Opinión
No son estadísticas, es ideología

Por Miquel Ramos
Periodista
-Actualizado a
Hay una serie de charcas políticas donde las derechas se empeñan en chapotear para evitar hablar de otros asuntos mucho más urgentes y preocupantes para la vida de la clase trabajadora. La inmigración es, sin duda, una de sus favoritas. Ni es una novedad ni sucede solo en España. Es un lugar seguro y común para ellos, donde los miedos y los prejuicios entran siempre bien lubricados por los bulos y las hipérboles con los que untan cualquier propuesta al respecto. No hace falta ni siquiera decir la verdad, porque, aunque te pinten la cara por mentiroso una y otra vez, los datos ya no matan los relatos, aunque sean falsos. Esto no va de cifras ni de estadísticas, es un tema de valores, es simplemente ideología.
Los discursos sobre migración que pretenden justificar medidas cada vez más restrictivas tratan de esconder la nula intención de cambiar nada para mejorar la vida de la gente. La inmigración funciona muy bien como espantajo, como causa de toda la precariedad que enfrenta la clase trabajadora, a la que el neoliberalismo empuja a competir por los recursos mientras saquea lo público y blinda las jerarquías sociales, también atravesadas por la raza y el género. Es por esto por lo que el racismo y el machismo no son una mera cuestión moral o cultural, sino también económica y estructural. Atizar estos prejuicios sirve, esencialmente, para preservar este orden. Porque no es casual que se haya dado a la vez, en plena ola reaccionaria, un racismo cada vez más descarado y una promoción de las tradwifes, de las mujeres tradicionales que asumen los roles de los cuidados y el trabajo doméstico.
Esta división y jerarquización del trabajo y de la ciudadanía hace posible que funcione este orden diseñado hace siglos y que hoy se defiende tan vehementemente ante un mundo cada vez más diverso y consciente de sus opresiones. Ante el auge feminista de estos últimos años, se fabrica una reacción a medida, consiguiendo que no solo los hombres se refugien cada vez más en la extrema derecha y en su masculinidad por miedo a perder su estatus, sino que algunas mujeres reclamen el papel que estos han diseñado para ellas, a su servicio. Lo mismo sucede con la inevitable diversidad que conforma nuestra sociedad. Si hay por donde romper la unidad y la conciencia de clase, los guardianes del neoliberalismo lo van a intentar. Por eso funciona tan bien el chovinismo del bienestar, porque consigue que la clase trabajadora se enfrente entre sí y no cuestione a quien se beneficia de su explotación. El truco es más viejo que la tos, pero sigue funcionando.
Los Estados tienen recursos suficientes para mantener unos servicios públicos eficientes, de calidad y universales, incluso para implementar políticas de gestión del fenómeno migratorio que eviten su marginación y que respeten los derechos humanos. Igual que, si quisieran, podrían también tener políticas que garantizasen el acceso a una vivienda digna, frenasen la especulación y evitasen los guetos, pero no lo harán porque son tremendamente útiles para su relato racista y clasista, y para instaurar el apartheid social que alimente el miedo identitario y justifique sus medidas autoritarias. Es necesario que exista precariedad, miedo y ansiedad para poder echarle la culpa a otros e incrementar las herramientas represivas del Estado, que luego se aplican más allá de los cuerpos racializados. Y que así nadie cuestione el reparto de la riqueza y el andamiaje capitalista.
Las declaraciones sobre migración del líder de los populares, Alberto Núñez Feijoo el pasado fin de semana en un acto del partido en Murcia son una nueva muestra de ello. La relación que se pretende instaurar de manera artificial entre migración y delincuencia no necesita convencer a quien ya viene con el prejuicio de casa. Basta con mostrar cualquier caso aleatorio protagonizado por una persona migrante para confirmar el mantra. Y si no, se lo inventan. Feijoo insistió en esta mentira una vez más, y Ayuso fue incluso más allá este lunes, hablando de ‘manadas’ de migrantes que roban. Nada nuevo ya en este nuevo intento del PP por eclipsar a Vox, compitiendo por el voto racista. Nótese que, ante esa supuesta carga pública que supone el fenómeno migratorio, las únicas soluciones pasan por controlar y excluir más, nunca por invertir, reforzar o cambiar algo sin quitar derechos.
Ahora creen que incluyendo en la formula la variante de la ‘afinidad cultural’ para no meter a todas las personas migrantes en el mismo saco, se libran de cualquier acusación de racismo. Esto es ya, en sí mismo, todavía más racista, pues esas afinidades, más allá del idioma que compartimos con América Latina, son tan difusas, que están sujetas al criterio que se le antoje al legislador. ¿Serán por el color de piel? ¿Por la religión? Categorizar y jerarquizar a las personas migrantes bajo excusas identitarias es profundamente racista. Pero algunos creen que les sirve como escudo, porque así siempre podrán decir que ellos no odian a todos los migrantes, sino solo a algunos.
Tanto los discursos de la derecha sobre migración como la asunción de estas jerarquías por parte de gente que se dice de izquierdas forman parte del mismo problema, de la misma trinchera identitaria. Loar la migración como solución económica, instrumentalizando y deshumanizando a las personas migrantes, es también un campo erróneo donde batallar. Dedicarnos a debatir cifras es una trampa, aunque sea necesario desmentir sus bulos. El debate debe ser en otro marco, donde se pongan sobre la mesa, con luces y taquígrafos, los valores y el mundo que cada uno defiende.
A la izquierda se la acusa de incomparecencia en el debate migratorio, porque se niega a chapotear en esa charca que dispone la derecha, con las cartas ya marcadas. Claro que la izquierda habla de inmigración, pero lo hace desde otro marco, con otros valores, con otra mirada. Sacar de la ecuación del debate las relaciones norte-sur, el colonialismo o el propio capitalismo es una trampa para estrechar los márgenes, para que tan solo encajen soluciones racistas y autoritarias a un fenómeno complejo. Si quieren que hablemos de migración, hagámoslo con todas las cartas sobre la mesa, sin eufemismos ni excusas, y sobre todo, con las personas migrantes como sujetos activos, con voz y voto. Nunca sin ellas, decidiendo desde nuestro privilegio qué es lo que nos conviene.
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