Opinión
Trump, a legibus solutus?

Por Ramón Soriano
Catedrático emérito de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
A legibus solutus es una expresión latina, que se traduce como "exento de las leyes", que inicialmente se aplicaba a los emperadores romanos y desde entonces se ha conservado para definir al poder absoluto, que incluso está libre del cumplimiento de las leyes que él dicta. En versión más moderna significa que el monarca concentra en sus manos todos los poderes del Estado: legislativo, ejecutivo y judicial. Es el poder sin límites, del que gozaban los reyes de la época pre-liberal, que lo van perdiendo con el avance del constitucionalismo y la democracia parlamentaria.
Parece que Trump actúa como uno de estos monarcas pre-liberales, que puede hacer lo que quiera, dentro y fuera de su país, y que los jueces no pueden frenar su libérrima voluntad. Nos enseñaron en clases de Derecho que el ordenamiento jurídico-político de Estados Unidos era el más excelente de todos. Significaba el "reino de las libertades". Estados Unidos siempre fue desde su creación un sistema liberal, lejos de las monarquías y dictaduras, que ha sufrido Europa. Por eso muchas personas se han sorprendido al ver que un presidente estadounidense puede actuar y presionar en el ámbito privado de la ciudadanía de una manera que raya en la tiranía.
El presidente persigue a sus adversarios, pretende arrestar y procesar a los díscolos congresistas republicanos, que se ausentaron para no votar una reforma electoral que le beneficiaba; ha metido a la Guardia Nacional en algunos Estados contra la voluntad de los gobernadores, argumentando la criminalidad de los inmigrantes; ha retirado fondos federales de las universidades contrarias a su ideología; ha cambiado en los museos los textos sobre la historia de Estados Unidos, suprimiendo los párrafos desveladores de sus errores y actos contra los derechos humanos… y así un largo etcétera, que mañana seguro que aumentará. De sus desafueros en la órbita internacional prefiero no redactar una lista interminable; son sucesos más conocidos. Baste decir que únicamente en Venezuela está vulnerando las normas básicas del derecho internacional: principio de no intervención en asuntos internos de otro Estado miembro (art. 2.7 de la Carta de la ONU), derecho a la soberanía e igualdad de los Estados miembros (art. 2.1), prohibición de la amenaza o uso de la fuerza contra la integridad territorial e independencia política de cualquier Estado miembro (art. 2.4) … Se trata del derecho internacional, que Estados Unidos ha firmado y debido al cual es miembro nato del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. ¿Con qué argumento puede Estados Unidos vetar resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, a la que tanto denigra y cuyas normas y tratados más relevantes incumple sistemáticamente?
Pero no es objeto de este artículo la política exterior de Trump, sobre la que tanto insisten las columnas de los diarios tras el bombardeo de Venezuela y el secuestro del presidente Maduro en la noche del sábado, 3 de enero de 2026, sino la política interior, donde tanto el derecho internacional como el derecho interno estadounidense son objeto de constante vulneración. Uno se pregunta cómo es posible. La respuesta reside en una serie de factores, que se refuerzan mutuamente.
Primer factor. La ausencia de un derecho formal reglado amplio en Estados Unidos. Un problema de vacío jurídico. Estados Unidos pertenece al sistema de derecho anglosajón, en el que las leyes van acompañadas de la relevancia de las sentencias de los jueces; la jurisprudencia tiene un campo de autonomía inexistente en el sistema jurídico romanista, al que pertenece el derecho español. Lo que contribuye a la incertidumbre jurídica de parte de los ciudadanos y a la flexibilidad en el ejercicio del poder.
Segundo factor. El ensalzado sistema estadounidense de contrapesos de las instituciones en el ejercicio del poder es falso. No existe tal equilibrio de contrapesos de las decisiones de los poderes estatales. El fiel de la balanza cae del lado del presidente de Estados Unidos. Posee el derecho de veto a las leyes del Congreso y competencias desorbitadas en el nombramiento de cargos de los otros poderes estatales. Solo necesita un voto más que su adversario en las elecciones para asumir el cargo, mientras que se exigen dos tercios de la Cámara de Representantes y del Senado, respectivamente, para destituirle, lo que rompe el equilibrio entre poderes que mutuamente se controlan. Una de las competencias del presidente de Estados Unidos es nombrar a los jueces del Tribunal Supremo. Ya ha nombrado Trump a tres de los nueve, que da como resultado seis conservadores y tres liberales. Imaginen que en España el presidente del Gobierno pudiera nombrar directamente a los jueces del Tribunal Supremo.
En resumen: las otras partes en conflicto –los legisladores y los jueces- no pueden contrapesar las decisiones del presidente y sin embargo éste sí puede sobrepasar las decisiones de legisladores y jueces.
Tercer factor. Trump tiene el apoyo -activo o silente- del Tribunal Supremo, que ya le ha considerado inmune en el ejercicio del cargo de presidente de Estados Unidos, respondiendo a la demanda judicial de un juez. Cuenta también con el dominio tanto de la Cámara de Representantes como del Senado. De su parte, por lo tanto, los legisladores y los altos jueces del país. Trump infringe constantemente las reglas del derecho, pero le da igual porque se siente impune, es decir, no puede ser detenido y procesado por cualquier delito, porque el Tribunal Supremo le ha declarado irresponsable por sus actos.
Cuarto factor. Ante la presión de los tiranos la historia nos demuestra que las personas en general se muestran insolidarias y cobardes. Solo una minoría le hace frente. El resto permanece callado. Y poco a poco el tirano va consiguiendo un mayor número de seguidores, que no quieren ir contracorriente y menos recibir el zarpazo del poder. La política entra en un proceso de abandono del derecho y su sustitución por el voluntarismo. Desaparecen las reglas y en su lugar domina la voluntad del tirano, que se crece en la medida que la contestación social disminuye. Si utiliza, como suele hacer, el terror como arma política, se convierte en un rey absoluto que concentra en sus manos todos los poderes.
Estados Unidos puede caminar por este proceso, afirman algunos comentaristas. La cuestión reside en si a las manifestaciones en las calles y a la oposición de sus adversarios Trump responde con la opresión y la persecución en un grado tal que les lleve al silencio. Algunos expertos han señalado que Estados Unidos puede llegar a la dictadura de la mano del presidente. Es una posibilidad. Contra lo que se cree, Hitler no asumió el poder en Alemania en loor de multitudes, sino con un mero 30% de los votos en las elecciones generales de 1932. Y en febrero de 1933 ya había asumido Hitler plenos poderes concedidos por un temeroso Parlamento. La política no es solo cuestión de votos, sino de psicología y condición humana.
Es conveniente conocer los acontecimientos políticos de Alemania desde las últimas elecciones generales de 1932 hasta la proclamación por el Parlamento -Reichstag- de Hitler como presidente provisto de poderes extraordinarios. Tan extraordinarios que lo primero que hizo Hitler fue sustituir la Constitución y las leyes por la fuente primaria del nuevo Derecho, el Volkgeist, el espíritu del pueblo, cuyo único intérprete era él mismo, el Führer des Volkes, el guía del pueblo. En aquella escasa franja de tiempo, antes de asumir el poder absoluto, ya Hitler proclamaba la expulsión de los judíos, arremetía contra los intelectuales y universidades liberales y perseguía a sus oponentes. ¿No está haciendo lo mismo Trump, si cambiamos a los judíos por los inmigrantes?
He leído en la prensa que la situación es bien distinta. Que Estados Unidos no puede marchar hacia la dictadura. Que es el país de las libertades. Y sobre todo que el avanzado régimen político liberal estadounidense impediría la sustitución de la democracia por la dictadura. Puede ser. No tengo una respuesta definitiva sobre el asunto. Pero sí una pregunta: ¿saben qué país disfrutaba en Europa en aquellos años treinta de la Constitución más avanzada y liberal? La Alemania de Hitler.

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