Opinión
Somos unos colaboracionistas tecnológicos

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Imagina que te llamas Paco y vives en la zona Norte-Universidad de Móstoles. Trabajas mucho, quizá nueve o diez horas, y apenas llegas del curro sales con tus bambitas nuevas y una napolitana mixta a echar un rato con el Pokemon Go al parque del Prado Ovejero. No eres un tipo extremadamente sociable, nadie lo es, aunque allí te sientas bien charlando con otros pibes a los que les gustan esas cosas por las que de chico te acusaban de friki por más que ahora estén de moda; nunca has sido muy ligón, jamás te ha importado, pero te plantas cada tarde con la misma esperanza recóndita de quien se considera agnóstico de que la chiquilla de trenzas rojas te mire, se acerque, te regale un Charizard en el jueguito de realidad aumentada y, por qué no, también su número de teléfono. Ahora imagina que haciendo todo esto estás entrenando la IA de una empresa que quiere acabar con los repartidores de medio mundo.
No es coña ni ficción: los jugadores de Pokemon Go se enteraron la semana pasada de que estaban entrenando sin quererlo la inteligencia artificial de Niantic Spatial, una empresa que colabora con Coco Robotics para crear robots de reparto automatizado. Como suena. La empresa desarrolladora recopilaba con tu consentimiento, porque aquí no se lee ni Dios los putos términos de uso, las fotos que subías de tu ciudad al juego de realidad aumentada, lo que ha permitido a sus aplicados directivos crear una base de datos de 30.000 millones de imágenes con la que alimentar uno de esos algoritmos preñados por Baal. Has hecho las funciones del conductor del cochecito de Google Maps, solo que sin cobrar.
Me he acordado del caso leyendo la estupenda columna Muévete deprisa y mata gente, de Marta Peirano en El País, donde advierte de la automatización vía Inteligencia Artificial, aka Infernal Algoritmo, de muchas de las armas que el ejército de Estados Unidos está usando en Oriente Medio para cumplir con los designios del viejo demente tutelado por Epstein y sus clóchinas sionistas: una gran parte de los drones y los misiles empleados ya valora riesgos y detecta automáticamente objetivos gracias al encomiable servicio de desarrolladoras de infernales algoritmos como OpenAI o Claude; no es un relato futurista ni distópico, sino una crónica de guerra de lo que pasa a unos pocos kilómetros tras la orilla oriental del Mediterráneo.
Con toda esta mierda me pregunto una cosa: ¿hasta dónde estamos dispuestos a colaborar con unas tecnológicas que ahora dependen más de los usuarios que de sus ingenieros para mejorar sus productos? Por primera vez se ha estructurado un paradigma donde las compañías necesitan personas que alimenten y entrenen a sus IAs, que les generen gasto; ahora son más poderosas que nunca, sí, pero también más moldeables, más dependientes, más sedientas de un cliente amoral, ocasional y desinformado que le pida a su infernal algoritmo favorito un ensayo breve para la universidad – que ayudará a mejorar la asimilación automática de órdenes al bombardear Beirut – o que le convierta una de sus fotos en Benidorm en una imagen al estilo de Estudio Ghibli – un ejercicio maravilloso para entrenar el reconocimiento facial de los drones kamikaze Lucas –. Poco podemos hacer contra la infamia, pero sí algo. Lo mínimo. Lo justo para dormir tranquilos y al día siguiente pensar mejor cómo destruir esta necrotecnología diabólica que solo nos trae dolor físico y cognitivo. Empecemos por dejar de usarlas; seamos orgullosamente neoluditas.
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