Opinión
Una tarde en la ópera
Por David Torres
Escritor
La mejor definición de amor que conozco es de Ambrose Bierce: "Demencia temporal curable mediante el matrimonio o mediante el alejamiento del paciente de las circunstancias en que contrajo la enfermedad". Erich Fromm tendría mucho que corregir al respecto pero Bierce, con su cinismo impertinente, se refiere exclusivamente al amor pasional, esa excitante montaña rusa que inventaron unos cuantos bardos en la corte de Leonor de Aquitania y cuya perfecta encarnación plasmó Richard Wagner en Tristán e Isolda, el Taj Mahal de la música occidental. Llevada a sus últimos acordes, la pasión amorosa forzosamente tiene que desembocar en la muerte; por eso, como señalaba Calvino, las historias de amor a la antigua sólo tienen dos posibles finales: los amantes mueren o se casan. Dicho de otro modo, o pactan o se acaba.
Tenía razón Mariano cuando habló de rigodón. Estos días el Congreso de los Diputados parece una ópera rosa, un batiburrillo de promesas, traiciones, despechos e inverosímiles líneas de diálogo. "Rajoy me negó la palabra, ha roto todos los puentes" declaró Rivera muy dolido en una entrevista radiofónica. Tendría que haberlo cantado en italiano, con voz de contratenor, al estilo de un aria de Haendel. Los personajes entran y salen del proscenio escenificando sus diversos desencantos, pero da la impresión de que todo es fingido, impostado, excepto ese desahogo verbal de Rivera, que suena auténticamente falso.
Pablo Iglesias revolucionó el tinglado con un morreo estupendo a Xavier Domenech, un beso intempestivo que sacudió el graderío y cubrió de estupefacción a los diputados populares, muchos de los cuales se preguntaban si los habían invitado otra vez a traición a una boda gay. "Me emocioné" confesó Iglesias, que ya traía el beso ensayado de casa, porque de otro modo no se entiende que le saliera tan bien. Lo habitual en un hemiciclo es que haya peloteras, como en Venezuelas, hostias limpias, como en Corea del Sur, o tiros al aire de la Guardia Civil, como en el 23-F. Errejón se enfurruñó un poco, aunque su cabreo no fue nada comparado con el que invadió a la bancada socialista cuando se atrevió a embadurnar el jarrón chino del socialismo con la cal de los muertos. Otro exceso escenográfico del líder de Podemos, que tendrá que hacer las paces con Pdr Snchz si quiere que haya ocasión de que salgan a cantar a dúo su gran aria de amor. Desde lejos, Garzón ya está animando esta novedosa versión de La Traviata (libiamo, libiamo ne' lieti calici) pero advirtiendo que no lo dejen solo, a ver si va a terminar como Madame Butterfly, haciéndose el harakiri.
Mariano, por su parte, también anda dando la nota, entretenido con el espectáculo y entonando sin demasiado esfuerzo un aire de zarzuela. En concreto, este fragmento de las Coplas de don Hilarión de La verbena de la Paloma:
Caigo en sus brazos ya dormido
y cuando llego a despertar,
siento un placer inexplicable
y un delicioso bienestar.
Y es que las dos,
ja, ja, ja, ja,
se deshacen por verme contento,
ja, ja, ja, ja,
esperando que llegue el momento
en que yo decida,
ja, ja, ja, ja,
cuál de las dos
me gusta más.
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