Opinión
Lo de Zapatero

Abogada del Centro de Asesoría y Estudios Sociales, CAES
Reconozco que me daba bastante pereza lo del aniversario del 15M, las lecturas nostálgicas, las agoreras de fin de ciclo, y todo ese relato de que el único 15M que podría haber ahora sería o el de ultraderecha o el de la vivienda que nunca acaba de estallar y, blablablá. Sin embargo, "lo de Zapatero", a mí y supongo que, a muchos de mi generación, la del 15M, me ha servido de revulsivo para al menos analizar la coyuntura con esas gafas que te permiten ver de lejos. Suena bastante boomer, pero creo que, en el sentir mayoritario de la izquierda alternativa, vamos a encontrarnos con sensaciones, percepciones e ideas parecidas a estas y si no, pues que sirva de debate, porque yo no sé a vosotros, pero en mis grupos de WhatsApp y Telegram ya ha salido "el tema".
Desde luego que "lo de Zapatero" emerja justo en el 15º aniversario del 15M tiene algo de simbolismo. Porque aquel ciclo político nació, entre otras cosas, de una impugnación frontal al bipartidismo y muy particularmente al PSOE de Zapatero, al PSOE del 135. "No nos representan" no era un lema contra la derecha únicamente, expresaba el agotamiento de una socialdemocracia performativa que había asumido recortes y rescates financieros y que se había dedicado a gestionar la crisis económica llevando a cabo ejecuciones hipotecarias en masa y subordinándose a los poderes económicos. Rescataron al banquero y desahuciaron al obrero. Conviene recordarlo ahora, por aquello de no reescribir la memoria colectiva como si toda crítica al PSOE hubiera sido siempre patrimonio de la derecha.
Precisamente por eso, desde una izquierda alternativa y democrática conformada no sólo, ni mucho menos, por la izquierda institucional, pero también por la izquierda institucional, la respuesta a episodios como “lo de Zapatero” no puede ser cerrar filas automáticamente cada vez que aparecen informaciones incómodas sobre figuras del PSOE. No digo que se esté haciendo, pero sí digo que no podemos hacerlo. Que aquí no puede operar de forma mecánica aquello de "uno di noi", máxime cuando basta hacer un poco de memoria para recordar que no es uno de los nuestros por mucho que sea el mejor de los suyos. Y eso no significa comprar el relato reaccionario ni participar en una cacería política. Ya sabemos que la derecha mediática y política lleva años utilizando a Zapatero como uno de los enemigos simbólicos sobre el que proyectar todos sus fantasmas y clichés ideológicos. Pero eso no puede llevarnos a responder a cualquier investigación con una apelación automática al lawfare, como si toda rendición de cuentas fuera ilegítima por definición. No sólo porque el auto esté bien fundamentado, y el juez sea un juez de verdad. Ni porque lo diga Prisa, sino porque sabemos como funciona todo esto.
Y aquí conviene ser claros: si alguien sabe en este país lo que es una operación de lawfare, espionaje y guerra sucia institucional es Podemos. Lo sufrió de manera sistemática durante años, con montajes policiales, cloacas mediáticas y causas judiciales que acabaron archivadas sin que nadie años después tenga la capacidad de reparar el daño a esas penas de banquillo o más bien, penas de portada. Precisamente por eso, desde la izquierda debemos tener más cuidado que nadie con convertir el concepto de lawfare en un comodín defensivo que sirva para socializar pérdidas políticas o blindar cualquier conducta cuestionable. Entre otras cosas porque, cuando Podemos fue atacado, el PSOE no actuó precisamente como un escudo solidario ni asumió costes políticos por esa persecución. De hecho, se dedicaron a ir con una cesta a recoger los votos de aquellos que se creyeron todas las bazofias que día tras día inundaban los programas de televisión y las portadas de los periódicos. Nos hicieron prisioneros.
Con esto no quiero decir que, porque el PSOE no fue solidario en su momento, desde la izquierda alternativa no debamos serlo ahora, simplemente hago memoria de lo sucedido en los últimos diez años en nuestro país, porque de aquellos polvos, estos lodos.
También es verdad que en España hemos visto a otros exvicepresidentes y altos cargos protagonizar operaciones muchísimo más graves, vinculadas a guerras, terrorismo, corrupción estructural o puertas giratorias descaradas, sin que hayan sufrido ni una mínima parte del escrutinio judicial, mediático o político que hoy recae sobre Zapatero. Existe una evidente asimetría en cómo operan determinados poderes del Estado y determinados aparatos mediáticos. Más obsceno que lo de Ayuso y su entorno no lo he visto en mi vida. Sin embargo, esa evidente doble vara de medir no puede servir como argumento para suspender nuestro juicio crítico o exigir impunidad por afinidad o necesidad política. Es decir, se puede denunciar que cuando se trata de altos cargos del PP no pasa ni la mitad de lo que pasa con otros casos sin dejar de denunciar que también pasa en el PSOE. Y para muestra, Abalos y Cerdán.
Y es que casos como "lo de Zapatero" ponen de manifiesto varios temazos. Uno es a qué se dedica la gente cuando abandona la política institucional, sobre todo cuando esa gente es de izquierdas y ni quiere ni puede irse a no sé qué Consejo de Administración. Y otro temazo muy relacionado con esto es, el que pone de relieve que uno de los grandes problemas de las democracias liberales contemporáneas es precisamente esa zona gris que aparece entre el tráfico de influencias, el lobby y las redes de poder económico-político que operan sin apenas control democrático y que muchas veces son las que Gobiernan ("lo de la patronal inmobiliaria") cuando no directamente pagan porque le hagan leyes a medida ("lo de Montoro"). Y parece evidente que, cuanto más difusa es esa frontera, más necesario resulta supervisar este tipo de relaciones, establecer límites claros y exigir transparencia, especialmente cuando afectan a antiguos responsables públicos con enormes agendas de contactos e influencia, incluso, internacional. Por eso, resulta casi de Perogrullo afirmar que la izquierda no puede ni debe rebajar esa exigencia; ni ponerse de perfil en estos temas, debe ser la primera en defenderla.
Ser críticos con comportamientos potencialmente problemáticos no equivale a entregar a nadie a la derecha. Al contrario: lo que le hace un flaco favor al espacio progresista es la incapacidad de sostener una mirada crítica propia cuando los señalados son políticamente cercanos. Si desde la izquierda exigimos transparencia y vigilancia ética cuando afectan al adversario, terminaremos erosionando precisamente aquello que decimos defender. Y no hay nada que más daño hago a la izquierda que la incoherencia.
La cuestión de fondo, quince años después, sigue siendo la misma que planteó el 15M: cómo evitamos que la política quede atrapada en redes de privilegio, influencia e impunidad donde los que mandan no se presentan a las elecciones. Esa exigencia está más vigente que nunca quince años después.
No podemos convertir a Zapatero en un mártir perseguido por el sistema, por más que sepamos que el sistema persigue y ¡vaya que sí persigue!, ni tampoco entregarlo al espectáculo de una derecha que, cual hienas, disfrutan más del desgaste simbólico que de la verdad.
Si algo no podemos permitirnos desde la izquierda es ser incapaces de sostener una posición autónoma que pase por defender garantías democráticas sin renunciar nunca a la crítica propia ni a la exigencia ética.

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