Opinión
La trampa de un internet demasiado cómodo

Por Itxaso Domínguez
Analista especializada en Oriente Próximo y Norte de África
Cuando se trata de internet, pero también de muchas otras cosas, nos hemos acostumbrado a que todo funcione demasiado bien. Demasiado rápido. Demasiado fácil. Y, sobre todo, demasiado gratis. Esa comodidad no es neutra. Es el resultado de un modelo económico que necesita extraer datos, atención y comportamiento a escala masiva para sostenerse.
El artículo de Israel Merino publicado estos días, ‘Somos unos colaboracionistas tecnológicos’, planteaba una incomodidad necesaria: participamos activamente en ese modelo, incluso cuando no lo vemos. Pero, habiéndome dedicado a estos asuntos durante un tiempo ya, considero necesario lanzar una pregunta que va un poco más allá: ¿qué ocurre cuando la única salida que se nos propone es retirarnos individualmente?
Cuando la responsabilidad se vuelve individual
Durante años, se nos ha enseñado que reciclar era la respuesta al problema ambiental. Separar residuos. Consumir mejor. Elegir con más conciencia. Todo eso importa. Pero no cambia el hecho de que el sistema sigue produciendo residuos a una escala que hace imposible gestionarlos de forma sostenible. Y que el problema tiene un nombre muy claro, nos guste más o menos: el sistema capitalista.
Con el entorno digital ocurre algo parecido. Se nos invita a ‘usar menos’, a ‘desconectar’, a ‘ser más conscientes’. Y hay algo valioso en ese gesto. Introduce fricción. Rompe la ilusión de neutralidad. Señala que algo no funciona.
Pero… también desplaza el foco. Hace parecer que el problema principal está en cómo usamos la tecnología, y no en cómo está diseñada.
Las grandes plataformas, y un número cada vez mayor de servicios digitales, no funcionan así por accidente. Están construidas para maximizar la captación de atención y la extracción de datos. Interfaces que empujan a compartir más. Sistemas que recompensan la exposición constante. Algoritmos que optimizan el tiempo de uso aunque eso implique reforzar dinámicas de dependencia, discriminación o daño.
En ese contexto, pedir a las personas que simplemente dejen de usar estos servicios es insuficiente. No todo el mundo puede hacerlo. Y, sobre todo, no altera los incentivos de quienes los diseñan, ¿verdad?
La atracción como forma de captura
Aquí aparece una idea incómoda: la ‘atractividad’ del internet actual no es un valor añadido. Es el mecanismo central de extracción.
Lo que se presenta como experiencia fluida, personalizada y entretenida es, en realidad, la interfaz del daño. Cuanto más fácil, más rápido y más adaptado a cada persona, mayor es la capacidad de recoger datos, perfilar comportamientos y predecir decisiones. E incluso los que nos dedicamos a ello caemos víctimas de este modelo de negocio: claro que quiero que TikTok me lleve de la mano hasta el nombre de la crema que me tendría que poner cada noche para ser más agradable de mirar. Claro que quiero seguir aprendiendo sobre la historia de la resistencia anticolonial a través de píldoras de 3 minutos. Claro que quiero que me digan cuál es mi siguiente lectura obligada.
La inteligencia artificial intensifica esta lógica. Ya no se trata solo de observar lo que haces, sino de convertirlo en materia prima para sistemas que automatizan decisiones, sustituyen trabajo o se integran en infraestructuras de control y violencia. La escala cambia, pero la lógica permanece.
Y es aquí donde conviene ampliar la mirada.
Gran parte de los datos que alimentan estos sistemas se recogen en contextos donde las personas, también en el Norte Global, no saben cómo se capturan ni cómo se utilizan. La opacidad es estructural y atraviesa todo el modelo.
Pero esa extracción no se queda ahí. Se articula en una cadena global en la que los costes se distribuyen de forma desigual.
En el Sur Global, esa misma economía digital se sostiene sobre trabajo precarizado para moderar contenidos, sobre la extracción de recursos necesarios para infraestructuras tecnológicas, y sobre territorios que absorben de forma desproporcionada los impactos ambientales y climáticos. También sobre contextos atravesados por conflictos en los que la tecnología se integra como herramienta de control o violencia.
No es solo una cuestión de datos. Es una cuestión de cómo se organizan la explotación y sus consecuencias.
Aceptar todo esto implica algo que rara vez se dice de forma explícita: un internet más sano no será igual de atractivo.
Menos personalización invasiva implica experiencias menos ‘afinadas’. Pasarte tres horas callejeando buscando unos zapatos. ¡O no comprarte esos zapatos! Menos optimización de la atención implica menos estímulos constantes. Más límites al uso de datos implica menos servicios aparentemente gratuitos.
Pero esas pérdidas pueden ser también condiciones para otra cosa: un entorno digital que no dependa de la explotación permanente de las personas.
Más reglas, más responsabilidad
Si el problema es estructural, la respuesta también tiene que serlo.
Eso pasa, en primer lugar, por dejar de tratar la regulación como un obstáculo. Las normas de protección de datos, u otras que se aplican al ámbito digital, no son una carga burocrática. Son una de las pocas herramientas que existen para limitar la extracción masiva de información y proteger derechos fundamentales.
Debilitarlas en nombre de la ‘simplificación’, como está haciendo la Unión Europea en estos momentos, no elimina complejidad. La redistribuye en favor de quienes ya tienen más capacidad para explotarla.
También implica exigir responsabilidad a las empresas. Saben cómo diseñan sus sistemas. Saben qué incentivos generan. Saben qué efectos producen. La opacidad no es ignorancia. Es una forma de poder.
Y, finalmente, implica aceptar la necesidad de cierta fricción. Durante años se ha presentado cualquier barrera como un problema. Demasiados avisos. Demasiados pasos. Demasiadas limitaciones.
Pero esa fricción puede ser precisamente lo que permite proteger derechos. Lo que interrumpe la captura automática. Lo que abre espacio para decidir.
Nada de esto elimina la importancia de las decisiones individuales. Pero las sitúa en su lugar. No se trata solo de usar menos o de desconectar. Se trata de cuestionar un modelo que necesita que todo sea fácil, inmediato y atractivo para funcionar.
Puede que eso haga el internet menos cómodo.
Pero también lo haría más justo.

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