para cochazos, joyas y obras de arte permanezcan intactos ad aeternum, se producirán fallos en las cosechas, con potencial de provocar hambrunas. Yo no tengo intenciones de ser madre y mi futuro personal me preocupa sólo hasta cierto punto, pero que colectivamente nos hayamos resignado a vivir en la inmediatez sí que me inquieta; es más, me suscita un sentimiento de duelo anticipado por todo lo perdido –incluidas aquellas vidas, humanas, vegetales y animales, que habrían merecido desarrollarse sin los embistes de esta emergencia ecológica–, junto a la impotencia surgida de observar la impunidad con que operan algunos. Entrañas rocosas perforadas, selvas reducidas al pastoreo del pronto chuletón al punto o al cultivo de su pienso, mares de peces muertos, y los ricos… a su aire. Hace poco supimos que una empresa petrolera estadounidense se disponía a comenzar las primeras prospecciones en Groenlandia sin contar con la autorización del gobierno de la isla. Entiendo que estamos entrando en otra era donde no sólo los derechos de la naturaleza no importan, sino tampoco los de los estados soberanos, como Dinamarca.
Pero no se angustien ustedes; esta reflexión apenas es producto del humo que, a veces, emborrona la vista sin que salte una mínima parte de la alerta oftalmológica que ha instigado el eclipse. De hecho, todo va bien: una pequeña comezón en la garganta, un hedor penetrante, la constatación de la indiferencia o el voto a favor de la piromanía. ¿Qué podría salir mal?

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