Opinión
Tú también tienes tu pedrada, compañera

Periodista y escritora
En casa (casa en sentido amplio) sabemos -también en voz alta- que cada una tiene su pedrada, su golpecito en la cabeza, su brecha lista desde siempre para una terapia que no acaba de llegar. Resulta muy útil para la convivencia. Están las ególatras y también los obsesos de lo solidario, las del toc del orden y los de la acumulación de prendas en el suelo. Están las que pasan días sin abrir la boca y los que necesitan una escucha diaria y entregada, las que mienten y se mienten sobre quiénes son y los que escudriñan pasados ocultos para un retrato certero e imposible.
Consiste en saberlo, aceptarlo, decirlo, e incluso ser capaces de bromear con ello. Y evitar el castigo, a una misma y al resto. He aprendido muchas cosas de los movimientos feminista y antirracista, pero puede que la principal es que no existen modelos perfectos ni seres angelicales. Todas llevamos dentro a nuestra mezquina, nuestra narcisa, nuestra indolente y varios modelos de intolerancias.
No somos buenas ni lo contrario. No hemos venido a caer bien ni a complacer, algo que cuesta asumir tras una férrea educación en la discreción y el hediondo arte de agradar a todo el mundo. Esconder la pedrada es una forma de traición a nosotras mismas y, sin duda, se nos volverá en contra. Te puedo resultar agradable si me parezco a ti, e insoportable en el caso contrario. La convivencia consiste en el diálogo con quienes no acaban de caernos bien, e incluso con quienes son el reverso, qué cruz, de nuestra cara.
Hace poco empecé a aprender todo lo que se consigue respirando. Ayuda mucho. También ayuda sonreír al andar por la calle, como si fueras feliz y para serlo. Mi suegra dice que a los que andan serios se les respeta y a quienes vamos con una sonrisa amplia se nos toma por locas. Pasa el tiempo y no importan en absoluto las consideraciones ajenas. Podría ser la edad, pero veo también cómo las y los menores de las familia aprenden antes estas cosas y les importan poco o nada.
Hemos practicado durante demasiado tiempo los rencores eternos y el ajuste de cuentas. Ahora, y nunca es tarde, nos percatamos de que sólo los enemigos engordan con ese pastel. Del diálogo entre las mujeres, de nuestro relatarnos, van emergiendo los daños y sus consecuencias. Un día, en una charla, dije que cuando una mujer suele llegar sedada o borracha al trabajo, harían bien en preguntarse dónde está la herida en lugar de atacarla, de qué casa o qué realidad escapa con esas pastillas o las copas. A la izquierda del público, una mujer rompió a llorar.
Estas cosas que son útiles en lo privado, como todo, lo son en lo político, en un sentido amplio. Pienso mucho en cómo la memoria histórica sigue siendo una de las brechas abiertas de la democracia española. Chapoteamos en el relato y en la legislación, nadando entre silencios cerrados, sin avanzar. Si esos silencios se hubieran roto antes en familia, podríamos haberlo hecho en lo social, que es lo político.
No deberíamos perder la oportunidad que nos están abriendo las mujeres que cuentan públicamente cómo han sido sus vidas, cómo son las violencias que recibimos. Ahí se multiplican las razones de nuestras pedradas, nuestras brechas, nuestros recelos y resentimientos. Mirarlos a la cara y decirlo en voz alta podría ser un paso para el diálogo social imprescindible contra las oscuras fuerzas que avanzan destrozando.
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