Opinión
Los adjetivos son asuntos completamente adjetivos
Por Manolo Saco
El adjetivo clave durante el fin de semana ha sido “grave”. Leo que están en estado grave el asesino Pinochet y el proceso de paz en Euskadi, según nos han comunicado el hijo del dictador, Marco Antonio Pinochet, y Arnaldo Otegi. (Por cierto, meditación para hoy: las personas que bautizan a sus hijos con el nombre de Marco Antonio o que casan a sus hijas en El Escorial simulando una boda real, deberían haber sido inhabilitadas a tiempo para gobernar, bajo sospecha de delirios de grandeza que podrían derivar en graves -otra vez el adjetivo- disturbios de personalidad, como es público y notorio).
Pero, claro, los adjetivos están para eso, para adjetivar, para modificar a nuestro antojo lo sustantivo, y así, lo que es grave para unos puede ser liviano o venturoso para otros. Por ejemplo, para un demócrata, el hecho de que Pinochet esté grave es apenas una incomodidad, porque en realidad nos hubiese gustado que viviera unos cuantos años más contemplando su ruina física y moral, como justo castigo a sus desmanes, con la próstata hinchada como un melón y la respiración agónica provocada por el enfisema pulmonar. Pero en el fondo, su inminente muerte es un sucedáneo de alegría para el mundo civilizado, un buen motivo para poner a refrescar el cava. Yo, concretamente, tengo en la nevera un cava de guardia, catalán por supuesto, para cuando me comuniquen la buena mala noticia. Y de la misma manera, para los demócratas, el hecho de que el proceso de paz se halle en estado grave resulta una muy mala noticia, sobre todo viniendo de un interlocutor imprescindible como es el líder de Batasuna.
¿Os imagináis estas dos noticias en Génova 13 Rue del Percebe? Es una clase práctica de la relatividad de los adjetivos: “Oye, Mariano, que digo yo que habrá que ir nombrando un representante del PP en las exequias de San Augusto Pinochet... Por cierto, tío, lo de Otegi de puta madre, parece que las conversaciones se rompen de una vez. Vete preparando el champán, Mariano, y que sea francés... me refiero al champán, tontorrón mío, nada de consumir cavas catalanes, como los rojos”.
Según nos cuenta el hijo Marco Antonio, su padre, el inventor de las caravanas de la muerte, el golpista, el aliado favorito de las dictaduras sanguinarias del último cuarto de siglo en Hispanoamérica, amigo de Juan Pablo II de cuyas manos gustaba llevarse una hostia, “está en manos de dios y los doctores” y ha recibido la extremaunción, la última unción con aceite sagrado, al que se le supone con propiedades para curar a los moribundos o propinarles la puntilla definitiva. Como depende de dios, que no existe, pues nunca se sabe. Si yo fuese dios no sabría qué hacer en estos casos. Por un lado quedaría divinamente concediendo propiedades salutíferas de verdad a esa grasilla perfumada, dejando a Pinochet que se pudriera muy despacio, a fuego lento. Pero por otro, me darían ganas de dejar su cuerpo en manos de los médicos, que, como todos sabemos, es una condena a muerte segura. No sé, no sé.
Y según cuenta Otegi, el otro enfermo está grave por culpa del gobierno, y no porque ETA se esté rearmando con pistolas y explosivos, no porque la kale borroka vuelva al nivel de actividad en que lo había dejado antes de la tregua, no porque no exista ni un atisbo de arrepentimiento en el entorno mafioso, sino porque para él es intolerable que el estado de derecho, con policías y jueces al frente, detenga a los etarras con cuentas pendientes con la justicia. A mí me preocupa que esté grave, porque cuando se muera volverán a oírse nítidamente las detonaciones casi simultáneas de la ignominia: las de las pistolas de los asesinos y las del champán saliendo a borbotones en la Rue del Percebe.
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Otra meditación para hoy: Si festejan tu cumpleaños y tú no puedes asistir a la celebración, es que estás muy malito. Es como el dicho castellano: cuando un pobre come merluza fresca, o la merluza no está fresca o el pobre está muy enfermo. Viendo los fastos multitudinarios por el cumpleaños de Fidel Castro, al que ya no sacan ni en fotos, todo hace pensar que el dictador está muy grave. Y si patético es ver al retoño de Pinochet confiando en la (in)justicia de dios, no lo es menos el discurso del vicepresidente cubano, Carlos Lage, soñando con la (in)justicia de la historia, con la vana perpetuación de la dictadura moribunda: “Fidel se recupera, lo tendremos entre nosotros, seguirá conduciendo (...) le pediremos que lo haga por unos cuantos años (...) Cuando no esté Fidel, estará su obra, sus ideas, estará su ejemplo”. Sólo le faltó aquello de que Fidel deja atado y bien atado su régimen de partido único, y de falta de libertades. No aprenden.