Opinión
Vamos tarde contra el fascismo

Por Oti Corona
Maestra y escritora
Sobre todo porque el fascismo ya forma parte de nosotros. Basta con ver el desarrollo de la figura del cuñao. Cuando empezamos a usar el término, hará diez o quince años, el cuñao era ese tipo (o tipa) un poco pelma, que sabía de todo, que hablaba por hablar sin tener idea de nada. Si te acababas de comprar un coche, podría haberte conseguido uno de gama superior y más barato; si te veía cortando jamón, se apresuraba a decirte que así no era y te daba una conferencia sobre las mejores técnicas de cortado. Entendía mucho más que tú de informática y de vinos, tenía soluciones para todos los problemas del país y no se cansaba de repetir que los que gobiernan no tienen ni puta idea.
Qué sincero afecto siento hoy hacia aquel cuñao ancestral cuyo único peligro era provocar que las sobremesas se perdiesen en debates infecundos hasta las tantas. Quién nos habría dicho en aquellos tiempos que el personaje evolucionaría hasta convertirse en un ser insufrible, conspiranoico, homófobo, tránsfobo, capacitista, machista y xenófobo, que rechaza la evidencia científica y los datos estadísticos si no se adaptan a sus intereses, que culpa de sus fracasos a las feministas y a los inmigrantes y que desfila, banderita española en ristre, a la defensa de la parcela del hombre de la casa o de la señorona al mando del servicio.
Era posible discutir con el cuñao primigenio, aunque cualquier disputa se hiciese eterna; con el cuñao actual no existe un camino a recorrer. Todo es emoción, no hay raciocinio. Si consigues que, tras horas y horas de argumentar y de mostrarle datos, estadísticas y ejemplos, te diga "yo es que ya no me creo nada", considéralo un triunfo. El cuñao es a la vez objetivo y promotor del fascismo. Se ha cocido al fuego lento de partidos políticos que deshumanizan al adversario y que aliñan la realidad con bulos y mentiras para servir fobia hacia los más vulnerables.
La prensa siempre tiene un hueco para los fascistas. Los medios subvencionados por la derecha los blanquean con apelativos como nostálgicos, agitadores, activistas, patriotas, ultras o ciudadanos indignados. Desde los medios más a la izquierda se les critica, pero el resultado es el mismo: que los tenemos hasta en la sopa en su cuestionamiento de la condición humana del prójimo por rasgos como su ideología, su origen o su identidad de género.
Como ha sucedido en otros momentos de la historia, el fascismo se ha colado en nuestras vidas porque quien podía pararlo no lo vio venir a tiempo. La última muestra está en los ataques a migrantes en Ceuta a las órdenes de un Figaredo que mandó “cazarlos a todos uno por uno” y de un Partido Popular que, si pudiera, los habría devuelto a sus países sin atender a la legislación ni a los derechos humanos.
Llegados a este punto, la pregunta es qué hacemos. No desde las altas esferas (que no harán gran cosa), sino cada uno de nosotros. ¿Cómo dominar a una bestia cuyos tentáculos alcanzan todas las esferas del poder y que tiene la capacidad de impregnar con sus babas a las multitudes cuando las aguas andan revueltas?
Por lo pronto, hay que tener claro que una vez que se identifica a un fascista, cualquier método es bueno para frenarlo: la exposición pública, el boicot a sus negocios, la difusión de los nombres reales de quienes acosan en redes, la expulsión física del espacio público. Sin manías. No hablamos de ser más o menos conservador, sino de personas cuya meta es la violencia y la aniquilación de los desfavorecidos.
No debemos subestimarlos por número. Es cierto que en cifras absolutas son pocos, aunque hagan mucho ruido. También eran pocos al principio quienes se identificaban con Hitler, y ya ven qué pasó. Una forma de no permitir que avance el fascismo es combatir a un solo fascista como si se tratara una horda de nazis furiosos. Aunque se pierdan amistades. Aunque le cueste un disgusto a la abuela durante la cena de Navidad. No hay que concederles el privilegio del silencio. La gente que nunca dice nada, que no se despeina, que no quiere líos, suponen en sí mismos un gran problema. Callar cuando hay un fascista en la sala nos convierte en cómplices.
El fascismo es camaleónico y sabe amoldarse a todas las situaciones, por lo que para combatir a sus fieles no existe una fórmula mágica ni una vía rápida. Se necesita constancia y altas dotes para la improvisación. A veces tocará sacarlos del foco; otras, dejar que se pongan en evidencia. En ocasiones, en especial entre los seguidores más jóvenes, puede funcionar ofrecer alternativas y acompañamiento: aunque nos parezca increíble, de ser nazi también se sale.
La única opción no válida es mirar hacia otro lado. Hay muchas vidas en juego y nos han comido demasiado terreno. Vamos tarde. Muy tarde.

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