Opinión
¿Es la violencia machista un show? A propósito de Fernandocosta, Ayax, Prok y Ana Orantes

Por Alba González
Socióloga especializada en comunicación
El lunes, algunas entusiastas de la denominada música urbana amanecimos con un escueto anuncio en las redes sociales de Fernando Costa (Fernandocosta), el rapero balear conocido, además de por su música, por la estrecha relación que mantenía con otros dos famosos gemelos granadinos de la escena, Ayax y Prok.
"Te avisé", un link a YouTube y un primer plano que, ampliado, perfilaba en su fondo la ciudad de Granada vista desde el Albaicín, distinguible por relucirle detrás la inconfundible Alhambra. Seguido de una simple explicación: "Hablo porque has mencionado a mi hijo pequeño". Una puesta en escena en absoluto casual que ponía fin a largos meses de silencio, especulaciones y alguna que otra acusación velada en redes sociales.
En los casi cinco minutos de tema, Fernandocosta dejaba constancia de su conocimiento sobre las presuntas agresiones sexuales que los raperos habrían perpetrado durante años hacia un número difícilmente calculable de mujeres, incluyéndose aquí menores de edad. "Te avisé cuando pagaste para que esa piba retirara su denuncia del juzgado", reza la letra, "las aislabas de todas sus amigas para manipularlas a tu voluntad, empezó como una fan, le pareció un buen plan", continua.
A semejanza del trabajo de Cristina Fallarás, la cuenta @DenunciasGranada compiló en apenas dos meses más de 80 testimonios que, bajo lo que se podría fácilmente denominar un modus operandi por lo similar de los relatos, desdibujaban la imagen que los gemelos han querido proyectar de sí mismos: el perfil de Instagram se plagó de relatos de presuntos malos tratos, humillaciones, manipulación emocional, sumisión química, abusos de poder y agresiones sexuales. Todo ello, supuestamente auspiciado por el compadreo de los suyos y del inviolable escudo que parece proporcionar la fama. Y decirse de izquierdas, claro, conscientes y sensibles con los males que asolan a la humanidad. Una coartada perfecta.
"Irene, una chica que tuvo contacto con ambos cantantes hace años, describe una situación en la que Ayax le empuja hacia el baño y a pesar de ella decirle que no, insistir hasta conseguirlo. ‘Cuando él acabó, yo salí del baño completamente destruida’, dice Irene. La joven cuenta que no se acuerda de casi nada", relata la periodista Livia Drusila en un demoledor reportaje.
Precisamente, este nuevo track ha llegado la semana del 25 de noviembre, día internacional contra las violencias machistas. Y es difícil evitar no esbozar ciertos paralelismos con antaño.
Hace casi 30 años acudía a la televisión pública andaluza una mujer, Ana Orantes, que quiso relatar valientemente y en primera persona las palizas que había tenido que soportar durante 40 años patrocinadas por su ya exmarido. Una víctima de violencia machista vista y escuchada en prime time, convertida pocos días después en otra asesinada, quemada viva, a manos de ese mismo hombre, José Parejo. Dolorosamente, también en Granada.
Su historia estaba plagada de malos tratos físicos y psicológicos, denuncias infructuosas y hasta un intento de separación denegado por un juez en 1986, consiguiendo la separación en 1996 pero obligada a soportar la convivencia con su agresor en la misma casa. No bastó su cuerpo y su voz para que la justicia y la opinión pública la protegieran.
No fue la última vez que la violencia machista se convirtió en espectáculo. Svetlana Orlova, días antes de ser asesinada en 2007, acudió al programa Diario de Patricia de Antena 3 citada de forma sorpresiva: allí se encontró con su maltratador, Ricardo Navarro, condenado a 11 meses de prisión y con una orden de alejamiento vigente por sus reiterados episodios de agresiones. Nadie se molestó en comprobar sus antecedentes.
Según algunas informaciones publicadas, se cuentan cerca de la decena los testimonios emitidos en riguroso directo televisivo, prime time mediante, que han acabado en feminicidio. Todos posteriores a los de Orantes y a la aprobación de la ley de violencia de género.
¿Son acaso los malos tratos mercantilizables? Es casi tan incómodo como inevitable pensarlo. Así lo hizo, de hecho, el periodista José María Calleja en su libro La violencia como noticia. Cuando la violencia machista se monetiza por parte de un tercero, ¿a quién están, en última instancia, beneficiando? La historiografía de estos casos lo que seguro no arrojan son respuestas halagüeñas para las víctimas.
La conclusión no se digiere sola. Lo cierto es que ayer no se escuchó –o no quiso ser escuchada– la voz de Ana, tampoco la de Svetlana, y hoy no se han escuchado las voces de 80 mujeres que han logrado relatar terroríficos episodios de abusos convertidos en post anónimos. Comprensible quizá, dado los antecedentes, que lo sean. También dadas las campañas difamatorias, los ataques y la incredulidad a las que el público, ahora protegido –también– por el anonimato que otorga una pantalla, las somete.
Hoy se ha convertido en un beef entre raperos 80 historias similares a las de Ana y Svetlana en vida, con tan solo una diferencia: esa suerte de legitimación patriarcal que parece aseverar que sólo existe, que sólo es creíble, que sólo es real si la historia la narra un hombre. Desconozco si Hannah Arendt podría estudiar el fenómeno desde su concepción de la banalidad del mal, pero la ausencia de reflexión sobre los hechos narrados, sostenidos con silencios y encumbrados en el ego dañado tras un ataque público revela una reflexión pertinente.
Sin duda, en una oda esperanzada del pensamiento de Marcela Lagarde, es preciso nombrar lo que sucede para combatirlo. Aunque el horror televisado –o recitado esta vez sobre una base– no logró salvar la vida de Ana ni de Svetlana, así como tampoco logra hoy proteger y reparar a las posibles agredidas por Ayax y Prok, lo que sí que han promovido sus testimonios son hitos históricos a las que estarles agradecidas.
Ana Orantes aceleró, sin quizá quererlo, lo que sería la primera ley contra la violencia de género en este país. Ojalá las historias de hoy puedan convertirse en el punto de partida para comenzar a interpelar al agresor y a sus entornos, favorecer sus testificaciones y evitar los silencios cómplices, y no a las víctimas. Ojalá dejen de hablar por ellos y empiecen a hablar por ellas.

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