Opinión
Mi verano es para pensar

Por Magda Simó
Periodista y escritora
Voy a fingir que estoy ya en el sur de Bulgaria, que es donde estaré cuando se publique este artículo. No ahora, mientras sigo surfeando la enésima ola de calor del verano, con un ventilador de techo y tres mil grados en la calle, desde mi casa en València. Pero cuando leáis esto, si todo ha ido según lo previsto, estaré en una zona montañosa de Bulgaria, casi en la frontera con Macedonia, en un pueblo pequeño de la antigua Tracia que en invierno tiene estaciones de esquí e incluso una medallista olímpica entre sus vecinos. Montañas verdes, puentes antiguos, grutas misteriosas, un río fresquísimo y leyendas de vampiros. No se le pueden pedir más ingredientes evocadores a diez días de residencia literaria que son un regalo y una suerte inmensa.
Pero bueno, finjamos que ya estoy allí. Llegué a Sofía la noche del último viernes de julio, tarde, y al día siguiente partimos temprano hacia Chepelare, por una carretera con tantas curvas que nos recomendaron llevarnos biodramina. No la tomaba desde los siete años y no suelo marearme, pero no seré yo la que desafíe al destino en país ajeno. Somos un grupo de once escritoras de todo el mundo invitadas a participar en esta edición de Women in the Mountains: una argentina, una mexicana, una italiana, dos indias, una palestina, una bosnia, una lituana, dos búlgaras y yo. Es una iniciativa de la Elizabeth Kostova Foundation, una entidad búlgara sin ánimo de lucro dedicada a apoyar carreras literarias, que creó la homónima escritora de best-sellers y que cuenta con numerosos programas en el país, entre ellos esta residencia para mujeres creadoras que cumple este agosto su cuarto aniversario.
Hace un año ni siquiera sabía que estos retiros eran posibles para la gente de a pie, que no escribimos best-sellers ni tenemos contratos millonarios con editoriales. La verdad es que pensaba que solamente las élites privilegiadas podían permitirse esa excentricidad de las temporaditas sabáticas dedicadas por entero a un proyecto o una idea. Nótese que ya ni siquiera hablo de años, con qué poco nos conformamos los pobres. La gente normal lo tenemos mal para parar de girar en la rueda, porque lo que entra y lo que sale en la cuenta cada mes generalmente son cantidades muy cercanas. Tampoco creo que mucha gente vaya al banco, se siente a hablar con el director y le diga: "Oiga, en un par de meses no me pase la hipoteca, porque necesito pensar y voy a parar de hacerlo todo. Claro, claro, señora, faltaría más, no se preocupe, hay que pensar en lo importante", responden ellos sin dudar, en una película de ciencia ficción utópica o una comedia de humor absurdo.
Por eso mismo, hay algo maravillosamente filantrópico, confiado y altruista en estas organizaciones que te ofrecen este privilegio del tiempo, sin esperar nada a cambio, solamente por la fe en el poder de la literatura para hacer de éste un mundo mejor. No te piden nada, pero obtienen tu agradecimiento eterno y quiero pensar que también enormes recompensas del karma, dádivas infinitas en la siguiente vida y alguna subvención gubernamental para sostenerse y seguir haciendo el bien.
Presenté la solicitud para esta residencia entre unas cuantas más que se convocaron a la vez, sin dar un duro por ninguna, porque me consta que no es nada fácil que te concedan uno de estos milagros que te proporciona un tiempo y unas condiciones para escribir que son muy difíciles de conseguir de otra manera. La casualidad, la suerte o vete tú a saber qué, hizo que entre las 350 candidaturas presentadas me escogieran a mí, que solo tengo una novela publicada, escrita en una lengua minorizada y una proyección más bien modesta incluso en mi zona de influencia. Pero aquí estoy, en Bulgaria, y pienso aprovecharlo para remover y sazonar ese plato que ya está casi cocinado y que debería volver a València en el punto justo para servirse. Así que pongamos que ya estoy allí y que el entorno está funcionando y que soy capaz de rematar los hilos que aún cuelgan de mi historia.
El verano, que suele ser un anhelo de desconexión para la mayoría, es para mí el momento de los proyectos lentos, del pensar al ralentí, con un zumbido constante pero nada urgente. Más que desconectar en vacaciones, me conecto hacia dentro, sin plazos de entrega ni exigencias de productividad. Intento permitirme no hacer, solo ir empapándome de sensaciones que luego brotarán convertidas en especies distintas y serán otras cosas que aún no sé. O eso espero. No me detengo, esa es una fase del juego a la que no he llegado, pero disminuyo unas cuantas velocidades y soy más autoindulgente con mis tiempos que de costumbre. Así que imaginemos que ahora mismo todo lo verde que veo me entra por los ojos y que se oyen las campanas y el viento en los árboles y me como unos lokum y qué sé yo, baklavas de chocolate, mientras no tengo que hacer nada más que escribir, porque estoy aquí solo para eso.
Mi verano siempre es para pensar, pero además este año será para trabajar lento, en unos días valiosos y fugaces. Ya antes de irme me siento agradecida, porque esto eran cosas que pensaba que les pasaban a los otros. Y resulta que no, también me están pasando a mí.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.