Opinión
El 'true crime' también es político

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
Cuenta Berta Comas en True crime, Una mirada al dolor de las demás, que hubo un tiempo en el que no dejaba de pensar en qué foto suya deberían usar en los programas sobre crímenes si acababa siendo asesinada. Yo hace tiempo que tengo elegidas las dos fotos que quiero que muestren en Crims si a mí también me acaban matando: una que me saqué en el verano de la pandemia, en el que unos amigos nos dejaron su casa de Llastres y pasé una semana maravillosa de septiembre haciendo yoga, comiendo en el jardín y bañándome en el mar junto a mi hija, su mejor amigo y mi esposo -y también escuchando podcast sobre asesinos en serie a la hora de la siesta-; la otra es mi foto de perfil de X, pues en ella me veo guapa y radiante. Porque esa es la imagen que quiero que sobreviva de mí, como supongo que también ocurre en el caso de Comas, la de una mujer feliz, plena, compleja y con una vida y una historia que van mucho más allá de su asesinato.
Ha sido interesante adentrarme en el libro de Comas porque la autora analiza el fenómeno del true crime, del interés y del consumo masivo de contenidos multimedia sobre asesinatos -y asesinos- reales, desde una mirada (auto)crítica pero sobre todo política. Este es un libro en el que la autora lanza más preguntas que respuestas nos ofrece, ya que deja que muchas de las dudas que plantea seamos los propios lectores los encargados de responderlas, de afrontarlas. Gracias a esto Comas ayuda a redibujar el terreno de juego desde el que se consume y, sobre todo, desde el que debemos analizar y entender estos productos culturales, que son también, nunca lo olvidemos, parte de una industria que genera una lluvia de beneficios, especialmente a los programas de televisión, las plataformas de streaming y los sitos que alojan podcasts.
Como creadora de podcasts y contenidos sobre true crime me tomé la lectura del libro de Comas como un asunto personal. Lo hice con el ánimo de la estudiante aplicada que toma notas y quiere aprender. Porque Comas se enfrenta a este tema desde la seriedad, lejos de la mirada displicente con la que se suele tratar el asunto normalmente, reducido, en la mayoría de las ocasiones, a un mero placer culpable y, sobre todo, a una "cosa de mujeres", esto es, a algo insignificante, inocuo y superficial. Pero el true crime es un fenómeno, un producto cultural y una narrativa consustancial a la propia forma de contarnos y entendernos los humanos. Es un epos que nos muestra el reflejo de aquello que nos aterroriza, nos enfada y nos ofende. Una fábula y una enseñanza moral, pero ante todo un aparato político y simbólico que hay que saber manejar y enfrentar con cuidado. Y por eso mismo, algo que tiene que ser contado con cuidado.
Porque todo crimen es un crimen contra la sociedad, pues quiebra la convivencia y las reglas tácitas que nos permiten cooperar, respetar y confiar en los demás, y, por encima de todo, progresar. Y el asesinato es la violación suprema de este contrato social, de esta confianza sin la cual no podría existir la sociedad. De esta forma un asesinato trasciende a la propia víctima y a su familia. Lo que no impide que tengamos la obligación moral y política de respetar la memoria de la primera y el dolor de la segunda. Y es por eso que considero que parte de las dudas que asaltan a Comas, sobre la legitimidad del true crime como narrativa pero también como entretenimiento, se responden apelando a esta perspectiva: entendiendo que el crimen es un asunto público que nos involucra a todos. Al narrar, al contarnos a nosotros y a los demás un asesinato, estamos trazando nuestros límites éticos, sociales, políticos y simbólicos, pero también las consecuencias derivadas de dicha transgresión. Y por esto mismo el true crime es un aparato político muy delicado, sutil y complejo.
Esto lleva a que Comas se pregunte si es posible un true crime feminista. Esto es, un true crime que, como narrativa pero también como producto cultural y de consumo de masas, nos permita usarlo como instrumento para el cambio social y, también, como herramienta de análisis sobre el patriarcado y la violencia sistémica y estructural que ejerce sobre las mujeres -y cualquier tipo de otredad- y sin la cual este no podría sobrevivir. Y es esta pregunta precisamente lo que en mi opinión constituye la parte más interesante y jugosa de todo el libro. Pues su respuesta ahonda en un sendero que muchas pensadoras feministas llevan décadas explorando y que nos permite resignificar no solo las narrativas sobre la violencia, sino también el papel que estas narrativas pueden tener para acabar con ellas, atenuarlas o sostenerlas.
En la mayoría de los programas sobre crímenes reales la violencia, que se ejerce de forma mayoritaria y sistémica contra las mujeres y las minorías, se nos suele presentar sin embargo como un caso aislado, como una excencionalidad aterradora de la que extraer una lección. Esta visión no solo es falsa -aunque consoladora-, sino que es profundamente problemática e inoperante. Porque nos impide entender -y atender- la raíz del crimen, al ser una perspectiva que niega la dimensión social y cultural del mismo. El true crime se convierte así en un aparato propagandístico perfecto para el punitivismo, que suele ir acompañado casi siempre de un irritante tonillo paternalista hacia las víctimas. Pero cuando el asesino nos es mostrado como un monstruo, como una rareza y no como un producto mucho más complejo en el que la socialización, la biografía personal, las condiciones materiales y sociales y la salud mental juegan un papel fundamental, sus acciones quedan descontextualizadas y sus víctimas -reducidas a simples personajes secundarios e intercambiables las unas con las otras- aparecen como un mero accidente, como una anécdota desafortunada. Y cuando dicho monstruo, dicha excepcionalidad es castigada, el problema queda solucionado, la sociedad puede de nuevo respirar tranquila sin que se haya puesto en entredicho el statu quo. El crimen sirve solo como excusa para construir un cuento moralizante que ayuda a sostener el patriarcado al ocultar que detrás de muchas de estas agresiones y asesinatos se esconde el ansia social de castigar, dominar y controlar a las mujeres.
Esta visión del crimen suele ir también acompañada de una insana fascinación por la figura del asesino, ponderada hasta la exageración y cuya voz y acciones acaban por anular a las de sus víctimas. Una mirada masculina, o male gaze, que tiende a identificar lo universal, y por tanto, lo que interesa, aquello con lo que nos identificamos, con los intereses y la perspectiva masculina. Una óptica que invariablemente sexualiza, infantiliza y cosifica a las mujeres. El abuso de imágenes, pixeladas o no, y las reconstrucciones detalladas tanto de las heridas como del cuerpo inerte de las mujeres asesinadas, son la consecuencia inevitable de este tipo de narrativas que reducen el papel de las mujeres a meras víctimas accidentales y el de las propias víctimas del delito, a simples peones; con su muerte y su sufrimiento se sustenta la narrativa tradicional patriarcal y se perpetúa el pánico sexual como herramienta de control femenino. Pues el asesinato de una mujer se presenta como una dura pero necesaria lección que todas tenemos que aprender sobre las consecuencias de nuestras transgresiones, por pequeñas que estas sean, como puede ser hacer autostop, como en el caso de Miriam, Toñi y Desirée, o caminar sola por la noche, como les sucedió a Rocío Wanninkhof o Sonia Carabantes.
De la misma manera las mujeres asesinas, si se adopta esta óptica patriarcal y tradicional, solo se pueden explicar y dar como aberraciones, como seres que han violentado y negado su naturaleza. Antimujerres. Una visión, por tanto, muy limitada de nuestro papel en la sociedad y que no se desvía ni una coma de la concepción binarista clásica patriarcal. Es por esto que el true crime es, y siempre ha sido, un instrumento político capaz de influir y configurar nuestra visión del delito, de la violencia y por ende, de la sociedad y de nuestro papel en ella. Por esto mismo, tal y como apunta Berta Comas, es necesiario deconstruir esta narrativa y empezar a contar el crimen desde una perspectiva de género, respetuosa con el dolor y las víctimas y, ante todo, consciente de todo el entramado social e ideológico que sigue sosteniendo la violencia contra las mujeres y las minorías.


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