Opinión
La guerra de los CV o el elogio de la mediocridad

Escritora y doctora en estudios culturales
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En una conferencia casi profética, la filósofa alemana Hannah Arendt se preguntaba si, "condenados a vivir verbalmente en un mundo completamente carente de sentido, nos concedemos unos a otros el derecho a retirarnos a nuestros propios mundos de significado, y sólo exigimos que cada uno de nosotros conserve la coherencia dentro de su propia terminología privada". La cita es larga, compleja, así que merece la pena explicarla. Arendt había identificado entre las causas del auge de sistemas totalitarios –el nazismo y el estalinismo– una falta de autoridad, moral y política, que había destrozado cualquier noción de consenso social y, con ello, los acuerdos que aúnan a las poblaciones bajo ciertas verdades. Lo interesante de esta carencia de autoridad es que comenzó antes del totalitarismo –allanándole el camino– y no se había recuperado en las sociedades democráticas.
Reconociendo el carácter de vaticinio de sus reflexiones, podemos pensar, no obstante, que una fuente de autoridad durante parte del siglo XX fue la educación. Unida a ideas de progreso civilizacional, parlamentarismo y justicia social, estudiar llegó a considerarse el proceso que catapultaría mejoras tanto en el plano meramente económico e individual –subirse al ascensor social, impulsado por la meritocracia–, como en un aspecto más abarcador: el conocimiento desencadenaba creaciones tecnológicas, imaginaciones utópicas, belleza, avances médicos, y hasta un perfeccionamiento ético que repercutiría en el bien común a través de políticas redistributivas. Ahora bien, este modelo –atravesado de deficiencias, pero objeto otrora de una aceptación bastante transversal– se halla en un declive tan pavoroso que incluso provoca la penalización de la inteligencia, pues ésta confronta directamente los intereses corporativos que sueñan con una masa de vasallos digitales. En dicho contexto ha de encuadrarse la polémica que se ha abierto en torno a la exdiputada Noelia Núñez, quien ha confesado mentir sobre su CV al no poseer ningún título universitario.
¿Qué hacer ante semejante hecho, por otra parte, bastante común entre quienes no precisan demostrar su valía académica para acceder a puestos altos? Es curioso que la premisa moral –la mentira– haya dado paso, en la opinión pública de parte de la izquierda, a una suerte de corrección política por la cual se esbozan afirmaciones que apuntan a un elogio velado de la mediocridad: estudiar sería per se símbolo de privilegio, "no hace falta estudiar para ser un buen profesional", dan igual los méritos, etc. Me preocupa especialmente el argumentario de la izquierda debido a que ha sido, tradicionalmente, el grupo heterogéneo que ha luchado por la igualdad social, entre cuyos mecanismos se encuentra la accesibilidad de toda la ciudadanía a la educación pública, pero especialmente de la gente más humilde. La caída en picado de la meritocracia; es decir, que el estudio no garantice un trabajo bien remunerado, que el salario –a su vez – no cubra derechos básicos como la vivienda, a veces genera galimatías mentales, pero la injusticia recaería en el mercado laboral o la especulación inmobiliaria, no en los saberes mismos.
Más allá de esa incoherencia que provoca desdeñar la importancia de los títulos y, al mismo tiempo, reclamar restricciones a la iniquidad favorecida por los campus privados, por ejemplo, me preocupa que se caiga en un anti-intelectualismo no intencionado durante un presente histórico caracterizado por la total aniquilación de la razón. En Estados Unidos, el movimiento llamado "Ilustración oscura" ha conseguido permear una Administración que está implementando sus postulados a pies juntillas –éstos persiguen, por cierto, un retorno sin complejos al Antiguo Régimen. En el tablero geopolítico mundial, el derecho internacional humanitario ya no vale ni para estiércol, pues su incumplimiento genera masacres tan descarnadas como la de Gaza. En términos climáticos, la voz de la ciencia está siendo no sólo desoída, sino también criminalizada, por alertar de una deriva que amenaza con la extinción masiva de especies, incluida la nuestra. El debate público circula gobernado por fórmulas algorítmicas opacas, la caducidad de todo sentido común, y la espectacularización de la palabra. ¿Realmente nos podemos permitir minusvalorar los estudios, tacharlos de elitistas, o decir que todo vale?
Una porción del discurso se centra en señalar la dificultad de acceso a la universidad por parte de los más pobres; eso es cierto, pero entonces habría que ponerle remedio, no relegar al cesto de los juguetes rotos la educación en general. Es más, una gran mayoría de esa clase obrera a la que se pretende defender ha creído históricamente en el autodidactismo y las enseñanzas compartidas a pie de calle como forma de compensar su casilla de salida: tenemos constancia de los ateneos libertarios, las sesiones de lectura conjunta en fábricas, los libros clandestinos que circulaban a pesar de las prohibiciones autoritarias. Por otra parte, no está de más señalar las veces que nos hemos beneficiado de los saberes académicos. Recuerdo una conversación en la que un empresario se vanagloriaba de haberse hecho rico sin tocar un libro; lo acababan de operar del corazón y, mi madre, quien suele tender a la discreción, le espetó: “Muy bien, pero el cirujano cardiovascular que te salvó la vida tiene muchos libros en casa”. Podría haber seguido: también la ingeniera que construyó el puente que atraviesas con el coche, la maestra que te enseñó las primeras letras, o la investigación de Fleming, que dio lugar a los antibióticos.
Así que creo, humildemente, que lo más honesto, probablemente la acción más perentoria, la señal más clara de compromiso social justo ahora que nos asedia una ignorancia cuajada de posverdad conducente al fascismo, sería reclamar la penetración ubicua de la cultura, la mayor excelencia posible en cada sector, una campaña al menos tan generalizada como la de la covid contra la estupidez; a saber; vacunarnos frente a ese virus y restablecer una autoridad basada en el conocimiento que, como decía Hannah Arent, es contraria por definición al poder represivo. El intelectualismo democrático, equitativo, horizontal y coordinado quizá nos libraría del cuadro tenebrista que se está fraguando.
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