BORBOLANDIA
Ventajas de desclasificar documentos y partidas de bautismo
Periodista y escritora
“Han desclasificado cuatro papeluchos previamente tratados”. Me quedo con este resumen del político del PNV Iñaki Anasagasti como conclusión del intento fallido de blanqueamiento juancarlista, para tomarlo como excusa y no perder más que unas pocas líneas en el asunto de los papeluchos tratados.
El borbón Juan Carlos es un milmillonario, defraudador fiscal, evasor y blanqueador de capitales por lo que respecta al código penal, y un adúltero, chulo, traidor, perjuro, mentiroso y gamberro por lo que respecta al código moral católico de su familia. Punto.
Quiere volver a España porque se aburre como una mona en Suiza (es donde pasa más tiempo), está cascado, quiere morirse aquí, tener sus días de luto oficial, que nos incordien a todos con un funeral de estado y que lleven sus cenizas en volandas al Panteón del Escorial para depositarlas en el sarcófago de su abuelito Alfonso XIII, que como golpista y play boy es el que más y mejor le ha inspirado. Otro punto.
Si Juan Carlos no hubiera formado parte del golpe de estado del 23-F sería el primer borbón desde 1814 que no estuviera implicado en uno.
Y como respondió Diego Camacho, agente veterano del CESID (ahora CNI) en el documental Salvar al rey de HBO, a la pregunta de su colega y también exagente Manuel Rey:
-Diego, tú que viviste el 23-F y lo sufriste, ¿el rey estuvo implicado en el 23-F?
-Totalmente, el rey, digamos, es el motor del golpe. Lo que pasa es que los reyes ni entran en los asaltos ni ejecutan nada. Él tiene una frase que lo refleja todo, que es: “A mí, dádmelo hecho”.
Si Juan Carlos no hubiera formado parte del golpe de estado del 23-F sería el primer borbón desde 1814 que no estuviera implicado en uno. No cuela. Punto final.
Justificada la actualidad, opto por seguir compartiendo las miserias y las corruptelas de los borbones a lo largo de los últimos tres siglos para preguntarnos por qué seguimos cargando con semejante mochila.
Entre las peores consecuencias que nos ha traído esta dinastía a la plebe y que más escándalos les ha proporcionado a sus miembros está el de sus matrimonios. Daría esto para muchos episodios, la mayoría absolutamente estrafalarios, pero también ha traído pésimas secuelas políticas y divertidísimos cotilleos. Ni uno solo de los matrimonios reales de los borbones ha tenido final feliz. Ni siquiera lo va a tener el actual, por mucho que confiara Felipe en que saltándose la arcaica ley dinástica que aún rige en la Casa Borbón la cosa se le iba a arreglar.
Veamos de dónde viene la acertada decisión de Carlos III de prohibir los matrimonios morganáticos en la familia borbónica, porque eso nos ayudará a ir entendiendo en futuras entregas por qué todas las familias reales han acabado totalmente desestructuradas.
Si tiramos de diccionario, dice que se llama morganático al “matrimonio contraído entre un príncipe y una mujer de linaje inferior, o viceversa”. En España el matrimonio morganático está prohibido porque así lo impuso Carlos III para su dinastía mediante Pragmática Sanción de 1776. Pueden llevarse a término, por supuesto, pero aceptando el príncipe o la princesa que se case con alguien de inferior rango el quedar apartado o apartada automáticamente de la sucesión a la corona y con la prohibición expresa de que los hijos habidos de semejante matrimonio morganático lleven el apellido Borbón.
Quizás se entienda mejor ahora por qué servidora, obediente a la norma dinástica impuesta por Carlos III, me refiero siempre a Leonor y Sofía Ortiz como simples ciudadanas, consecuencias ambas del matrimonio morganático de sus padres.
Quede claro, sin embargo, que esto tampoco va a ninguna parte, porque estas son las mamandurrias de los reyes que los reyes se saltan cómo y cuándo les da la gana porque ellos son como Juan Palomo. Si la norma es suya y se la impusieron ellos, pues se la saltan cuando quieren, aunque el único que se la ha saltado sin pagar las consecuencias es Felipe. Su tío abuelo Alfonso de Borbón, primogénito de Alfonso XIII y Príncipe de Asturias hasta 1933, se la saltó, pero pagó el precio.
Decía que fue Carlos III quien firmó en 1776 la “Pragmática Sanción para evitar el abuso de contraer matrimonios desiguales”. Tomó tal decisión porque vio peligrar el trono que debía heredar su hijo Carlitos, el que luego fue el panoli Carlos IV, y si el rey no encontraba alguna triquiñuela legal que lo impidiera, el hermano pequeño de Carlos III, el infante Luis Antonio de Borbón, pasaría a ser el primero en la línea de sucesión. Conozcamos a esta prenda.
El infante Luis Antonio de Borbón fue nombrado a la tierna edad de ocho años arzobispo de Toledo y cardenal primado de España, cargos al que se unió poco después también el arzobispado de Sevilla.
Luis Antonio era el más pequeño de los hijos varones de Felipe V y su segunda esposa, Isabel de Farnesio. El último de la fila. La costumbre en las casas nobles era que el chico primogénito heredara el título, que el segundo se quedara en reserva por si se moría el primero, y al tercero se le encajaba en la rentable empresa eclesiástica. Y eso también hicieron las casas reales de España y Portugal. El chaval mayor quedaba como heredero del trono, el segundo estaba en el banquillo por si cascaba el príncipe, y al tercero de los infantes, si se daban las circunstancias, se le metía, no a cura, sino directamente a cardenal. Del tirón. Los trámites y la meritocracia son para la indocta plebe.
Continuando la costumbre, el infante Luis Antonio de Borbón fue nombrado a la tierna edad de ocho años arzobispo de Toledo y cardenal primado de España, cargos al que se unió poco después también el arzobispado de Sevilla. Ya se pueden imaginar el dineral que empezó a entrar en la cuenta corriente del infante-cardenal y doble arzobispo, su infantil eminencia Luis Antonio de Borbón. Las rentas eclesiásticas de los tres cargos eran las más altas de España. Si alguien está preguntándose cuánta ilusión le hacía a un chaval de ocho años vestirse de cardenal, aunque solo fuera para los retratos oficiales, pues, la verdad, salvo para salir de mamarracho en los carnavales de Cádiz, deduzco que ninguna.
Este hombre acabó forrado con las jugosas rentas que amasó durante su adolescencia y su juventud, aunque no pegara sello. Las dos sedes arzobispales de Toledo y Sevilla ni las pisaba; las gestionaban sus administradores, y, además, le fastidiaba mucho tener que disimular la cantidad de novias que se echaba y los hijos de extranjis que iba repartiendo por el reino. Llegó el día en que el infante-cardenal Luis, con 27 cumplidos, rogó que le liberaran de sus responsabilidades eclesiásticas porque estaba harto de saltar de cama en cama a escondidas.
A Luis Antonio, una vez dimitido de todos sus cargos eclesiásticos, le entraron tremendas prisas por casarse, pero, como miembro de la familia real, solo podía hacerlo con permiso del rey (y así continúa siendo) para evitar ser apartado de la línea de sucesión. Carlos III, sin embargo, ponía inconvenientes a todas las novias de su hermano. A tal princesa le ponía una pega, a tal infanta le ponía otra, la princesa de más allá tampoco le gustaba, la otra infanta no lo merecía… Tanto y tan continuado rechazo ocultaba un maquiavélico plan del rey. Y allá va la explicación. No se me pierdan, que el cotilleo es jugoso.
Carlos III llevaba reinando en Nápoles y Sicilia 25 años cuando el rey de España, su hermano Fernando VI, murió sin descendencia. Le avisaron diciendo eso de “Carlitos, calienta que sales. Pon a otro en el trono y vente pa'España”. Fue proclamado ya mayorcito, con 43 tacos, y con una familia nutrida. Ya tenía todos los hijos que pudo tener, y eso resulto un serio contratiempo puesto que la ley sálica que los borbones se trajeron de Francia, además de no permitir reinar a las mujeres, también exigía que el heredero al trono fuera nacido y criado en España. Y resulta que todos los hijos que tenía Carlos III habían nacido en Nápoles. O sea, que el heredero al trono no podía ser ningún hijo de Carlos III mientras estuviera ahí su hermano pequeño, el ya exarzobispo y excardenal Luis Antonio, que al dimitir de los cargos eclesiásticos pasó de ser el último de la fila a ser el primero en la línea de sucesión.
Carlos III se sacó de la manga una pragmática sanción por la que, para evitar abusos de plebeyos y plebeyas a la caza de príncipes e infantas para vivir del cuento, quedó prohibido que reyes, príncipes e infantes se casaran con alguien de inferior categoría.
El temor de Carlos III era que, si su hermano se casaba, previsiblemente también tendría herederos, y entonces se ampliaría la línea de sucesión por el lado de Luis Antonio de Borbón, mientras que los propios hijos del rey quedarían descartados por haber nacido todos en Nápoles. Algo había que hacer para anular las posibilidades de acceso al trono de su hermano, cortar también el acceso de los hijos que tuviera y asegurar la corona al primogénito de Carlos III, que, aunque ya apuntaba maneras de lerdo, era con el que irremediablemente nos iba a tocar cargar. Las capacidades intelectuales no han contado nunca en el acceso al trono.
Fue entonces cuando Carlos III se sacó de la manga una pragmática sanción por la que, para evitar abusos de plebeyos y plebeyas que andan a la caza de príncipes e infantas para vivir del cuento el resto de sus vidas, quedó prohibido que reyes, príncipes e infantes de España se casaran con alguien de inferior categoría. Por poner tres ejemplos a tuntún… una vulgar periodista, un jugador de balonmano o un negociante fiestero.
Con la pragmática sanción promulgada, y después de haber rechazado varias posibles princesas e infantas para Luis Antonio, Carlos III provocó que su hermano se fijara en una novia aristócrata de cuarta fila. Una mindundi, pero encantadora, a la que el rey puso delante de las narices de su hermano y le dijo… “ya verás como esta te va a gustar”. Al enamoradizo Luis Antonio de Borbón, efectivamente, le gustó y se ennovió con María Teresa de Vallabriga, que así se llamaba aquella maña 32 años más joven que él. Carlos III se mostró encantado con la Tere cuando su hermano dijo que quería casarse con ella y dio inmediatamente su permiso: “No permitiendo las circunstancias actuales el proporcionar matrimonio al infante don Luis mi hermano con persona igual a su alta esfera, vengo a concederle permiso para que pueda contraer matrimonio con persona desigual”. Hecho. Completado aquel plan sin fisuras. Carlitos el lerdo volvía a ocupar la primera línea en la sucesión.
Carlos III no dejó de recordarle a su hermano el interesante punto XII de la pragmática contra el matrimonio morganático, que dice, muy resumido, que como podría darse el caso de que no haya más remedio que “contraerse el matrimonio con persona desigual”, tendría que dar mi real permiso; y, si lo doy, “a efectos civiles, la mujer, o el marido que cause la notable desigualdad [jugador, influencer o periodista] quedará privado de títulos y honores, (…) y no podrán sus descendientes usar los apellidos de la Casa [Borbón], y tomarán el apellido y las armas del padre o madre que haya causado la notable desigualdad”.
Luis Antonio, que me da a mí que era el más espabilado de la familia, debió pensar… “con la pasta que tengo, el disfrute que me espera y lo que me gusta ir a mi bola… ¿quién demonios querría el marrón de la corona?”.
Con o sin apellido Borbón, toda esta fauna corrupta llegó y llegará a donde sea menester por su derecho de nacimiento, nunca con la honestidad por delante.
Luis Antonio y la Tere se casaron, pasaron a ser simples condes de Chinchón, vivieron felices en un casoplón en Boadilla del Monte, a las afueras de Madrid, con magníficos jardines por donde corretearon hasta cebras (en aquel siglo XVIII estaba muy de moda tener en propiedad animales exóticos), animaron sus salones con artistas, se trajeron al gran Luigi Boccherini para que les amenizara las tardes palaciegas y tuvieron tres hijos que solo lucieron el apellido Vallabriga y que quedaron apartados de la línea de sucesión.
Pese a todo, Carlos III no dejó nada a la improvisación por si algo se le torcía pese a sus calculadas maniobras matrimoniales. Previó para toda la descendencia de Luis Antonio y la Tere destinos religiosos, evitando así que pudieran tener descendencia con tentaciones de disputar la corona. Le salió bien el plan con el primogénito, Luis María de Vallabriga, que siguió la rentable senda paterna y disfrutó también de los arzobispados de Toledo y Sevilla y del cardenalato primado. ¿A quién le iba a amargar un dulce? Con o sin apellido Borbón, toda esta fauna corrupta llegó y llegará a donde sea menester por su derecho de nacimiento, nunca con la honestidad por delante.
Y también parecía cumplirse la hoja de ruta que Carlos III diseñó para sus dos sobrinas, María Teresa y María Luisa de Vallabriga, porque ambas ingresaron en el convento de San Clemente de Toledo. Quedaban así privadas de contraer matrimonio y tener descendencia.
Con tantos delitos y pecados a sus espaldas, lo de ser un golpista cutre casi es lo de menos. Y toda esta movida, para que Juan Carlos venga a morirse aquí.
Como la vida es eso que pasa mientras uno hace planes, resultó que Carlitos, el hijo para el que Carlos III defendió el trono con tanto ahínco, acabó siendo el miembro más idiota posible para heredar la corona. Este pánfilo fue el que, siguiendo instrucciones de su consorte María Luisa de Parma, sacó a las dos hermanas del convento para organizar unos matrimonios interesados e interesantes para los reyes (Tere, la mayor, acabó casada con Manuel Godoy).
Si Carlos III ya sospechaba que su hijo Carlitos era tonto desde pequeñito, el tiempo acabó dándole la razón. Ni siquiera Carlos IV tuvo en cuenta todos los quebraderos de cabeza de su padre por defenderle el trono y, en vez de mostrarle eterna gratitud, les restituyó el apellido Borbón a sus tres primos hermanos y ordenó que fueran recibidos en la corte con todos los honores, títulos y parafernalia que les correspondían por pertenecer a tan denostada dinastía. Cría cuervos… pensaría Carlos III de haber levantado la cabeza.
Quedaba, eso sí, hacer un lavado con lejía a las tres figuras de los primos Vallabriga. Hubo que manipular y modificar a toro pasado las tres partidas de nacimiento de los hermanos para incluir en primer lugar el apellido Borbón, cosa que se hizo de inmediato con la aquiescencia de la alta autoridad eclesiástica de las parroquias correspondientes.
Detalle este que nos enlaza directamente con la actualidad. Como bien decía Anasagasti, se trata de “cuatro papeluchos previamente tratados” para que ahora en cualquier enciclopedia aparezcan los tres hijos de Luis Antonio y la Tere con los apellidos “De Borbón y Vallabriga”.
¿Nos vamos a sorprender ahora de los documentos posteriormente añadidos para salvar la cara del milmillonario, defraudador fiscal, evasor y blanqueador de capitales, adúltero, chulo, traidor, perjuro, mentiroso y gamberro Juan Carlos? Con tantos delitos y pecados a sus espaldas, lo de ser un golpista cutre casi es lo de menos. Y toda esta movida, para que venga a morirse aquí. Su destino son las aguas del Golfo, y nuestro deseo republicano que ventilen sus cenizas desde el Bribón.
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