Opinión
Un violador entregando la Copa del Mundo

Periodista y escritora
Este domingo 19 de julio de 2026, un hombre condenado por violación y difamación contra una mujer, entregó la copa del Mundial de Fúlbol a la selección ganadora, la española. Ese violador es, además, presidente de Estados Unidos y recibió el saludo de los reyes de España y el presidente del Gobierno. Después, recibió también el saludo de la Selección. Necesitamos pensar qué significa esto, qué nos dice sobre la violencia sexual contra las mujeres y qué, sobre los violadores y cómo los trata la sociedad.
Hace menos de una semana, Donald Trump pagó a la escritora E. Jean Carroll los 5,6 millones de dólares que le exigió la Corte Suprema de los Estados Unidos. En mayo de 2023, un jurado federal de Nueva York declaró a Trump culpable de haber abusado sexualmente de Carroll en un probador de la tienda Bergdorf Goodman en los años 90 y de haberla difamado posteriormente.
Es decir, aquí ya no necesitamos los "presunto" ni eso que se empeñan en llamar, en el caso de los agresores sexuales, "presunción de inocencia". Está condenado en varios tribunales. Cuánto nos cuesta admitir la culpabilidad de un hombre en asuntos de violencia sexual. Más, en el caso de un hombre conservador y poderoso. Aunque pague 5 millones —¿qué son 5 millones para Trump?— ese hombre no acaba pagando. Ni él ni ninguno de su calaña. Violar es un privilegio de los hombres con poder, y así lo demuestra el trato que la sociedad les depara. Si no, ¿cómo entender que sea un violador quien entrega la copa del Mundial de fútbol?
Una de las pruebas más flagrantes sobre la impunidad de los violadores poderosos es que sus condenas no tienen ninguna repercusión mediática. ¿Cuánta gente se ha enterado de que Trump, el presidente de EEUU, ha sido definitivamente condenado por violación? Es decir, es un violador. ¿Cuántos medios han publicado tal información y qué relevancia le han dado? ¿Ha abierto algún informativo? Si mañana Pedro Sánchez afirmara que le pica un huevo la repercusión sería inmensamente mayor que el hecho de que un presidente sea condenado por violación. ¿Por qué? Porque lo damos por hecho. Es decir, cuando se eligió que Trump fuera presidente, la parte de la población que le votó partía de la base de que era un agresor sexual. Probablemente, ahora le siguen apoyando aquellos que conocen su relación con el pederasta Jeffrey Epstein.
No hace falta ser un lince para colegir las repercusiones que esto tiene en la sociedad, sobre todo en los varones. Todos ellos saben, en mayor o menor medida, que cuanto más poder tiene un hombre, mayor es la violencia sexual que se le tolera. Es decir, que la violencia sexual se convierte en un atributo del poder. O sea, una aspiración. Nada que no hayamos repetido hasta la saciedad.
Sin embargo, este domingo, al ver al violador “reinando” en el lugar hacia donde miraban millones de personas; al verlo entregando un galardón al equipo de fútbol ganador del Mundial; al verlo ahí sentado junto al Jefe del Estado y al presidente del Gobierno de España, he vuelto a sentir una punzada de vergüenza por mi profesión. Porque si Trump puede hacer todo lo anterior sin sonrojo es porque la opinión pública no va a reparar en el pequeño detalle de su condena por violación. Y la opinión pública es, ni más ni menos, responsabilidad de los medios de comunicación, que son quienes otorgan una importancia mayor o menor a cada parte de la realidad que vivimos.
Es evidente que la condena por violación al presidente de la mayor potencia de lo que llaman "mundo occidental" no es algo que les haya parecido relevante. Habría que repasar quién decide la relevancia de las informaciones, quién jerarquiza en cada medio la realidad y quién ordena los silencios.

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