Opinión
La violencia

Por Anibal Malvar
Periodista
Odio la violencia. Cuando era niño, estuve a punto de matar. Una pelea de chavales. De repente, yo estaba golpeando el cráneo de otro niño contra los cantos de los escalones del colegio. Recuerdo al resto de mis compañeros en coro, en silencio, mirando, petrificados, quizá aterrados, aunque los recuerdos no son muy fiables aquí. Ni siquiera el grandullón Bolaño, mi amigo más fuerte y más fiel, se atrevió a interrumpir mi furia. Me lo contó muchas veces años más tarde. Yo siempre le pedía que se callara.
Desde entonces, cada vez que me metía en peleas intentaba perderlas sin que me hicieran mucho daño. Me causa terror herir, la muerte de El Otro. Aquel niño asesino me interpela siempre. Ese niño asesino me convirtió en un radical pacifista. Pero regresa a veces. Y me asusta su presencia invisible y venenosa.
Esta semana, unos fascistas le han pegado una brutal paliza al periodista Fonsi Loaiza. Paseaba por la calle, alguien de un grupo lo llamó rojo y, cuando se volvió, empezó a recibir golpes. Estoy seguro de que estos valientes lo hicieron por defender España y lucían banderitas rojigualdas en las muñecas. El niño asesino que pude ser me observaba con ironía impropia de un niño, mientras yo miraba la foto de Fonsi postrado en una cama de hospital, irreconocible, la nariz vendada, los ojos morados, la sonrisa rota.
-Nosotros no somos como ellos –le dije al niño asesino, que me volvió a sonreír con gesto de demonio imberbe.
Se dice que en las democracias solo las diferentes policías tienen el patrimonio de la violencia. Pero los hechos nos demuestran que no es del todo cierto. Los fascistas que agredieron a magrebíes en Torre Pacheco fueron grabados e identificados, pero no hemos vuelto a saber del asunto. El fascista violento Dani Desokupa intimidó en público a la europarlamentaria Irene Montero, prometiendo ir a buscarla y humillarla durante la presentación de un libro en la Taberna Garibaldi. Su amenaza no tuvo ninguna consecuencia policial ni penal. Mientras, Los seis de Zaragoza fueron condenados sin pruebas a cuatro años de prisión por participar en una manifestación antifa. El derecho a la violencia también tiene ideología. Podría añadir cientos de ejemplos.
Uno se pregunta si nuestros jueces y policías no estarán incitando a la violencia a los no violentos.
Para que no os creáis que soy un psicópata, aclarar que el niño asesino no se me aparece todos los días. De hecho, hasta que ayer vi las fotos de Fonsi desfigurado, creo que llevaría unos dos años sin manifestarse.
Unos estudiantes de París habían colgado vídeos en la red de su acampada propalestina. Cada tarde, recibían la visita de un grupo de neonazis encapuchados que los apaleaban sin piedad y rompían sus banderas. Me interesó el asunto y los empecé a seguir en no sé qué plataforma. Todos los días la misma escena. Los chicos lo denunciaron a la Policía, pero no se hizo nada. Las agresiones se seguían repitiendo. Tampoco los medios de comunicación se interesaron. Hasta una tarde en que emitieron un vídeo que no era tan casual como los de días anteriores. El objetivo enfocaba fijo y nítido sobre el grupo de acampados, pero a distancia. Hojas inquietas daban a entender que la cámara estaba escondida entre la maleza de los jardines universitarios.
Apareció por uno de los márgenes de la pantalla un grupo de encapuchados fehacientemente armados con palos: los nazis de cada tarde. De repente, del boscaje surgió una milicia de chavales también pertrechados con barras. El niño asesino se partía de risa a mi lado.
Los fascistas no se defendieron. Empezaron a correr como conejas. Los antifas cogieron a alguno, pero tampoco se ensañaron. No todos somos iguales. Unos palos en el culo y los dejaron huir. El niño asesino ya no se reía. Ponía cara de desilusión.
La violencia es contagiosa. A veces se encancera en rabia, pero acaba explotando. Detener esta escalada de brutalidad fascista es responsabilidad de nuestros policías, políticos y jueces, que hasta hoy parecen cómplices. Si no, al niño asesino que también los pacifistas llevamos dentro nadie lo podrá parar. Ese día, aunque ganemos en fuerza, habremos perdido todo.
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