Opinión
Trump no es Balzac

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
El realista demente Honoré de Balzac – era francés, no digo más – tenía la perturbadora manía de hacer a mano muñequitos de trapo hiperrealistas con los que representaba a sus personajes; los cogía, metía o sacaba de una enorme cajonera marrón bajo su consistente mesa y los colocaba cerca de sus manuscritos, igualito que un niño pequeño aficionado a los Playmobil, para dar consistencia mental a sus desvalidos protagonistas y así imaginárselos sufriendo todo tipo de desventuras decimonónicas que luego representaría en joyas literarias como la breve El tío Goriot o la inabarcable Comedia humana. Honoré era un sádico inteligentísimo, un hombre no muy cuerdo que hacía y deshacía con esos muñequitos mohosos de los que se servía como máquinas de vudú para proyectar horror y sufrimiento a sus personajes – cuentan algunos historiadores de la literatura que los llegaba a tejer con pelos robados a las personas reales en las que se basaba, pero no sé cuál es aquí el límite del mito –.
Si tuviéramos que hacer un símil moderno no con la genialidad de Balzac, sino con su sociopatía laboral para trastornar a gusto de paladar la vida de pobres muñequitos indefensos, el primer nombre que se me viene a la cabeza es Donald Trump; el millonario condenado – otra cosa que pensaba el tío Honoré es que ningún adinerado era limpio, todos habrían construido su fortuna sobre pilas de cadáveres y dolor, y creo que estoy de acuerdo – lleva desde su reelección como presidente del imperio en descomposición comportándose como un Balzac del Tedi, sin ningún tipo de escrúpulo, tomando decisiones sobre muñecos indefensos a gusto y designio de su convicto apéndice sexual. La diferencia con el francés es que el magnate del ladrillo está usando personas, no marionetas.
Desde su segunda victoria electoral, el mundo se ve ahogado por las babas de libre designación de un ejecutor estridente y narcisista que ha reventado las reglas del juego impuestas por su propio imperio para reducirlo todo a una política internacional regida por el peso del pie con el que se levanta cada mañana; Trump no es peligroso por ser el presidente de los Estados Unidos, lo es por su imprevisibilidad. Pone aranceles según la destreza de los líderes europeos para jugar con él al golf; compra marcos internacionales putinescos dependiendo de si los textos han sido traducidos con ChatGPT o Google Translate; y ahora, en esta hora cósmica que prorroga el horror en Latinoamérica, tontea con invadir Venezuela – perdón: con montar una operación especial – decantándose por hacerlo o no según amanece cada día.
Lo que Trump no entiende es que él no es Balzac; no tiene ni su inteligencia ni su pelazo – buscad fotos suyas: os aseguro que no se pilló nunca el puente aéreo a Estambul – y mucho menos su capacidad no ya para discernir entre el bien o el mal, pues claro que el hombre naranja sabe que eviscerar presuntos narcos a cañonazos no es lo correcto, sino la decencia para saber que lo malo… no se debe hacer. Qué sencillo parece todo en el negro sobre blanco, ¿verdad?
Es espantoso, un dolor inasumible para cualquiera que no viva acoplado en la autoficción redundante del egocentrismo – o sea: la política nacional –, ver a uno de los señores más poderosos del mundo amenazar con destruir lo que sea cuando él quiera. Y lo peor es que no se puede hacer nada; ya estamos informados de que a Trump los hipotéticos planes de rendición de Nicolás Maduro le valen solo cuando quiere, y no explica los motivos por lo cual ahora sí y luego no: negocia a gusto del libre albedrío, a veces comprende que no está bien amenazar a un país con treinta millones de habitantes y otras piensa que por qué no.
Cuando debato con colegas sobre las posibilidades reales de que Trump invada Venezuela, nos encogemos los hombros. Todo puede ser, literalmente. Nadie sabe qué va a pasar mañana. No hay mayor dolor que la incertidumbre de quienes solo pueden mirar al cielo y rezar para que esos planeadores sean ángeles y no bombarderos.
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