Opinión
Trump contra 'The Tramp'

Por Anibal Malvar
Periodista
"Las universidades son nuestro enemigo", dijo J.D. Vance hace tres o cuatro años en el Capitolio. Para los que no sois aficionados al gore como género político, recordaos con cierto terror que Vance es el vicepresidente de los Estados Unidos.
La frikada, ya en su momento, nos dejó estupefactos a más de uno. Quizá sea mi incultura, pero ni a los más feroces dictadores del sur del río Pecos o a nuestro sanguinario Francisco Franco les conocíamos aserto tan contundente contra el alma máter del saber, del progreso y, no lo olvidemos nunca, de la generosidad. Casi nadie se hace rico educando, por muchos talentos que posea sobre cualquier banquero o señor del ladrillo.
No quiero decir con esto que Paquita La Culona (así conocían a Franco en su juventud ferrolana), Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla, Alfredo Stroessner, Iosif Stalin y tantos otros dictadores profesaran gran amor hacia estudiantes y cátedros, pues el saber y el arte siempre han sido los grandes enemigos del autoritarismo. Mataban tantos estudiantes y cátedros como podían, pero no andaban presumiendo por ahí, como J.D. Vance.
A mí siempre me hizo mucha gracia ese consenso de patio de vecinas que nos obliga, como por decreto, a decir y escribir que EEUU es la cuna de la democracia. Yo más bien diría que es una democracia que se quedó en la cuna. Que nunca llegó a la adolescencia, ese confuso periodo vital en el que descubrimos el amor. EEUU nunca descubrió el amor hacia su propia democracia.
EEUU es una dolarcracia ombliguista con alergia a la democracia. Vuelvo a invocar mi propia estupidez, pero no soy capaz de recordar un solo país donde la intervención norteamericana no haya apoyado a sátrapas o dictadores frente a demócratas como Salvador Allende. Si me decís alguno, me alegráis el día.
Y, si observo EEUU hacia dentro, me resulta difícil creer en una democracia que lleva desde mediados del siglo XIX limitando la alternancia a dos partidos. Una democracia que, en el siglo XX, tras la II Guerra Mundial, persiguió al comunismo con aquella ferocidad macarthista que casi nadie recuerda.
A Dashiell Hammett, uno de sus más grandes escritores, lo metieron en la cárcel por negarse a confesar si era comunista o no, y por no delatar a otros escritores y artistas.
—¿Cree usted que sus libros son dignos de estar en las bibliotecas de EEUU, al alcance de los niños? — le preguntó el democrático inquisidor durante el juicio.
Hammett, que era alcohólico de los que saben beber, y por lo tanto un caballero, se ganó la cárcel con esta respuesta (cito de memoria).
—Si yo fuera usted, no permitiría ningún libro en ninguna biblioteca.
A Charles Chaplin, tras no declararse comunista ni delatar a nadie, le negaron el regreso a EEUU en 1952, tras unas vacaciones, y vivió exiliado hasta que, en 1972, le dieron el Óscar honorífico. Los dolárcratas, tan defensores de la libertad, consideraban un insulto a la nación que Charlot (The Tramp, paradojas fonéticas) pateara en sus películas cómicas el culo de agentes de Policía. Como ahora Trump y Vance consideran un insulto a la nación protestar, en las universidades, contra el genocidio que están perpetrando los israelíes. Tampoco se me escapa el dato de que, en 2024, con el demócrata (sic) Joe Biden en la Casa Blanca, detuvieron a 2.000 universitarios por lucir el pañuelo palestino en el cuello o en el alma.
Escribía no sé quién el otro día en The New York Times que "Harvard dispone de una extraordinaria capacidad financiera y política para enfrentarse a Washington", tras congelar Trump 2.200 millones de dólares de financiación federal a la universidad. Antes ya lo había hecho en el campus de Columbia, que al final se plegó a sus exigencias.
El NYT intentó entrevistar al rector de Harvard para conocer su opinión. Alan M. Garber no aceptó. Que el rector de una de las universidades más prestigiosas (y elitistas) del mundo, y de las más ricas (con una dotación de más de 50.000 millones de dólares) se acojone y no hable con la prensa es una anormalidad democrática. Me corrijo: no es una anormalidad democrática, es pura normalidad fascista. Hablar con la prensa es hablar con el pueblo. No basta con un comunicado (que es lo que hizo Garber). Eso es cobardía. Y una universidad cobarde ante el poder no está capacitada para enseñar nada a nadie.
Escribió el rector: "Ningún gobierno —independientemente del partido que esté en el poder— debe dictar lo que las universidades privadas pueden enseñar, a quién pueden admitir y contratar, y qué áreas de estudio e investigación pueden seguir". En línea con mis tonterías, su antecesor Lawrence H. Summers señaló: "Esto es lo que Joe McCarthy intentaba hacer multiplicado por diez o por cien. Va directamente contra el papel de la universidad en una sociedad libre".
No poseo yo neuronas suficientes como para contradecir a un ex rector de Harvard, pero "sociedad libre" y EEUU siempre me ha parecido que hacen oxímoron. Niebla. Propaganda. Contra Trump, a los estadounidenses siempre les quedará el espíritu revolucionario y vagabundeante de The Tramp. Si tuviera que elegir entre uno u otro, yo no lo dudaría. Pero me temo que The Tramp acabará perdiéndose, con su zambo caminar, por el polvoriento camino del olvido. Como en tantas películas de Chaplin. Y los rectores y su sabiduría acabarán plegándose a las exigencias acientíficas de Trump. Y la pluma habrá vuelto a sucumbir bajo la espada.
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