Opinión
Viñarock, KKR y el ejemplo de que el boicot funciona

Por Toni Mejías
Periodista
Ha pasado casi un año desde que las compañeras de El Salto destaparan que el fondo de inversión proisraelí KKR controlaba un gran número de macrofestivales españoles. Un fondo conocido por su implicación en proyectos inmobiliarios en territorios ocupados palestinos. Aunque la exclusiva despertó cierto revuelo en el sector y entre el público, la realidad es que no ha afectado casi en nada y la mayoría de los eventos se han seguido celebrando con total normalidad. No solo el año pasado, donde las entradas ya estaban vendidas y los carteles anunciados antes de la noticia, sino que este año siguen como si nada sin que altere ni un mínimo su funcionamiento y la asistencia a estos. En todos salvo en uno, el Viñarock que, por su particularidad ideológica tanto entre las bandas como entre sus asistentes, se ha visto obligado a desvincularse por completo del fondo para intentar salva uno de los festivales más históricos del Estado.
Pese a los intentos infructuosos de sus anteriores dueños de negar todo vínculo, pese a conseguir sacar adelante un cartel a medias y con artistas alejado del sonido habitual del festival, porque siempre hay alguien que venderá su moral por migajas, pese a intentar aparentar normalidad y seguir adelante mediante coacciones, llegó un momento en el que el boicot era insostenible y el negocio se tambaleaba. La realidad es que tenían miles de entradas vendidas que las colocaron antes de que El Salto destapara la relación con KKR. Es una práctica común que ahora los festivales, el día después de terminar su anterior edición, pongan a precio reducido un buen número de tickets para la siguiente y así el público, con la emoción todavía en el cuerpo, compre sin pensar. Eso sucedió pocos días antes de la noticia, por lo cual no impidió que se vendieran a puñados. La duda de los anteriores dueños era… ¿van a ir quienes tienen entrada? Entre grupos que se le caían del cartel provisional, el impedimento para hacer un cartel completo y atractivo y la poca seguridad de saber cuánta gente iría, se bloquearon las redes del festival hasta que no tuvieron más remedio que asumir la "derrota" y deshacerse del festival para evitar el desastre.
No podemos obviar que los nuevos dueños son empresarios del sector y que el resto de las prácticas nefastas de este tipo de eventos, por desgracia, es probable que sigan sucediendo. No vamos a pensar que la presión social ha entregado el festival a una cooperativa de músicos que van a apostar por la pluralidad, la igualdad, los precios justos y los empleos bien remunerados, pero sí puede servir de ejemplo de que cuando desde las organizaciones afines a palestina hablan de boicot, desinversión y sanciones, es porque es la única manera de hacer frente a la máquina gigante y aniquiladora del Estado genocida de Israel. Solo atacando a su bolsillo se puede lograr algo y el ejemplo del Viñarock es claro de que, si se ataca en conjunto, si nos apoyamos entre todas para dañarles, es posible. Aunque sea una pequeña herida en un dedo del pie. Toda piedra hace pared.
No solo tenemos que alegrarnos de que el boicot y la presión social funcione, sino que tenemos que saborear la victoria, por irrisoria que esta parezca, porque desde la izquierda muchas veces no sabemos capitalizar ni los pequeños triunfos. Enseguida ponemos en duda hasta que El Salto, quien destapó esta vinculación, ahora haya asegurado que le han demostrado mediante documentos la desvinculación completa del KKR. No digo que haya que ir ahora al festival, no hablo de que las bandas ya tengamos que abrazarnos a los nuevos dueños, entendería totalmente que siga haciéndose boicot a los eventos multitudinarios por otro tipo de prácticas, pero si negamos que, por una vez, hemos ganado, nos quedará la sensación de que todo lo que hacemos no vale para nada. Que nos tenemos que resignar a la derrota y no hacer acción alguna porque no sirven, porque hemos perdido de antemano.
No y no y no. Me niego a que seamos tan derrotistas. Hemos sido capaces de dañar, aunque sea mínimamente, a un imperio empresarial y a una máquina de aniquilar sueños y vidas por dinero. Mientras el Festival de Les Arts, el Resurrection o el FIB siguen adelante sin que se cuestione ni un mínimo su relación con el KKR, hemos empujado a que un festival se desvincule y hasta se ponga en duda su continuidad por haber hecho negocios con genocidas. Mientas muchas bandas han preferido no morder la mano que les da de comer (muchas sin necesidades económicas reales), otras tantas han decidido enfrentarse a unos de los principales promotores musicales del Estado pese a la repercusión que puede tener en sus carreras y en su economía diaria. Valoremos lo conseguido. También la presión del público hizo que muchos grupos salieran a borrarse de estos eventos y eso es un logro gigante.
El boicot funciona, aunque es complicado. Está claro que el Viñarock es algo muy puntual, visible y "fácil" de afectar con un boicot al unísono de bandas y público. Pero ¿por qué no tomarlo de ejemplo? Miremos las etiquetas de los productos en el supermercado, observemos hasta dónde llegan los tentáculos de los negocios israelíes, busquemos alternativas a sus empresas para hacerles daño. Es más laborioso, requiere tiempo, esfuerzo y paciencia porque el efecto no es inmediato, pero ya que no tenemos el potencial armamentístico ni los líderes políticos que puedan plantarle cara al gigante genocida, hagamos trabajo de hormiga para ir dañándolos poco a poco. Y, sobre todo, sonreíd. Las victorias pequeñas, efímeras y casi anecdóticas, también hay que saborearlas porque por desgracia, escasean.
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