Opinión
Vidas arrendadas

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
La persona de la que más férreamente depende mi existencia no sabe casi nada de mí. A los pocos datos que figuran en el contrato que marca nuestra vinculación apenas se les pueden añadir un par de visitas escuetas en casi siete años. Seis años y ocho meses en los que esta persona siempre está a una llamada de distancia de alterar el rumbo de mi vida, de obligarme a empezar de nuevo en un sitio distinto. No es la primera en sostener la espada de Damocles que todos los arrendatarios sentimos sobre nuestras cabezas, pero la amenaza de su filo que ha ido volviendo más cercana e insoportable.
Cuando hace un par de años levantamos por primera vez nuestras llaves en una manifestación –felicito a quien diera con un gesto tan memorable–, escribí después una columna en este periódico sobre la rabia de sentir que tu proyecto de futuro pertenece a un extraño. Alguien a quien mes a mes hay que ingresarle una parte creciente del sueldo, con mucha reverencia para que nos permita seguir siendo explotados por él y no tener que buscar al siguiente. Vivir de alquiler es verse obligado a aceptar la extorsión de que un techo valga lo que el mercado disponga; es cumplir con los infinitos plazos de nuestras cadenas, al importe que dicta quien las aprieta.
Estos días, cuando hemos vuelto a levantar las llaves y a sumar gargantas al grito colectivo de que esta situación es insostenible, algo fundamental ha cambiado. Lo he visto en el brillo de los ojos de otros desconocidos, pero de unos a los que en realidad conozco y me conocen muy bien, porque nuestras vidas son idénticas en una parte nuclear. Quienes sufrimos en mayor o menor medida los abusos de la vivienda en España estamos hermanados con una ligazón muy poderosa, y las delirantes imágenes del desahucio de Maricarmen nos lo han descubierto o nos lo han recordado.
Como el instante de un cuento en el que el hechizo se desvanece y la rana vuelve a ser príncipe, la conciencia de que el pueblo debe tener voz y voto en las estructuras que deciden nuestras vidas ha reaparecido entre plazas, acampadas y concentraciones. Por supuesto, el sistema que nos oprime no iba a permitir que nos saliéramos con la nuestra a la primera, a los pocos días de manifestaciones y protestas masivas. El fracaso del pasado viernes en el Congreso no es más que un recordatorio de que la gente corriente no logra sus objetivos con facilidad. De que, para muchos partidos y estamentos de poder, la palabra democracia está muy lejos de significar lo que su etimología indica.
Tengo la esperanza de que, un día dentro de pocos años, los más jóvenes se sorprendan ante la idea de que durante tanto tiempo el precio de la vivienda no estaba regulado por los poderes públicos. De que se lleven las manos a la cabeza ante el horror de que un bien básico y escaso estuviera en manos de la más salvaje especulación, algo inconcebible incluso en el Madrid de 1601. Ese es el horizonte de quienes hemos atravesado o estamos atravesando nuestra vida con la bota de un casero siempre a punto de pisarnos el cuello. De quienes necesitamos sentir que nuestro destino nos pertenecerá en algún momento.
Que nuestras existencias arrendadas prendan la mecha que consiga cambias las cosas era un sueño utópico que un chispazo de poder popular ha convertido en una posibilidad que hemos acariciado con los dedos. A partir de ahora, solo puede ser nuestro principal objetivo, algo que hermane a esa mayoría de la ciudadanía que no concebía hasta hace una semana que un cambio profundo fuera factible. Si no impedimos que el mercado termine por engullir el derecho a la vivienda, no dispondremos del espacio en el que recomponernos para el resto de las luchas.
Una casa digna no es solo una en la que caben unos pocos muebles y en la que entra la luz del sol: también es aquella que se habita sin asfixias económicas y sin el atronador tictac de no saber en qué momento te van a echar. Y solo en casas dignas pueden darse vidas propias, que no dependan de un desconocido al que tributamos la abultada deuda de no haber nacido en una familia con posibles. Sin casas dignas en condiciones dignas, no habrá vidas realmente dignas de ser vividas.
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