Opinión
Tuvimos tanta suerte

Por Magda Simó
Periodista y escritora
-Actualizado a
Durante muchos días fue la frase que más repetí. También era un pensamiento recurrente, con incredulidad y estupor, cada vez que repasaba la cronología de ese martes 29 de octubre. Cuando los mensajes entraban como una cascada interminable cada vez que el teléfono recuperaba un mínimo de cobertura, copiaba y pegaba: "Estamos todos bien, hemos tenido mucha suerte".
Lo llamábamos suerte, porque por alguna carambola poco habitual todos estábamos en casa media hora antes de que el agua, esa que no sabíamos de dónde venía, girara la esquina. Suerte, porque por un desnivel que desconocíamos que existía, en mi calle el agua sólo subió cuarenta centímetros y lo que pasaba flotando eran plásticos, cañas y basura, pero no coches ni personas. Suerte, porque cuando el agua saltó por encima de la acera y se fue la luz yo ya tenía el puré de verduras hecho. Suerte, porque teníamos una vieja manta azul en el armario que, bajo la puerta, nos salvó de metro y medio de barro en el garaje. Suerte, porque cuando se fue la señal móvil los más cercanos ya sabían que estábamos sanos y salvos y no tuvimos a personas preocupadas sin dormir toda la noche. Suerte, porque al día siguiente pensábamos que en todas partes había sido como en nuestra calle, poca cosa, y la ignorancia nos salvó un rato largo de la conciencia de catástrofe que vendría después. Suerte, porque Reyes tenía unos aros de butano e hizo café en la terraza para todos los vecinos. Suerte, porque mi vecina Paqui es enfermera y vino con el otoscopio cuando me empezó un silbido ensordecedor en el oído. Suerte, porque después también me vendó las manos llagadas de la escoba y el rastrillo, como si fueran las de un jugador de pilota. Suerte, porque un desconocido pasó por la calle con una bomba de gasolina y nos la prestó para vaciar litros y litros de barro denso y maloliente del garaje. Suerte, porque al tercer día de estar con los pies empapados de lodo, Gemma nos trajo unas botas de agua. Suerte, sobre todo, porque no vimos cómo ese mar marrón y espeso lo arrasaba todo sólo unos metros más allá. Suerte, porque no oímos los gritos de la gente de la avenida en plena noche.
El azar, algo tan abstracto, intangible, fortuito, es la única explicación de toda nuestra inmensa buenaventura, de la fina línea que separa el seguir adelante de la desgracia absoluta. Nos encomendamos al milagro de la suerte, porque no tuvimos ayuda, ni avisos, ni prevención. Suerte, la que no tuvo tanta gente a la que las circunstancias se le alinearon en contra. Justo al contrario que nosotros, que tuvimos tanta suerte. Pero sobrevivir a una situación anunciada, en una sociedad avanzada que cuenta con todos los medios, no debería ser cuestión de suerte.
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